25/07/2026
LA SILLA DE ENFRENTE ESTABA VACÍA.
Y, SIN EMBARGO, FUE LA CONVERSACIÓN MÁS IMPORTANTE DE MI VIDA.
No fue con un CEO.
No fue con un directorio.
No fue con un equipo de alta dirección.
Fue conmigo mismo.
Durante más de veinte años acompañé conversaciones que ayudaron a personas, equipos y empresas a cambiar su manera de mirar la realidad.
Pero nunca imaginé que la conversación que más me iba a transformar sería una conversación silenciosa conmigo mismo.
Todo comenzó con una pregunta.
¿Y si durante años confundí mi explicación con la realidad?
No hablo de negar el pasado.
Mucho menos de justificarlo.
Hablo de advertir que, muchas veces, aquello que organiza nuestra vida no son los hechos.
Son las explicaciones que construimos para darles sentido.
Durante mucho tiempo pensé que determinadas experiencias explicaban gran parte de mi manera de hacer, de vincularme y de mirar el mundo.
Hasta que comprendí algo.
Quizás los hechos no estaban organizando mi vida.
Quizás era la explicación que yo seguía conservando sobre esos hechos.
Y como toda explicación, había abierto algunas posibilidades.
Pero también había cerrado muchas otras.
No siento que haya cambiado mi historia.
Siento que cambió el lugar desde donde la observo.
Y cuando cambia el observador…
cambia el mundo que ese observador puede traer a la mano.
No escribo esto porque crea haber encontrado una verdad.
Lo escribo porque descubrí una pregunta que probablemente me acompañe durante mucho tiempo.
Y quizás también pueda acompañarte.
¿Qué parte de tu vida está siendo organizada por los hechos… y qué parte por la explicación que todavía conservás sobre ellos?
Tal vez allí comience una de las conversaciones más importantes que una persona puede tener.
La conversación consigo misma.