Alberto Levy

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Ayudar a las instituciones humanas -empresas, cadenas, clusters, áreas del sector público, territorios y ONGs- a potenciar su Desarrollo Empresarial, entendiendo que todo emprendimiento debe ser definido como una empresa. Desarrollo Empresarial significa implantar en una institución el proceso constante de crear valor sostenible y sustentable, a clarificar su visión organizacional, a lograr que esa visión sea comprendida, compartida y comprometida por todos sus miembros, a asegurar el alineamiento estratégico-operacional, a potenciar su liderazgo en los ámbitos en los que actúan, a desarrollar estrategias innovadoras basadas en el posicionamiento de sus marcas, en la productividad de sus recursos, en los valores que les dan cohesión y en procesos que les dan soporte, a que se transforme en una organización abierta al aprendizaje y al desafío de sus paradigmas, al liderazgo transformacional de equipos de alta exigencia y de alto desempeño, a sobresalir por la calidad de sus productos, de sus servicios, de sus procesos y de sus valores individuales y grupales y a manejar efectivamente el cambio incremental, radical y disruptivo para enfrentar los desafíos de escenarios de alta volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad del presente y del futuro.

11/10/2026

A MI QUERIDA FACULTAD DE CIENCIAS ECONÓMICAS DE LA UBA, EN SUS 113 AÑOS

Hay lugares a los que uno llega alguna vez en la vida. Y hay lugares de los que, en realidad, nunca se va.

Entré a mi querida Facultad cuando tenía apenas 17 años. Era un chico lleno de sueños, de preguntas, de ilusiones y de incertidumbres. No podía imaginar entonces que estaba entrando a uno de los lugares más importantes de mi vida, que entre aquellas paredes encontraría mucho más que una formación universitaria y que, con el tiempo, esa Facultad se convertiría en una parte inseparable de mi propia identidad.

Allí aprendí a pensar, a preguntar, a dudar, a enseñar y, sobre todo, a comprender que el conocimiento solamente adquiere su verdadero sentido cuando somos capaces de compartirlo con los demás. Allí encontré maestros que dejaron huellas imborrables, colegas que enriquecieron mi vida y generaciones de estudiantes que terminaron enseñándome tanto como yo intentaba enseñarles. Algunos de aquellos seres queridos ya no están, pero siguen viviendo en mi memoria y en mi corazón.

Con los años llegaron los títulos, la docencia, la investigación, el doctorado, el posdoctorado y el inmenso honor de ser Profesor Emérito. Pero ningún reconocimiento ha logrado emocionarme tanto como poder decir, con el mismo orgullo de siempre, que pertenezco a la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.

Hoy, al celebrar tus 113 años, quisiera volver por un instante a aquel primer día y abrazar a ese chico de 17 años. Decirle que está entrando a una casa que lo acompañará durante toda su vida, que allí encontrará una parte fundamental de lo que llegará a ser y que nunca, por más lejos que lo lleven sus caminos, dejará de sentir que ese es su lugar.

Alma mater. La madre que nutre, que forma, que acompaña y que permanece dentro de nosotros. Nunca encontré una expresión que describiera mejor lo que significás para mí.

Querida Facultad, gracias por haberme recibido, por haberme formado, por haberme permitido enseñar y seguir aprendiendo, por haber sido testigo de mi vida y por regalarme ese sentimiento maravilloso de pertenecer.

Entré a tus aulas cuando tenía 17 años. Nunca me fui. Y cuando algún día ya no pueda volver, quisiera que algo de mí siguiera viviendo en ellas, como vos vas a seguir viviendo para siempre en mí.

Felices 113 años, querida Facultad. Con todo mi amor, mi gratitud y mi orgullo de pertenecer.

Avi Levy
Profesor Emérito
Facultad de Ciencias Económicas
Universidad de Buenos Aires

17/09/2026

*A MIS ALUMNOS, EN EL DÍA DEL PROFESOR UNIVERSITARIO*

Hoy es el Día del Profesor Universitario y, desde temprano, recibo mensajes, llamados, saludos y palabras de cariño que agradezco profundamente. Pero mientras los leo y los escucho, no puedo evitar sentir que hay algo al revés. Que hoy no debería ser yo quien recibe las gracias.

Hoy quiero darlas.

Quiero agradecerles a todos los que alguna vez fueron alumnos míos. A todos. A los de hace más de medio siglo y a los de ayer. A los que recuerdo con nombre y apellido y a aquellos cuyos nombres el tiempo fue borrando pero cuyas caras, increíblemente, todavía aparecen en algún rincón de mi memoria. Porque yo empecé a dar clases como ayudante alumno cuando tenía 22 años, antes incluso de recibirme, y desde entonces nunca paré. Nunca. Cambiaron las aulas, aunque jamás dejé de estar en nuestra querida Universidad de Buenos Aires, me invitaron de otras universidades, cambiaron los países, cambiaron las generaciones, cambiaron las tecnologías, cambiaron las palabras con las que intentábamos entender el mundo, cambié yo, muchísimo, pero siempre hubo algo que permaneció: esas caritas delante mío que hicieron que me aferrara a la vida. Hasta hoy que soy un abuelo salvaje y un eterno aprendiz.

Y hoy quiero agradecer cada una de esas caritas. Cada expresión. Cada mirada. La del que entendía y de pronto abría un poco más los ojos. La del que no entendía absolutamente nada y no sabía cómo decírmelo. La del que estaba de acuerdo. La del que pensaba que yo estaba diciendo una barbaridad. La del que preguntaba. La del que discutía. La del que se animaba a desafiarme. Incluso la del que se aburría, porque también ese me obligaba a preguntarme qué estaba haciendo yo para no conseguir llegar hasta él.

Durante todos estos años quizás yo les haya dado algunas cosas. Conocimiento, seguramente. Algunas ideas. Algunos modelos. Algunas herramientas que espero que alguna vez les hayan servido. Y, sobre todo, traté de darles cariño. Porque jamás pude entender la enseñanza sin cariño.

Pero ustedes me dieron muchísimo más.

Me dieron confianza.

La confianza de sentarse delante mío y aceptar, durante unas horas, que yo podía ayudarlos a pensar. La confianza de preguntarme. De discutir conmigo. De mostrarme sus dudas. De contarme sus proyectos. De volver muchos años después y decirme “¿se acuerda de mí?”, sin saber que muchas veces ese encuentro significaba para mí bastante más de lo que podía significar para ustedes.

Porque con los años fui comprendiendo algo que a los 22 no podía comprender: uno cree que el profesor construye a sus alumnos, pero los alumnos también construyen al profesor. Clase después de clase. Pregunta después de pregunta. Mirada después de mirada. Generación después de generación.

Yo soy profesor porque ustedes me permitieron serlo.

Y si después de tantos años sigo entrando a un aula con una mezcla inexplicable de entusiasmo, curiosidad y un poquito de miedo; si todavía me importa descubrir qué pasa en la cara de alguien cuando una idea logra tocarlo; si todavía necesito estudiar porque mañana puedo encontrarme con un alumno que me haga una pregunta para la cual no tengo respuesta; si todavía siento que hay algo nuevo por aprender, algo por enseñar y muchísimo por compartir, es porque durante toda mi vida hubo alguien del otro lado.

Ustedes. Que hacen que, en realidad, no hay “el otro lado”.

Por eso, en este Día del Profesor Universitario, permítanme dar vuelta el homenaje.

No me feliciten. Felicitémonos por recorrer juntos este devenir que no tiene final y que, gracias a Dios, nunca lo podrá tener.

Déjenme felicitarlos a ustedes y, sobre todo, déjenme decirles gracias.

Gracias a los miles que pasaron por mis aulas durante todos estos años. Gracias a quienes estuvieron apenas unos meses y a quienes después se convirtieron en colegas, amigos y compañeros de camino. Gracias a quienes alguna vez me dijeron que una clase les había servido y también a quienes me hicieron descubrir que tenía que cambiarla. Gracias por exigirme, por cuestionarme, por sorprenderme, por hacerme estudiar, por obligarme a volver a pensar cosas que creía que ya sabía. Gracias por haber envejecido conmigo mientras, generación tras generación, ustedes seguían teniendo más o menos la misma edad.

Y gracias por algo todavía más profundo, que me cuesta escribir sin emocionarme.

Gracias porque esas caritas, esas expresiones, esas miradas que me acompañaron durante toda mi vida todavía hoy me mantienen aferrado a ella. Mientras exista alguien delante mío con ganas de aprender, de preguntar, de discutir, de imaginar algo que todavía no existe, yo voy a seguir teniendo una razón para estar ahí.

Así que hoy, queridos alumnos de todas mis generaciones, el homenaje es mío hacia ustedes.

Gracias por haberme privilegiado con el honor de ser su profesor.

Gracias por haber confiado en mí.

Y gracias, fundamentalmente, por haberle dado sentido a una parte enorme de mi vida.

*Hay otra manera de vivir*.

Avi Levy
Abuelo salvaje
Eterno aprendiz

05/08/2026

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