03/12/2025
El caso de los cuatro niños de Las Malvinas ha llegado a juicio, pero cada testimonio que se escucha allí es una herida que se abre de nuevo. No es solo un proceso legal más, no: es la memoria viva de un dolor que ninguna familia debería conocer jamás. Hoy, 17 militares enfrentan una posible condena de 22 a 26 años por desaparición forzada. Pero mientras uno escucha los relatos, mientras intenta imaginar lo que estos pequeños vivieron, ese castigo parece tan pequeño frente al abismo que dejaron atrás.
Steven Medina, de 11 años. Joshua Arroyo, de 14. Saúl Arboleda e Ismael Arroyo, de 15. Cuatro niños. Cuatro vidas que apenas empezaban a descubrir el mundo. Y sin embargo, lo que recibieron fue un in****no que ni la mente más oscura podría justificar. Correazos, patadas, golpes, puñetazos, pisotones… el cuerpo de un niño convertido en blanco de la brutalidad. ¿Te imaginas el miedo de un pequeño de once años al sentir un disparo detonar a centímetros de su rostro? ¿Te imaginas su respiración entrecortada, sus manos temblorosas, su mirada buscando una oportunidad para sobrevivir?
Un subteniente disparó al suelo casi rozando al niño. Otro militar, en cooperación eficaz, confesó que los adolescentes fueron golpeados con la trompetilla de un fusil, empujados, amenazados, humillados. El cabo primero J. G. habría golpeado a dos de ellos en la cabeza por cinco minutos eternos… ¿Cómo se mide el tiempo cuando eres un niño y el mundo se ha vuelto un cuarto oscuro donde solo existe el dolor? Además, les lanzó insultos racistas por ser negros y pobres. Como si su origen fuera motivo para borrarles la dignidad.
El subteniente J. Z. habría ordenado que se desnudaran en un camino de Taura, arrojó su ropa a la carretera y les obligó a mover un árbol caído, mientras descargaba entre 20 y 30 correazos en la espalda de un niño de once años. ¿Dónde estaba la compasión? ¿Dónde la humanidad? Otro soldado relató haber visto cómo golpeaban con la culata del fusil a dos de los chicos que iban en un vehículo, como si fueran objetos, no personas. Y al llegar al peaje de Durán Tambo, todavía hubo más: los tiraron al suelo, los arrodillaron, los golpearon en la cabeza y en el cuerpo, como si quisieran borrarles hasta el nombre.
Podríamos seguir. Podríamos enumerar cada detalle, cada instante que marcó la última parte de sus vidas… pero tal vez ya es suficiente. Suficiente para que se nos quiebre la voz. Suficiente para entender que ningún castigo alcanza a reparar lo que les hicieron. Suficiente para aceptar que estos 17 militares deben recibir la pena máxima que la ley contemple.
Porque no solo les arrebataron la vida. Arrasaron con los sueños de cuatro niños. Rompieron familias que hoy viven con una silla vacía en la mesa, con cuadernos que ya no se abrirán, con ropa doblada en un cajón que nadie se atreve a mover. Y destruyeron la confianza en una institución que debería proteger, no causar terror.
Piensa por un momento que esos niños podían haber sido los tuyos. Tus hijos, tus hermanos, tus sobrinos, tus nietos. Piensa en el silencio de una casa que espera un regreso que nunca llegará. ¿No clamarías por justicia? ¿No implorarías que nadie olvide lo que pasó? ¿No exigirías que jamás, jamás vuelva a repetirse algo así?
No a la impunidad.
No al olvido.
Porque recordar es lo único que les queda a quienes sobrevivieron al dolor.
Y porque la justicia, esta vez, no puede permitirse fallar.
Juan Pablo Lazo.