24/09/2026
24 DE SEPTIEMBRE DE 1812 LA BATALLA QUE CAMBIÓ EL RUMBO DE NUESTRA HISTORIA
Hace 214 años, cuando todavía no amanecía completamente sobre Tucumán, la historia de nuestra tierra estaba a punto de cambiar para siempre.
Era la mañana del 24 de septiembre de 1812.
En las inmediaciones de San Miguel de Tucumán, en el histórico Campo de las Carreras, unos 1.800 hombres del Ejército del Norte, al mando del general Manuel Belgrano, se preparaban para enfrentar a un ejército realista que los superaba ampliamente en número, con alrededor de 3.000 hombres bajo las órdenes del general Pío Tristán.
Belgrano había llegado hasta Tucumán después del Éxodo Jujeño. Sus tropas estaban cansadas, con pocos recursos y con un enemigo que avanzaba desde el norte.
Pero aquí ocurrió algo que cambiaría el destino de la Revolución.
El pueblo tucumano le pidió que no continuara la retirada.
Le ofreció hombres, caballos, alimentos, armas y todo lo que tenía.
Hombres de la campaña se incorporaron a las filas patriotas. Llegaron refuerzos desde Catamarca y Santiago del Estero. Los tucumanos que pasaron a integrar la caballería fueron conocidos como los "Decididos de Tucumán".
No era solamente un ejército.
Era un pueblo defendiendo su tierra.
El 23 de septiembre, Pío Tristán llegó con sus tropas a las cercanías de la ciudad. Creía que Belgrano evitaría el combate abierto y se encerraría detrás de las defensas de San Miguel de Tucumán.
Pero Belgrano tenía otro plan.
Al amanecer del 24, sus hombres esperaban al enemigo.
Y alrededor de las 8 de la mañana comenzó la batalla.
El primer fuego de la artillería patriota anunció que ya no había vuelta atrás.
Los realistas avanzaron sobre las posiciones de Belgrano. La infantería chocó violentamente y la caballería patriota, comandada en el ala derecha por Juan Ramón Balcarce, lanzó una carga que sorprendió a las fuerzas de Tristán.
Entonces el Campo de las Carreras se convirtió en un escenario de humo, polvo, gritos, disparos y confusión.
Los pajonales incendiados, el viento y una enorme manga de langostas atravesaron el campo de batalla, haciendo todavía más difícil distinguir a los hombres y comprender lo que estaba sucediendo.
Las líneas se rompieron.
Los soldados quedaron mezclados.
Algunos avanzaban, otros retrocedían y muchos ya no sabían dónde se encontraba su propio ejército.
Fue una batalla caótica, feroz y difícil de conducir.
Pero en medio de aquella confusión, los patriotas comenzaron a imponerse.
La caballería tucumana arrolló parte de las fuerzas realistas y llegó hasta su retaguardia. Mientras tanto, la infantería patriota consiguió apoderarse de buena parte de la artillería, municiones, carretas y prisioneros.
El coronel Eustoquio Díaz Vélez logró organizar la defensa de la ciudad y regresar con sus hombres hacia San Miguel de Tucumán.
Belgrano, que durante parte del combate había quedado separado de sus tropas, consiguió finalmente reunir a sus hombres.
Y cuando cayó la tarde, el campo de batalla había quedado en manos de las fuerzas patriotas.
Pío Tristán ya no podía cumplir su objetivo.
La ciudad no había caído.
Tucumán había resistido.
Y el Ejército del Norte había detenido el avance realista.
Pero esta historia no se escribió solamente en el campo de batalla.
También se escribió dentro de la ciudad.
Mientras los hombres combatían en el Campo de las Carreras, Tucumán se transformaba en refugio, hospital y retaguardia de aquellos que llegaban heridos.
Los conventos y las casas particulares fueron utilizados para atender a los heridos.
El antiguo convento de San Francisco, que había servido como cuartel del Ejército del Norte, se convirtió en Hospital de Sangre.
Entre sus muros fueron atendidos los soldados que regresaban del campo de batalla.
Aquellas paredes que hoy recorremos tranquilamente guardaron entonces el dolor de los heridos, el esfuerzo de quienes los asistían y el silencio de quienes no regresarían.
La batalla no fue solamente de los soldados.
Fue también de los tucumanos.
De quienes entregaron sus caballos.
De quienes llevaron alimentos.
De quienes tomaron las armas.
De quienes acompañaron al ejército.
De quienes abrieron sus casas.
De quienes curaron a los heridos.
De quienes, sin vestir uniforme, entendieron que también estaban defendiendo su tierra.
Y también estuvo presente la fe.
Antes del combate, Manuel Belgrano invocó a la Virgen de la Merced y puso a su ejército bajo su protección.
Días después, aquella victoria sería atribuida por el propio Belgrano a la protección de Nuestra Señora de las Mercedes.
Meses más tarde, en la solemne ceremonia de acción de gracias, Belgrano entregaría su bastón de mando a la Virgen, que quedaría para siempre ligada a la memoria de aquella jornada.
La batalla había terminado, pero sus consecuencias recién comenzaban.
El ejército realista, que había llegado con superioridad numérica y confiado en avanzar hacia el sur, tuvo que retirarse hacia Salta.
Tucumán había detenido el avance enemigo.
La Revolución había sobrevivido.
Y desde aquí comenzaría el camino que conduciría, meses después, a la victoria patriota en Salta.
Por eso el 24 de septiembre no es una fecha más en nuestro calendario.
Es uno de esos días en los que una ciudad, un pueblo y un ejército se encontraron frente a la historia.
Una ciudad pequeña.
Un ejército cansado.
Un enemigo superior en número.
Y un pueblo que decidió no rendirse.
En aquel Campo de las Carreras, donde hoy existe otra ciudad, hace 214 años se escucharon los primeros cañonazos de una batalla que sería decisiva para la Revolución y para el proceso de nuestra independencia.
Hoy, cuando el reloj marque las 12 de la noche, volvamos por un instante a aquella madrugada de 1812.
Volvamos a ese Tucumán de calles de tierra, de casas coloniales, de caballos, de campanas y de hombres y mujeres que no sabían que estaban protagonizando una de las páginas más importantes de nuestra historia.
Porque la historia no comenzó en los monumentos.
Comenzó en la tierra.
En el miedo.
En el coraje.
En la decisión de quedarse.
Y en un pueblo que dijo:
Hasta aquí llega el enemigo.
Aquí se defiende Tucumán.
24 de septiembre de 1812.
Campo de las Carreras.
Tucumán.
Donde la historia de nuestra patria tomó otro rumbo.