17/06/2025
Cuando la luz no te toca, no significa que vivas en penumbra.
A veces nos levantamos con un ánimo nublado, y creemos que eso significa oscuridad total.
Pero no es así: la luz también habita en los matices, en lo tenue, en lo que aún no alcanzamos a ver.
Recuerdo a mi amigo y mentor, el Dr. Antonio Beristáin Ipiña, S.J., que me enseñó con su voz clara:
“Todo depende del cristal con que se mira. La luna tiene dos caras: una que siempre se ve, y otra que permanece oculta.”
Nos cuesta ver más allá del golpe, de la cicatriz, del miedo.
Pero esa penumbra también es experiencia, aprendizaje, camino.
Solo quien ha tocado fondo sabe que esa oscuridad —lejos de aniquilarte— pulsa una forma más profunda de sabiduría.
Uno aprende que la vida no es solo blanco o negro, éxito o fracaso, luz u oscuridad: es un equilibrio entre lo visible y lo invisible, entre lo que mostramos y lo que cargamos, entre lo que recordamos y lo que callamos.
Juan Pedro, Lupita, Jonathan, José…
Podrán parecerse, pero jamás tomarán las mismas decisiones.
Y si lo hacen, su mirada será distinta. Porque como decía Beristáin: todo depende del cristal con que se mira.
La vida es eso:
Intentos. Tropiezos. Éxitos. Fracasos. Alegrías y tristezas.
Pero hay algo que jamás perdemos, incluso en lo más oscuro:
La dignidad. El amor propio.
Podemos pensar distinto. Ser diversos. Sentirnos solos.
Pero todos poseemos esa luz interior que a veces, sin darnos cuenta, dejamos del lado oculto de nuestra propia luna.
Durante años he señalado que el amor no existe. No por falta de quien lo diera, sino porque aprendimos a priorizar el amor que esperamos recibir, en lugar de cultivar el que somos capaces de darnos.
Y ese amor propio, esa mirada que nos reconstruye, ese abrazo interno que a veces olvidamos, es el que nos recuerda quiénes somos incluso cuando nadie lo hace.
Por eso hoy, si te sientes desanimado, perdido o gris, no olvides que hay una parte de ti que aún no has volteado a mirar.
Y que la luna tiene dos caras.
Y la vida también.
Y tú también.
Solo hay que volver a mirar.
Con otro cristal.
Con más compasión.
Con más amor.
Mtro. Mariano Rocha