27/04/2020
LA SALUD DE LA QUE NO SE HABLA, LA SALUD MENTAL EN TIEMPOS DE PANDEMIA
La distancia social que actualmente se impone ante la pandemia, es un tema que ha modificado y sigue modificando la vida de todos, el cerebro humano está hecho para conectar y relacionarse con otros, en modos y tiempos subjetivos a cada ser y a cada sociedad. Hay un entendimiento universal de que esta decisión política de aislamiento social obligatorio, fundamentada en el principio de necesidad y urgencia, es diferente a cualquier otra, porque se toma con el fin de priorizar la salud de todos los ciudadanos y a éste nos hemos visto todos sometidos.
Hoy, las imágenes de sensibilización, comunicaciones, protocolos, debates se reducen a las mejores prácticas de higiene, uso de elementos de protección, cómo cumplir el aislamiento social obligatorio en sus distintas etapas, cómo atender los casos sospechosos de contagio, la hospitalización de los contagiados, las estadísticas tendenciosas que sólo comparan el mismo tema en diferentes geografías, la búsqueda de vacunas, las medidas que toma cada gobierno y éstas ocupan todos los espacios de información a la sociedad.
Sin embargo, hay un tema que pasa desapercibido, destruyendo silenciosamente a diferentes colectivos de la sociedad mundial. Un tema que se vive puertas adentro del confinamiento, en el sufrimiento individual o familiar de los ciudadanos de este Planeta, cual es la Salud Mental. Porque hasta ahora desde que se declaró la Pandemia, parece que salud es simple y llanamente no estar contagiado de un virus.
Aún cuando el manejo de las emociones en situaciones difíciles y críticas, como lo es el confinamiento y las restricciones a la libertad personal, está en boca de todos, cuando antes sólo se manifestaban sobre el tema los especialistas, científicos, conferencistas y algunos educadores, es poca o nula la atención y la toma de decisiones sobre el tema por parte de los gobiernos. Las atenciones en salud mental no han sido consideradas actividades básicas. Y pocas personas están en conocimiento de adelantarse a los procesos de deterioro de la misma.
Esto lleva a pensar que el origen de esta Pandemia, la validación que le dieron los gobiernos y las medidas que se toman de modo unilateral por parte de los poderes de turno, atenta y compromete irreversiblemente la capacidad humana de lidiar con los miedos básicos, nutriendo el terreno para que se desplieguen el temor a la pérdida de la vida, cuando en realidad lo que se ha perdido es el derecho a decidir cómo cuidar de la propia vida ante un elemento que ataca a nuestro cuerpo físico; el miedo a no poder autosostenerse, por la pérdida de la libertad para ejercer el derecho a trabajar y decidir sobre la propia economía ante condiciones que cercenan irremediablemente las economías familiares; el miedo por la pérdida de la confianza, la esperanza, el entusiasmo por los proyectos a futuro; el miedo a no poder saber qué es cierto y qué no de la información a la que se nos permite acceder; la erosión que provoca la incertidumbre sostenida en el tiempo indefinidamente y la vulnerabilidad en la que caen los grupos etáreos, como es el caso de los mayores de sesenta, a quienes se anulan sus derechos de proyección de su vida laboral y social activa.
Más aún, poco se sabe sobre la alteración que se ha gestado y se sigue alimentando en la vida de quienes ya se encontraban en estado de confinamiento. Los privados de la libertad, en las cárceles y hogares; los adultos mayores en las casas de cuidado, las familias que hubieron naturalizado la violencia y en esta época de reclusión se convirtieron en recipientes a presión y lo que no es menor el perder la libertad y el derecho de despedir a los familiares que fallecen por contagio.
Las condiciones de vida que enfrentamos, están desafiando todo aquello que constituía nuestra naturaleza humana, nuestra salud física, emocional y mental, poniendo en evidencia y a prueba si hemos desarrollado habilidades de resiliencia y de no ser así la capacidad de repensarnos o de solicitar ayuda para poder abstraernos del impacto que nos genera todo lo que no podemos modificar y de potenciar lo que sí podemos.
Cuántas cosas saldrán a la luz después de la Pandemia, si hay un después. La generación de los que fueron al frente, sobre-exigidos, con escasos recursos materiales, psíquicos y emocionales; la de los niños que perdieron sus espacios de juego, el vínculo con sus compañeros y se encuentran atendidos por padres casi desconocidos; la de aquellos que se vieron de un día para otro, sólos consigo mismo en casas que antes sólo funcionaban como dormitorios; la de los que quedaron desterrados en otros territorios sin poder regresar a sus hogares y puestos en tela de juicio por la misma sociedad.
Así, a medida que las noticias sobre los contagios, la economía, el cierre de fronteras, dominan los titulares aumentando la preocupación de la población, es importante tener en cuenta que cuidar la salud mental va de la mano del cuidado de la salud física. Y que hoy quienes se ocupan de ella, están totalmente desdibujados e impedidos de realizar todo lo que se requiere que hagan.
Esto de vivir sin el horizonte de un futuro deseable, sin esa ilusión que surge del poder proyectar algo, es por lo menos angustiante y produce en unos casos parálisis por miedo, en otros ansiedad, en otros curiosidad. En el mejor de los casos la búsqueda incesante de nuevos caminos, poniendo el foco en lo constructivo, creando redes, sacando provecho de la tecnología y las redes sociales, así fuere para conectar a los niños con sus abuelos o sus amigos que no han visto por más de un mes ya. Centrándose en el presente, cómo vivirlo de la mejor manera posible, si hay manera.
Para algunos, en el mejor de los casos, la cuarentena les está permitiendo, conocerse, entender cómo fortalecerse, cuidarse, no exigirse, desarrollar espacios de seguridad psicológica para brindarse y brindar calidad de presencia, ya sea física o virtual.
Para la población en general, la tarea de acompañamiento y sostén integral que exige el distanciamiento social como medida preventiva al contagio, requiere de instituciones preparadas para tamaña odisea, con personal que pueda cuidarse para cuidar a otros. Sin embargo hoy, quienes están a cargo de la atención en el sistema de salud, trabajando bajo presión con el foco puesto en la atención de casos sospechosos de COVID 19, sin contar con espacios para expresarse, recibir apoyo para aliviar la sensación de agobio, se manifiesta como una situación única y sin precedentes para muchos trabajadores y trabajadoras de la salud. Y esto no es suficiente, es una muestra más de la ausencia de políticas para el cuidado de la Salud Mental de la población.
El desafío hoy es conectar con uno mismo, en medio de la sobre estimulación de información impuesta. Volver al centro, encontrar placer en actividades cotidianas, reaprender a disfrutar aún en medio de la gravedad. Quienes no pueden, por miedo, falta de apoyo o de práctica, y sienten un vacío o un cúmulo de miedos, tienen que intentar pedir ayuda, agradecer el día a día y poner una cuota de confianza en que en algún momento saldremos, y nos daremos cuenta que estamos fortalecidos.