20/03/2015
El acto psicobiológico de escribir II
“Podemos descomponer el acto escritural en tres fases: recepción, integración y expresión.
La recepción de estímulos puede producirse tanto en los órganos auditivos y visuales como en las terminaciones nerviosas de la piel o en los propios músculos y nervios. Al escribir oímos, vemos –lo que nos rodea y lo que escribimos-, tocamos y sentimos la presión de la mesa, del papel, del útil de escritura, etc., y ponemos en movimiento a la vez una gran cantidad de músculos gracias a los impulsos nerviosos.
El cerebro (responsable de movimientos conscientes/voluntarios) y la médula (de los movimientos reflejos) envían estos impulsos a los órganos correspondientes: hombro, brazo, antebrazo, muñeca, mano y dedos.
Estos últimos actúan de manera perfectamente coordinada: la articulación de la muñeca hace movimientos de flexión y extensión, armonizados por la acción combinada de los dedos. El antebrazo, por su parte, hace que la mano vaya variando paulatinamente su posición; el codo permanece fijo, lo que convierte a los renglones de escritura en arcos de enorme radio, haciéndolos prácticamente rectilíneos.
El papel se sujeta con la otra mano, inclinado convenientemente; la cabeza, a su vez, se inclina hacia la izquierda y la mano se desliza sobre el papel gracias a la acción combinada de los músculos del antebrazo. Se ponen también en movimiento las articulaciones del codo y del hombro. En total, son nada menos que alrededor de quinientos músculos los que entran en acción.
El deslizamiento de la mano por el antebrazo se regula gracias a la sensibilidad –tanto superficial como profunda- de los dedos anular y meñique, de las estructuras cubitales de la mano y de la cara interna del antebrazo.
Los tres dedos que sujetan el útil de escritura (índice, pulgar y anular) realizan movimientos de flexión y extensión, formando de esta manera las letras. El índice interviene sobre todo en los movimientos que van hacia abajo y el pulgar en los que se dirigen hacia arriba. El control de las curvas, así como la dirección y el sentido de la escritura, se consigue gracias a la coordinación de los dedos citados.
(…)
Por lo tanto, aparte de los órganos directamente implicados (dedos, manos, brazo, hombro, etc.), existen otros que están íntimamente correlacionados con ellos: corazón, pulmones (y sistemas circulatorio y pulmonar en general), aparato digestivo, sistema nervioso, etc.
Así pues, en lo que a escritura se refiere y desde un punto de vista biológico, el individuo debe ser considerado de manera global.
El máximo investigador de estos aspectos fue Freeman, que estudió cinematográficamente todos los movimientos y posibles colocaciones de la mano al escribir.
(…)
Algo parecido sucede en el plano psicológico, ya que en la escritura actual de un sujeto no sólo se reflejan sus vivencias más recientes, sino que se encuentran igualmente plasmadas todas aquellas situaciones que han ido modelando, a lo largo de su vida, su personalidad actual.
No hay que olvidar la influencia de los padres y educadores, cuyos modelos de escritura tiende el niño a imitar, pudiendo quedar en las escrituras de adultos rasgos heredados de estas imitaciones infantiles y juveniles. Este tipo de rasgos será tanto menos significativo cuanto mayor haya sido la evolución personal del propio individuo.
(…) Analizaremos a continuación la fase central del proceso de escritura: la integración.
Esta tiene lugar en el cerebro, fundamentalmente a nivel de la corteza del mismo en donde se unen las sensaciones (visuales, auditivas, táctiles, etc.) y las vivencias personales actuales y pasadas, para dar como resultado los pensamientos e ideas que, convenientemente tamizados, se plasmarán de modo gráfico sobre el papel.
Para ello, y según hemos explicado, el individuo utilizará los resortes anatómicos y fisiológicos que coordinados por millones de células nerviosas (neuronas) localizadas en la zona del cerebro conocida como “centro motor de escritura”, harán posible ese extraordinario acto cotidiano que llamamos «escribir »."
El Gran Libro de la Grafología. José Javier Simón. (1992).