17/10/2026
VEO PROFESIONALES MU***OS. ALGUNOS TODAVÍA NO LO SABEN.
¡Ey Tecnófilos!
📖 Acabo de terminar «Cointeligencia», de Ethan Mollick. Lo recomiendo: ayuda a entender cómo trabajar con la IA y obliga a hacerse preguntas incómodas sobre nuestro futuro.
Escrito en la época de GPT-4, invita a mirar más allá de la herramienta. Lo he leído pensando en los agentes, las automatizaciones y lo que ya está sucediendo en mi entorno.
Parafraseando a «El sexto sentido», a veces veo mu***os profesionales. Personas que confunden los años de experiencia con un salvoconducto contra el cambio.
Y hablo desde mi propia responsabilidad: en mi entorno profesional ya hay personas que han dejado de trabajar conmigo cuyas funciones han pasado a realizar agentes de IA.
Detrás de esa frase hay personas, decisiones y consecuencias. Sería obsceno celebrarlo como quien presume de haber cambiado de impresora. Pero también sería deshonesto ocultarlo.
Más que nunca necesitamos talento profesional: conocimiento, criterio, capacidad de preguntar y valentía para corregir una respuesta que parece impecable. También cuando la firma una máquina.
La experiencia vale cuando sirve para juzgar mejor. Convertida en excusa para dejar de aprender, acaba siendo una antigüedad con nómina.
Mollick propone invitar a la IA a la mesa, mantener la aportación humana, darle un papel concreto y asumir que sus capacidades seguirán evolucionando.
Me quedo especialmente con nuestra obligación de permanecer en ese proceso. Trabajar con IA exige supervisar, contrastar y responder por lo que hacemos con ella.
⚠️ Porque existe otra amenaza: la IATOCRACIA.
Llamo así a la degradación que aparece cuando empresas y gobiernos entregan sus decisiones a la IA dejando fuera el juicio humano. Cuando «lo dice el algoritmo» sirve para eludir responsabilidades. Cuando dejamos de preguntar porque resulta más cómodo obedecer.
Una inteligencia artificial general —capaz de desenvolverse en una amplia variedad de tareas— tampoco equivaldría automáticamente a una mente suprema, sabia o moralmente superior.
Podemos multiplicar nuestra capacidad y empobrecer nuestro juicio al mismo tiempo.
¿Nos acercamos al superhombre de Nietzsche? Utilizo la referencia como provocación: superar nuestras limitaciones exigirá algo más que comprar una suscripción. Exigirá hacernos responsables del poder que adquirimos.
Y queda el siguiente umbral: ¿qué ocurrirá si esa inteligencia dispone de cuerpos robóticos con autonomía energética suficiente y destrezas comparables a las humanas? La transformación saldría de las pantallas y alcanzaría muchos más trabajos físicos.
Mi convicción: oponerse por sistema a la IA es fútil. Renunciar a aprender a trabajar con ella puede convertirse en la crónica de una muerte profesional anunciada.
Tecnologizarse o morir. Pero conservando el criterio para decidir cómo queremos vivir.
¡Se me tecnologizan!