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Lloraba atemorizado y adolorido por los golpes acumulados en su niñez y en su vida. En apenas tres años cumpliría cincuenta años y luego de buscar la paz y la felicidad en diferentes lugares y experiencias en su vida, aquellas metas parecían eludirlo. Aprendió a leer en un fin de semana, a esconder sus emociones y ha cumplir con las expectativas de sus padres bajo la presión de castigos físicos y sicológicos. En aquellos frágiles y tempranos años de su vida, su único alivio era salir a m***ar a caballo y compartir con aquellos bellos e imponentes animales que le daban la aceptación, el amor y la paz que Jorge necesitaba. Era su oasis de felicidad, su mundo privado, donde la fantasía lo transportaba a mundos fantásticos donde corría por praderas sin límite compartiendo con El Gran Espíritu de la m***aña sobre su corcel. ¿Qué he hecho mal, se preguntaba, víctima de la culpa y del resentimiento que le envenenaba?

Dejó la casa de sus padres a los diecinueve y fue a estudiar fotografía al exterior. Luego a su regreso contrajo matrimonio, tuvo dos maravillosos hijos, montó su empresa y poco a poco la vida lo fue machacando. Las presiones del trabajo le provocaron un derrame que le paralizó el lado derecho de su cuerpo; se divorció luego de catorce años de matrimonio, y la relación con sus hijos se complicó. Siguió trabajando pensando que si obtenía éxito financiero recuperaría su paz y estabilidad, pero no fue así. Buscó en la religión, pero se dio cuenta que tampoco la felicidad se encontraba allí. Tuvo relaciones con diferentes parejas, para tener, finalmente que aceptar que allí tampoco estaba el amor. La insatisfacción se convirtió en un compañero habitual. Inició la práctica del ciclismo y competía y entrenaba exhaustivamente como queriendo escapar, en una búsqueda que cada vez lo sumía en una espiral más profunda de sin sentido, de absurda rutina con fugaces intervalos de calma y paz al caer rendido y ser inundado de serotonina, la hormona de la felicidad, debido a los fuertes entrenamientos físicos luego de recorrer cientos de kilómetros.

Finalmente, ya hace 16 años, Jorge decidió tomar su fortuna y comprar una pequeña finca, en La Lucha de Potrero Grande, al Sur del país, en el cantón de Buenos Aires, donde visualizó iniciar un centro ecuestre y retornar, experimentado y madurado, al mundo de su niñez que logró separarlo de la presión impuesta por sus padres y encontrar descanso y comprensión. Al poco tiempo tenía dos caballos reencontrando una felicidad que se reflejaba en su rostro. Era como si el niño interior, que había sido arrinconado en alguna esquina de su alma, recibiera aire fresco y una nueva luz iluminara aquel olvidado rincón.

Aquel niño, con sensibilidades diferentes, incomprendido y rechazado por sus compañeritos de escuela y más tarde por sus compañeros de colegio, fue consciente de sus dones y talentos. Un día en un taller de La Rueda de la Medicina, en La Fortuna de San Carlos, el semental de la manada le habló, es decir, puso imágenes en su mente revelándole cosas inefables que le confirmaron que el contacto que había tenido de pequeño con sus yeguas lo había marcado de por vida. Sí, Jorge había recibido el soporte emocional para sobrevivir los abusos y agresiones de su familia y compañeros debido al amor equino que recibía durante los momentos lúdicos en sus cabalgatas. De ahí que decidió poner al servicio de niños especiales la oportunidad de inter-relacionarse con caballos, especialmente yeguas paridas, que tengan un instinto maternal fuerte y generoso.