21/08/2025
“Bueno, si quieren les cuento algo simpático. Me contaba mi padre
(Tomás Guido, colaborador y amigo dilecto de San Martín) que allá
por las gloriosas épocas del Campamento del Plumerillo, previo al
Cruce Andino y a la batalla de Chacabuco, Don Pepe hizo una leva
compulsiva de soldados.
Quiero decir que si bien eran muchos los que se unían libremente al
ejército, muchos otros eran incorporados a la fuerza:
Indigentes, gauchos mal habidos, negros, zambos, mulatos y muchos
alegres borrachines que daban vueltas por los almacenes y
pulperias de la zona en busca del agradable néctar mendocino.
La cosa era así: Las Heras y Padre, a instancias de Don Pepe, organizaban
las partidas de granaderos que iban a incorporar a los
futuros guerreros de la Patria.
Estas partidas iban a los almacenes, a los prostibularios, a los galpones
de conchabo y demás yerbas y quien estaba a mando debía convencerlos
primero buenamente...y luego como se pudiera. Y a veces
no se podía. La cuestión se ponía pesada y peligrosa, con individuos
que no sabían ni hablar pero eran una maravilla desenvainando facón.
Estas partidas de diez granaderos, se veían muchas veces en inferioridad
numérica y es entonces que se retiraban no sin antes tomar
notas y marcar el punto en un mapa.
Al llegar al Plumerillo, a veces en altas horas nocturnas, llevaban
el parte diario de leva a manos, nuevamente, de Padre y Don Pepe,
quienes le pasaban el parte, las notas y los mapas a la “partida especial”,
encargada de estos menesteres cuando la cosa se complicaba
un tanto...Esta partida al mando del corajudo Ambrosio Crámer, del
durísimo Rudecindo Alvarado, del cuchillero José Matías Zapiola
y del temible Mariano Necochea eran los fogueados granaderos encargados
de estos casos. Y al despuntar el amanecer, hacia allí iban.
Les pido me crean amigos cuando les digo que al paso lento de estos
cuatro, los cóndores remontaban apresurados el vuelo y hasta el
pasto y los cardones se hundían en la tierra...
Padre aseguraba que si la misma Parca se sentase a la mesa de estos
cuatro, intranquila estaría.
Como fuera, resulta que el Plumerillo era un vodevil de gritos, ordenes,
olor a grasa, cuero y acero, de fuegos y calderos de plomo
fundido, de barro, polvo de madera, b***a de caballo, forraje para
las bestias, leña para hacer fuego, botiquines, cabrestantes, palancas,
sogas, pólvora, municiones, cañones, y hasta una imprenta....
La actividad? Era febril. Se presentía la proximidad del cruce de los
Andes y la nerviosidad de la batalla.
Claro, entre tanta leva de hombres de real valía y de otras calañas
miserables, había mucho retobado que no estaba acostumbrado a
recibir ordenes y, mucho menos, a ejecutarlas. Malandra de cuchillo
ventajero, gaucho de puñalada traicionera.....
Y estaban los que para aparentar jinetas de hombre bravo, hasta
le gritaban procacidades al mismo San Martin, al paso del Gran
Hombre......
Cuando pasaban estas cosas, un sutil cabeceo de Don Pepe activaba
una serie de eventos, casi de rutina:
De donde el miserable nunca adivinaba, aparecía Necochea y le
aplicaba un seco y brutal talerazo sobre la espalda.
El ladino giraba feroz ya con facón desenvainado...solo para ser
cruzado otra vez y duramente con un talerazo esta vez sobre el rostro,
que por costumbre un par de dientes se llevaba puesto. Siempre
ante la mirada fija de Necochea, que no temía al verijero, ni al obús
ni a la misma Parca. Necochea peleaba a puño desnudo en el mismo
campo de batalla, miren si le iba a temer a un cuchillito.
De ahí lo agarraba el tucumano Juan Manuel Cabot, que a punta de
tacuara y durante tres dias completos sin dormir le enseñaba a la
fuerza a marchar a paso redoblado, oblicuo, lateral, métrico, ligero,
geométrico, diagonal, de instrucción, de maniobra, de flanco, marchoso
y de ataque. Errarle a un paso, un dia de arresto. Dos dias de
arresto para el segundo. A partir de los diez yerros, se computaba
dia de arresto con noche de estaqueada. Por supuesto, cada error
iba acompañado de un siseante tacuarazo en el muslo o pantorrilla
desnudos, que dolía una yarará y media.
Decía padre que era un espectáculo ver al Teniente Coronel Cabot
sudado y vociferando ordenes en cueros y marchando él mismo
emparejado al pobre cristiano, dia y noche, inhumano, incluso durante
las heladas madrugadas.
Exhausto, no terminaba alli la “instrucción forzada”: lo agarraba
Eusebio Brizuela, jefe de Maestranza, Provisión y Ranchada, que
lo ponia a pelar unos 100 kilos entre papas y zanahorias.
Al fin, lo que quedaba del pobre hombre lo recauchutaba Fray Beltrán,
que durante toda una noche lo adoctrinaba en los misterios de
Dios y la Virgen.
Resultado? Ese antiguo vago, luego de quince dias más de instrucción
militar, era ya un Granadero hecho, derecho y listo para servir
a la Patria y a sus jefes.
Antes de Chacabuco, el mismo Don Pepe había mandado una avanzada
sobre territorio chileno para que lo informaran sobre la posición
de las fuerzas realistas, con tan mala suerte que Nepomuceno
Garcia, el jefe de la avanzada, fué aprehendido y, a su vez, torturado
para que revelara la posición y cantidad de efectivos del Ejército
de los Andes.
Ni una palabra le fué arrancada al valeroso soldado, que a la segunda
noche pudo escaparse y regresar a sus líneas.
Al presentarse a San Martín, todo golpeado, lleno de moretones, y
con un par de dientes y uñas de menos, el Gran Capitán le dijo:
-”Orgulloso quedo, Granadero, que ni la más deshonrosa maldad
de los godos logró de usted hacerle proferir información alguna
que pudiera comprometer los próximos pasos de este Ejercito Libertador!”
Me dijo padre que la respuesta de Garcia, no fué menos monumental:
-”Mi Coronel, ningún orgullo, solo cumplí con el mandato, por Ud
conferido. Aparte, pasé con el fray Beltrán toda una noche de golpes
y mas golpes con su santa biblia de madera sobre mi mollera,
hasta que me aprendí Padrenuestro, Credo y todas las décimas del
rosario....mire Señor si un maturrango iba a poder atemorizarme.
Ni solo un poco!!”
Contaba Padre ante estas situaciones que Don Pepe miraba reciamente
hacia un costado, solo para no desarmarse a carcajadas frente
a la soldada…”
(Remigio Guido Spano, periodista y escritor, hijo de Tomás Guido
y hermano de Carlos Guido Spano, contaba ésta anécdota en una
sobremesa allá por 1888, siendo ya un venerable anciano. Debo
aclarar que, según los documentos, su padre no cruzó los Andes
sino hasta luego de la Batalla de Chacabuco a pesar de los constantes
pedidos del general a Pueyrredón para que se lo remitiera, pues
juzgaba imprescindible su presencia en Mendoza en 1816 (“sin usted
nada se hará”, le escribía a su amigo).
Por lo tanto, es probable que el anciano haya tergiversado un poco
la anécdota incluyendo a su padre, ya que la mención de Beltrán
como sacerdote es inequívoca del año 1816, pues éste renunciaría
como clérigo a mediados de ese año)
("¡Vámonos!. San Martín camino a Chacabuco", de Ariel Gustavo Pérez. Para adquirir el libro, contactarse por wspp haciendo click acá: https://wa.me/3413193988)