13/12/2017
La vida no es color de rosa, aunque así nos la quieran vender.
Me es ineludible, trabajando en redes sociales y siendo parte de esta modernidad, no cuestionarme cómo impactan las cientos de imágenes que vemos por día, y los conceptos que creamos a partir de ellas. No todos tenemos la misma vida, ni las mismas posibilidades de viajar, de vestir bien, de comer en lugares espectaculares ni de tener una realidad -como decimos- instagrameable. Sin embargo, estoy segura también, todas las fotografías no constituyen -en sí mismas- la felicidad. Ni tampoco la realidad absoluta.
Son una editorialización de lo que queremos que el otro vea, el desarrollo de nuestro marketing personal. Pequeña empresa que de golpe nos vimos todos intentando construir como si fuéramos especialistas, algunos con más éxito que otros. Pero, ¿nos preguntamos para qué?
Sin irme mucho más por las ramas, lo que intento decir es que creo que es preciso detener el fluir de nuestro dedo bajando feeds de Instagram para analizar por qué lo hacemos, qué buscamos y cómo nos hace sentir lo que vemos. Distinguir cuánto es cierto y cuánto no. Y confiar en nuestras propias construcciones que, sin dudas, están fuera de una pantalla, mucho más adentro, por detrás del esternón.
Siempre digo que las redes sociales son una gran oportunidad para que las marcas puedan mostrar lo que hacen, estar más cerca de sus consumidores. ¡Y bienvenido este cambio! También son una gran herramienta para las personas que tienen algo que decir y aportar, y valoro el sentido solidario que habita en ellas: nos gusta recomendar y pasarnos datos.
Esto último es lo bueno. Y como toda moneda, las redes sociales también tienen su otra cara y es que si los que estamos del otro lado creemos que todo lo que vemos es cierto y nos compararnos con las editorializaciones instagrameables, podemos sufrir. Y, bienvenida sea la realidad, la vida no es hermosa, ni perfecta, ni mala, ni buena. Es todo eso y más. Y de ese mix aprendemos, crecemos y nos enriquecemos. La vida no es color de rosa. Para nadie. ¡Y menos mal!