14/05/2022
Mi madre no solo me enseño a poner los huevos en el sartén, sino también en la vida.
Gracias por leer miles de veces mi cuento favorito, por hacerme más de 6.000 desayunos, por tenderme la cama en cada despertar que viví a tu lado, por mostrarme cómo amarrarme los zapatos, por limpiarme los mocos, por hacer de mis rodillas granadas. Me enseñaste que los puños son para sostener, no para golpear, que soy un león y cómo rugir cuando había que rugir.
Soplaste las velitas de mi piel, cuidaste mis gripas, preparaste mis postres, me defendiste en público y me aleccionaste en privado; trabajaste incansablemente para darme de comer. Me sacaste tantas carcajadas, que de ellas brotó mi primera arruga. Cuando tuve miedo, me acogiste en tu regazo; me acariciaste mientras yo dormía. Sonreíste aun estando enferma, me serviste el pan que te quitaste de la boca, me llamaste hijo y me hiciste hombre.
Me consolaste cuando me rompieron, enalteciste mis virtudes y puliste mi carácter. Hoy me amas como si nunca me hubiera equivocado, como cuando subía el volumen de la música y afligía a mi guitarra. Zurciste mis pantalones, me animaste a usar el metro y a llegar solo a donde iba; te desvelaste al esperarme, lloraste mis tropiezos más que los tuyos, me llevaste a Disneylandia y me ocultaste la deuda que asumiste por ese viaje.
Soportabas los regaños de tu jefe cuando salías a cuidarme porque estaba enfermo, y tus besos me curaban. Si te preguntaba cómo estabas, siempre respondías: «Estoy bien. Dios me cuida». Me enseñaste que se es millonario ayudando a otros. Sé que podría pasar días, horas y hasta años listando las razones para agradecerte. Gracias porque hoy trato a mi esposa como una princesa porque fui educado por una reina.
Me enseñaste a no lamerme las heridas, que se me dio esta vida para darla por otros, que los sueños se encuentran mirando hacia arriba. Con tus palabras y acciones, le diste valor al perdón, a la gratitud, al honor, a la fidelidad, a la mansedumbre, a la humildad y a la sabiduría. No me podía perder la vida si tú aguardabas allí afuera, mamá, jefa, hermosa, Pecas, viejita, doña Delia, chula. ¡Cuántos apodos te he puesto!, ángel mío, sin que ninguno abarque lo que vales para mí. Llamarte madre te queda corto, amiga es insuficiente; declararte hermosa no te hace justicia y decirte Delia no me cuadra. Mirarte es ver el rostro de un ángel.
Tu ejemplo me enseñó que la vida no sirve sin visión, que el amor es un pacto y una decisión. Me explicaste que la receta de la vida lleva huevos. Me preparaste para perdonar lo inimaginable, para no intercambiar mi paz por monedas, para convertir una casa en un hogar, para no buscar pretextos, para ensanchar mi espíritu antes que mi cartera. Tus lecciones me hicieron comprender que la rebeldía necesita propósito y que la pasión y la disciplina valen más que todos los talentos juntos.
¿Te queda un poco más claro por qué ningún nombre te abarca?
Gracias por llevar las caricias de Dios en tus dedos.
Te amo, mamá.
Tu hijo Daniel.