15/07/2026
𝐄𝐥 𝐡𝐢𝐥𝐨 𝐢𝐧𝐯𝐢𝐬𝐢𝐛𝐥𝐞 𝐞𝐧𝐭𝐫𝐞 𝐄𝐥 𝐂𝐚𝐟𝐞𝐭𝐚𝐥 𝐝𝐞 𝟏𝟗𝟖𝟔 𝐲 𝐞𝐥 𝐩𝐚𝐫𝐭𝐢𝐝𝐚𝐳𝐨 𝐝𝐞 𝐡𝐨𝐲
Normalmente nos encontramos los viernes. Pero hay días en que la realidad se acelera, la pasión desborda la agenda y el calendario editorial tiene que rendirse ante la historia. Hoy no es un miércoles cualquiera. Hoy la Argentina se juega el pase a la gran final de la Copa del Mundo frente a Inglaterra, con España esperando en el último escalón.
Hay partidos que son solo fútbol; hay otros que son un viaje en el tiempo. Y hoy, antes de que ruede la pelota, necesito invitarlos a mirar este partido a través de mis ojos. De los ojos de alguien que aprendió a amar este deporte no por moda, sino como un rito de graduación de vida.
Normalmente nos encontramos los viernes. Pero hay días en que la realidad se acelera, la pasión desborda la agenda y el calendario editorial tiene que rendirse ante la historia. Hoy no es un miércoles cualquiera. Hoy la Argentina se juega el pase a la gran final de la Copa del Mundo frente a Inglaterra, con España esperando en el último escalón.
Hay partidos que son solo fútbol; hay otros que son un viaje en el tiempo. Y hoy, antes de que ruede la pelota, necesito invitarlos a mirar este partido a través de mis ojos. De los ojos de alguien que aprendió a amar este deporte no por moda, sino como un rito de graduación de vida.
𝐄𝐥 𝐝𝐞𝐬𝐩𝐞𝐫𝐭𝐚𝐫 𝐝𝐞 𝐮𝐧 𝐫𝐨𝐦𝐚𝐧𝐜𝐞 𝐭𝐚́𝐜𝐭𝐢𝐜𝐨
Para los que me conocen, saben bien que no sigo el fútbol únicamente cuando se enciende la pantalla de un Mundial. Lo sigo siempre, a donde sea. Me fascina sentarme a diseccionar el juego, a entender los movimientos, a analizar la pizarra. Salvo cuando juegan el Barcelona o la selección argentina, momentos en los que el corazón secuestra por completo al estratega, mi mirada siempre busca la táctica.
Mi memoria futbolística tiene estaciones muy claras:
- 1978: El primer destello, el recuerdo primario de una Argentina consagrándose por primera vez y mi papá llevándome a comprar la revista El Gráfico todos los sábados al kiosko del Sur que estaba en la Av. Casanova de Sabana Grande, una revista que ya sentaba mis gustos por analizar este deporte de otra manera.
- 1982: El mundial donde profundicé mis conocimientos, donde el juego dejó de ser solo un juego para convertirse en una obsesión de estudio. Allí descubrí cómo Paolo Rossi, eliminé a uno de los mejores equipos que pasó por un Mundial, aquel Brasil de Zico.
- 1986: La apoteosis. Mi graduación definitiva como amante de este maravilloso deporte.
Aquel año de 1986 lo viví en El Cafetal, una zona residencial de clase media en Caracas. Vivía en un edificio donde mi vecina de abajo me decía, entre risas y resignación, que ella sabía perfectamente los domingos muy temprano cuando Maradona marcaba un gol. Escuchaba el retumbar de mis pasos corriendo desesperado desde mi cuarto hacia la cocina, cruzando la sala como un torbellino, para terminar en el balcón del apartamento gritando con el alma: ¡Qué grande!
La historia y el tiempo después me jugarían la mala pasada de ver caer al ídolo humano. Para mí, un ídolo lo es dentro y fuera de la cancha; cuando esa coherencia se rompe, el ídolo llega a su fin. Pero lo cortés no quita lo valiente: ningún jugador en la historia del fútbol ha tenido un prime tan ridículamente alto en una Copa del Mundo como el que Diego tuvo en tierras mexicanas.
𝐘 𝐥𝐥𝐞𝐠𝐨́ 𝐞𝐥 𝐝𝐢́𝐚 𝐞𝐧 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐚 𝐟𝐢́𝐬𝐢𝐜𝐚 𝐬𝐞 𝐫𝐢𝐧𝐝𝐢𝐨́ 𝐚𝐧𝐭𝐞 𝐥𝐚 𝐥𝐢́𝐫𝐢𝐜𝐚
Así llegamos al mítico Argentina-Inglaterra de 1986. En ese entonces, a la distancia y con mi juventud a cuestas, yo no entendía, ni me interesaba un carajo el tema de las Malvinas. Hoy, después de vivir en este grandioso país que amo, de caminar sus calles, de respirar su historia y de amarlo profundamente entiendo que ese dolor es una fibra que solo se comprende viviendo acá. Para el resto del mundo, aquello es una anécdota geopolítica; para el argentino, es una herida abierta.
Pero en ese momento, yo viví el partido como lo que era (y lo que es): fútbol en su estado más puro. En mi incipiente análisis táctico, intuía una verdad que hoy sigue siendo universal: si Argentina ponía la pelota al ras del piso, Inglaterra lo iba a sufrir. A los equipos ingleses, históricamente físicos y estructurados, los destruye la gambeta, el toque corto, la improvisación y la imaginación.
Llegó el primer gol. El de la mano de ¿Dios?. Y voy a ser completamente honesto: no lo grité. No me gustó la forma. Aunque la selección merecía ir ganando por cómo estaba jugando, ese no es el tipo de fútbol que me representa ni el estilo de goles que celebro. Así que guardé silencio, me contuve porque intuía que algo grande se venía.
Pero minutos más tarde, el fútbol decidió regalarle un templo a la eternidad.
El "Negro" Enrique se la pasa a Diego en mitad de cancha. Lo que siguió fue la apoteosis. Con una claridad mental absoluta, Maradona empezó a desparramar ingleses por el césped como si fuesen conos de entrenamiento. Yo estaba solo en mi cuarto, mirando la transmisión de RCTV. Siempre me gustó ver los partidos importantes en soledad (años después, mi jefe Félix Allemann en Nestlé no lograba comprender por qué prefería quedarme en casa solo a ver una final de Champions del Barça contra el Manchester United en lugar de ir a verla con el Comité de Dirección en su casa con una pantalla súper gigante).
El relator era el gran Lázaro Candal, un imán del rating en Venezuela con su eterno: “¿Qué hiciste, papaíto?”. Creo que Lázaro, al igual que yo desde el primer segundo en que Diego pisó el balón y giró sobre su propio eje, supo que eso terminaría en gol. Lázaro no dijo frases como Barrilete cósmico o de que planeta viniste. Solo le bastó decir de una forma simple ¡Que gol mamá!
Cuando la pelota tocó la red, me disparé a correr por toda la casa. Corrí tanto y con tanta fuerza que sentí que me desvanecía en la sala. Ese gol, el mejor de la historia de los Mundiales, valía por los dos del partido. Redimía cualquier imperfección anterior.
𝐄𝐥 𝐞𝐥𝐞𝐜𝐭𝐫𝐨𝐜𝐚𝐫𝐝𝐢𝐨𝐠𝐫𝐚𝐦𝐚 𝐞𝐦𝐨𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥
Por supuesto, como somos argentinos, no podíamos ganar sin drama. Gary Lineker, quien luego se convertiría en otro de mis ídolos cuando vistió la camiseta del Barça, puso el 2-1. Y ahí empezó el sufrimiento.
¿Y qué? Así es este país. Se gana, pero se sufre. Es un electrocardiograma constante. De hecho, años más tarde, cuando venían visitas de Suiza a la oficina, yo les explicaba la economía argentina exactamente de esa manera: un electrocardiograma que sube y baja a una velocidad pasmosa, donde el suelo y el cielo están a un segundo de distancia.
Al terminar el partido, bajé corriendo del apartamento a buscar a mis amigos. Recuerdo ver a Gregorio, uno de mis grandes panas que también compartía ese lazo con Argentina, celebrando como loco. Al cruzar la puerta del edificio, volví a lanzar al aire aquel grito: ¡Qué grande! Lo recuerdo hoy, cuarenta años después, con una nitidez que asusta. El bulevar de El Cafetal era una locura hermosa, lleno de caravanas y gente agitando banderas argentinas que no sé de dónde demonios habían sacado, porque en esa época no se conseguían a la vuelta de la esquina.
Ese día comencé a ver el fútbol como el fenómeno social definitivo. Es un catalizador de emociones sin igual. Podemos estar tristes, golpeados por la realidad, agobiados en nuestras finanzas o cansados de la rutina, pero la adrenalina y la pasión que genera un partido de fútbol no la provoca ningún otro acontecimiento sobre la faz de la Tierra.
𝐂𝐮𝐚𝐫𝐞𝐧𝐭𝐚 𝐚𝐧̃𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐬𝐩𝐮𝐞́𝐬, 𝐥𝐚 𝐦𝐢𝐬𝐦𝐚 𝐩𝐫𝐞𝐦𝐢𝐬𝐚
Hoy, cuatro décadas después de aquella tarde en Caracas, me toca vivir este enfrentamiento otra vez. El escenario es distinto, mi geografía es distinta, pero la esencia táctica es exactamente la misma. Eso sí, ahora lo veo con mi familia, cada uno con sus ritos, Mi esposa me dice que prefiere no verlo, lee con la tele prendida cerca; Isa con su camiseta y su sonrisa eterna estará feliz, pase lo que pase; Andrea se pone la camisa de la selección allá en Santiago y parece que hincha sola contra el mundo, y Dani cabulera como nadie, se va a casa de sus amigas de baile, se sientan en las mismas posiciones que el día que Di María sentenció la Copa América del 2022 y parece que con eso vamos todavía.
Hoy mantengo la misma premisa; sigo convencido de que si el mediocampo de Argentina (que ha estado por debajo de sus pergaminos en esta Copa) logra adueñarse de la pelota, ponerla contra el cesped y hacerla circular con paciencia e imaginación, Inglaterra va a volver a sufrir. Es verdad que este equipo inglés llega un poquitito mejor armado y con un bloque sólido, pero este deporte no sabe de lógicas previas.
Hoy podemos volver a pedirle un milagro más a Messi y a toda la banda, porque aunque muchos se empeñen en personalizarlo Argentina tiene un equipo real y un proceso detrás, no es solo un hombre.
Hoy juega la selección. Y quién sabe... tal vez en unas horas, estemos todos juntos gritando otra vez al cielo: ¡Qué grande!
Y si no lo gritamos, no importa ¿Qué más se le puede pedir a estos muchachos? que ya nos hicieron ilusionar bastante.
Nos vemos en la cancha.
🎙️🧠 El fútbol no se juega con el cuerpo; el cuerpo es solo el instrumento del cerebro. Se juega con la mente, con el espacio y, sobre todo, con la memoria emocional de un pueblo.
Para los que me conocen, saben bien que no sigo el fútbol únicamente cuando se enciende la pantalla de un Mundial. Lo sigo siempre, a donde sea. Me fascina sentarme a diseccionar el juego, a entender los movimientos, a analizar la pizarra. Salvo cuando juegan el Barcelona o la selección argentina, momentos en los que el corazón secuestra por completo al estratega, mi mirada siempre busca la táctica.
Mi memoria futbolística tiene estaciones muy claras:
1978: El primer destello, el recuerdo primario de una Argentina consagrándose por primera vez y mi papá llevándome a comprar la revista El Gráfico todos los sábados al kiosko del Sur que estaba en la Av. Casanova de Sabana Grande, una revista que ya sentaba mis gustos por analizar este deporte de otra manera.
1982: El mundial donde profundicé mis conocimientos, donde el juego dejó de ser solo un juego para convertirse en una obsesión de estudio. Allí descubrí cómo Paolo Rossi, eliminé a uno de los mejores equipos que pasó por un Mundial, aquel Brasil de Zico.
1986: La apoteosis. Mi graduación definitiva como amante de este maravilloso deporte.
Aquel año de 1986 lo viví en El Cafetal, una zona residencial de clase media en Caracas. Vivía en un edificio donde mi vecina de abajo me decía, entre risas y resignación, que ella sabía perfectamente los domingos muy temprano cuando Maradona marcaba un gol. Escuchaba el retumbar de mis pasos corriendo desesperado desde mi cuarto hacia la cocina, cruzando la sala como un torbellino, para terminar en el balcón del apartamento gritando con el alma: ¡Qué grande!
La historia y el tiempo después me jugarían la mala pasada de ver caer al ídolo humano. Para mí, un ídolo lo es dentro y fuera de la cancha; cuando esa coherencia se rompe, el ídolo llega a su fin. Pero lo cortés no quita lo valiente: ningún jugador en la historia del fútbol ha tenido un prime tan ridículamente alto en una Copa del Mundo como el que Diego tuvo en tierras mexicanas.
Y llegó el día en que la física se rindió ante la lírica
Así llegamos al mítico Argentina-Inglaterra de 1986. En ese entonces, a la distancia y con mi juventud a cuestas, yo no entendía, ni me interesaba un carajo el tema de las Malvinas. Hoy, después de vivir en este grandioso país que amo, de caminar sus calles, de respirar su historia y de amarlo profundamente entiendo que ese dolor es una fibra que solo se comprende viviendo acá. Para el resto del mundo, aquello es una anécdota geopolítica; para el argentino, es una herida abierta.
Pero en ese momento, yo viví el partido como lo que era (y lo que es): fútbol en su estado más puro. En mi incipiente análisis táctico, intuía una verdad que hoy sigue siendo universal: si Argentina ponía la pelota al ras del piso, Inglaterra lo iba a sufrir. A los equipos ingleses, históricamente físicos y estructurados, los destruye la gambeta, el toque corto, la improvisación y la imaginación.
Llegó el primer gol. El de la mano de ¿Dios?. Y voy a ser completamente honesto: no lo grité. No me gustó la forma. Aunque la selección merecía ir ganando por cómo estaba jugando, ese no es el tipo de fútbol que me representa ni el estilo de goles que celebro. Así que guardé silencio, me contuve porque intuía que algo grande se venía.
Pero minutos más tarde, el fútbol decidió regalarle un templo a la eternidad.
El "Negro" Enrique se la pasa a Diego en mitad de cancha. Lo que siguió fue la apoteosis. Con una claridad mental absoluta, Maradona empezó a desparramar ingleses por el césped como si fuesen conos de entrenamiento. Yo estaba solo en mi cuarto, mirando la transmisión de RCTV. Siempre me gustó ver los partidos importantes en soledad (años después, mi jefe Félix Allemann en Nestlé no lograba comprender por qué prefería quedarme en casa solo a ver una final de Champions del Barça contra el Manchester United en lugar de ir a verla con el Comité de Dirección en su casa con una pantalla súper gigante).
El relator era el gran Lázaro Candal, un imán del rating en Venezuela con su eterno: “¿Qué hiciste, papaíto?”. Creo que Lázaro, al igual que yo desde el primer segundo en que Diego pisó el balón y giró sobre su propio eje, supo que eso terminaría en gol. Lázaro no dijo frases como Barrilete cósmico o de que planeta viniste. Solo le bastó decir de una forma simple ¡Que gol mamá!
Cuando la pelota tocó la red, me disparé a correr por toda la casa. Corrí tanto y con tanta fuerza que sentí que me desvanecía en la sala. Ese gol, el mejor de la historia de los Mundiales, valía por los dos del partido. Redimía cualquier imperfección anterior.
El electrocardiograma emocional
Por supuesto, como somos argentinos, no podíamos ganar sin drama. Gary Lineker, quien luego se convertiría en otro de mis ídolos cuando vistió la camiseta del Barça, puso el 2-1. Y ahí empezó el sufrimiento.
¿Y qué? Así es este país. Se gana, pero se sufre. Es un electrocardiograma constante. De hecho, años más tarde, cuando venían visitas de Suiza a la oficina, yo les explicaba la economía argentina exactamente de esa manera: un electrocardiograma que sube y baja a una velocidad pasmosa, donde el suelo y el cielo están a un segundo de distancia.
Al terminar el partido, bajé corriendo del apartamento a buscar a mis amigos. Recuerdo ver a Gregorio, uno de mis grandes panas que también compartía ese lazo con Argentina, celebrando como loco. Al cruzar la puerta del edificio, volví a lanzar al aire aquel grito: ¡Qué grande! Lo recuerdo hoy, cuarenta años después, con una nitidez que asusta. El bulevar de El Cafetal era una locura hermosa, lleno de caravanas y gente agitando banderas argentinas que no sé de dónde demonios habían sacado, porque en esa época no se conseguían a la vuelta de la esquina.
Ese día comencé a ver el fútbol como el fenómeno social definitivo. Es un catalizador de emociones sin igual. Podemos estar tristes, golpeados por la realidad, agobiados en nuestras finanzas o cansados de la rutina, pero la adrenalina y la pasión que genera un partido de fútbol no la provoca ningún otro acontecimiento sobre la faz de la Tierra.
Cuarenta años después, la misma premisa
Hoy, cuatro décadas después de aquella tarde en Caracas, me toca vivir este enfrentamiento otra vez. El escenario es distinto, mi geografía es distinta, pero la esencia táctica es exactamente la misma. Eso sí, ahora lo veo con mi familia, cada uno con sus ritos, Mi esposa me dice que prefiere no verlo, lee con la tele prendida cerca; Isa con su camiseta y su sonrisa eterna estará feliz, pase lo que pase; Andrea se pone la camisa de la selección allá en Santiago y parece que hincha sola contra el mundo, y Dani cabulera como nadie, se va a casa de sus amigas de baile, se sientan en las mismas posiciones que el día que Di María sentenció la Copa América del 2022 y parece que con eso vamos todavía.
Hoy mantengo la misma premisa; sigo convencido de que si el mediocampo de Argentina (que ha estado por debajo de sus pergaminos en esta Copa) logra adueñarse de la pelota, ponerla contra el cesped y hacerla circular con paciencia e imaginación, Inglaterra va a volver a sufrir. Es verdad que este equipo inglés llega un poquitito mejor armado y con un bloque sólido, pero este deporte no sabe de lógicas previas.
Hoy podemos volver a pedirle un milagro más a Messi y a toda la banda, porque aunque muchos se empeñen en personalizarlo Argentina tiene un equipo real y un proceso detrás, no es solo un hombre.
Hoy juega la selección. Y quién sabe... tal vez en unas horas, estemos todos juntos gritando otra vez al cielo: ¡Qué grande!
Y si no lo gritamos, no importa ¿Qué más se le puede pedir a estos muchachos? que ya nos hicieron ilusionar bastante.
Nos vemos en la cancha.
🎙️🧠 El fútbol no se juega con el cuerpo; el cuerpo es solo el instrumento del cerebro. Se juega con la mente, con el espacio y, sobre todo, con la memoria emocional de un pueblo.