15/06/2018
Al amanecer, cuando de mala gana y perezosamente despiertes, acuda puntual a ti este
pensamiento: «Despierto para cumplir una tarea propia de hombre.» ¿Voy, pues, a seguir
disgustado, si me encamino a hacer aquella tarea que justifica mi existencia y para la cual he
sido traído al mundo? ¿O es que he sido formado para calentarme, reclinado entre pequeños
cobertores? «Pero eso es más agradable». ¿Has nacido, pues, para deleitarte? Y, en suma,
¿has nacido para la pasividad o para la actividad? ¿No ves que los arbustos, los pajarillos, las
hormigas, las arañas, las abejas, cumplen su función propia, contribuyendo por su cuenta al
orden del mundo? Y tú entonces, ¿rehúsas hacer lo que es propio del hombre? ¿No persigues
con ahínco lo que está de acuerdo con tu naturaleza? «Mas es necesario también reposar.» Lo
es; también yo lo mantengo. Pero también la naturaleza ha marcado límites al reposo, como
también ha fijado límites en la comida y en la bebida, y a pesar de eso, ¿no superas la
medida, excediéndote más de lo que es suficiente? Y en tus acciones no sólo no cumples lo
suficiente, sino que te quedas por debajo de tus posibilidades. Por consiguiente, no te amas a
ti mismo, porque ciertamente en aquel caso amarías tu naturaleza y su propósito. Otros, que
aman su profesión, se consumen en el ejercicio del trabajo idóneo, sin lavarse y sin comer.
Pero tú estimas menos tu propia naturaleza que el cincelador su cincel, el danzarín su danza,
el avaro su dinero, el presuntuoso su vanagloria. Estos, sin embargo, cuando sienten pasión
por algo, ni comer ni dormir quieren antes de haber contribuido al progreso de aquellos
objetivos a los que se entregan.