27/08/2015
En una canción de Joaquín Sabina, el protagonista sabe que su vida y la de sus amores nunca aparecerán en las noticias que agigantan personajes y hechos lejanos a su existencia: “Hoy, igual que ayer, como ayer, como siempre, en el diario no hablaban de ti, ni de mi.”
La vida parece reflejarse solo en las figuras de líderes políticos y empresarios, al estilo de las figuritas de la farándula, en un plano distante de la realidad cotidiana. Esto pasa a pesar de que esos dirigentes que brillan en los titulares, han perdido gran parte de su credibilidad pública. Se hace más evidente, por lo tanto, el rol indispensable de la gente del común, la que cien veces creyó y acompañó proyectos engañosos, jefaturas traidoras y caudillismos desleales.
La inevitable delegación del poder ciudadano propia de todo sistema democrático se hace en favor de mandatarios que deberían representar al pueblo que los votó. Muchas veces esto no pasa, sino todo lo contrario, lo que provoca descreimiento en quienes dirigen y en las instituciones, generando pasividad y resignación general. Es que la ciudadanía, atormentada por los problemas diarios de dinero, trabajo y salud de su familia, parece alejarse de la política, de la militancia social y del apoyo a organismos de base.
Afortunadamente, la historia nos da esperanzas, nos recuerda que en tiempos pasados, años oscuros de inacción popular, en un momento, en una ocasión, se transformaron en energía colectiva con la velocidad del relámpago. Las multitudes de somnolientas almas que todos los días en las ciudades se amontonan en trenes, colectivos y subtes pensando solo en lograr alguna extra para completar el peso que les falta, un día despiertan y cambian las cosas. El campesino manso en minifundio ajeno que hace surcos en la tierra para que asome la vida vegetal, un día se enoja y recrea el Grito de Alcorta. Obreros cabizbajos casi vencidos, que sentados en la calle mastican a mediodía un sandwich barato en la hora de descanso, un día marchan de a miles y vuelven a mojar sus pies en la fuente de la Plaza de Mayo. Médicos y practicantes que en jornadas agotadoras y mal pagas salvan vidas todos los días, científicos y técnicos humillados y universitarios sin destino, un día salen a la calle con estudiantes y obreros y hacen otro Cordobazo.
Pensadores, poetas, escritores, periodistas independientes, que en la sombra del anonimato siembran páginas de ideas y de sueños, un día, con sus palabras hacen estallar al mundo, iluminando una acción colectiva para mejorar la historia.
Es la gente mansa que vive su agonía ciudadana, pero que un día se levanta de su lecho, arranca los cables y tubos de la terapia intensiva y sale a la calle para que les devuelvan el sol, el aire y la libertad. Es que la realidad no cambia por el grito de un jefe, de un caudillo carismático, de una mandamás demagoga. Sino, como dice la canción, crece desde el pie, desde abajo, desde el suburbio social colectivo. Esa realidad desde abajo a la que siempre ignoran los medios, que hace temblar a los poderosos y permite dibujar una esperanza en el futuro.