21/06/2026
Foxy, Fafa, Mizar y los papás que nunca se olvidan
Había llegado el Día del Padre y los tres amigos caminaban junto a la laguna mientras el sol iluminaba el barrio. Mizar iba contenta recordando a su papá. Fafa sonreía mirando el cielo. Y Foxy caminaba pensativo.
—¿En qué pensás? —preguntó Mizar.
—En nuestros papás —respondió Foxy.
Los tres se sentaron bajo un sauce.
—Mi papá era un perro maravilloso —dijo Fafa con una sonrisa.
—Contanos —pidió Mizar.
Y los ojos del viejo bretón se llenaron de recuerdos.
—Cuando yo era cachorro jugábamos todo el tiempo. Corríamos por los campos, perseguíamos mariposas y a veces él se escondía para que yo lo buscara. Siempre tenía paciencia conmigo. Nunca se cansaba de jugar.
—Debía ser muy bueno —dijo Foxy.
—Lo era —respondió Fafa—. Hace muchos años que partió al cielo de los perros, pero todavía puedo sentirlo cuando recuerdo aquellos juegos. Cada vez que corro detrás de una pelota siento que una parte de él sigue corriendo conmigo.
Los tres quedaron en silencio durante un momento.
Luego Mizar levantó orgullosa la cabeza —Mi papá se llamaba Benito.
—¿Y cómo era? —preguntó Foxy.
—Era un gran campeón argentino, su verdadero nombre era Serbal de Cazamenor.
—¿Campeón?
—Sí, y Gran Campeón! Participaba en exposiciones de belleza canina por todo el país y también compitió en Uruguay y fue campeón uruguayo. Todos admiraban su elegancia, su hermoso movimiento y su carácter. Ganó muchísimos premios.
Fafa sonrió —Como su hija.
Mizar se puso colorada y continuó hablando. —Pero lo que más me gustaba no eran sus premios. Era que siempre era amable con todos. Aunque fuera campeón, jamás se creía más importante que nadie.
—Entonces era un verdadero campeón —dijo Foxy.
Mizar asintió feliz.
Después los dos amigos miraron a Foxy.
—¿Y tu papá? —preguntó Fafa.
Foxy bajó las orejitas —No sé si todavía vive… Tal vez…
Entonces les contó la historia que conocían tan pocos. Cómo él y su hermanita habían nacido en una caja de cartón en un terreno baldío, cómo su mamá los había criado sola… Y cómo un perro llamado Trueno aparecía de vez en cuando.
—Vivía en una casa del barrio —explicó Foxy—. Cuando podía escaparse venía a vernos. Nos traía comida. A veces se quedaba cuidándonos. O simplemente venía a besar a mamá y a estar un rato con nosotros.
—¿Y después? —preguntó Mizar.
—Después dejó de venir… Y mamá se quedó muy sola, hasta que se la llevaron…
Los tres se quedaron pensativos un buen rato.
Hasta que Mizar se puso de pie —¡Vamos a buscarlo! Si está cerca lo encontraremos…
—¿De verdad? —preguntó Foxy.
—Claro que sí —respondió Fafa.
Y así comenzó la búsqueda. Preguntaron a perros, gatos, pájaros y hasta a los carpinchos de la laguna. Hasta que finalmente una perrita muy viejita les indicó una casa en una esquina tranquila del barrio.
Cuando llegaron, vieron detrás de una reja a un perro muy anciano. Su hocico estaba completamente blanco y sus pasos eran lentos. Pero cuando vio a Foxy comenzó a mover la cola. ¡Era Trueno!
Los dueños de la casa salieron al escuchar los ladridos. Primero observaron sorprendidos la escena. Luego escucharon la historia entre ladridos y saltos… Y poco a poco comenzaron a comprender. Se miraron entre ellos.
—Entonces era allí donde iba... —dijo el señor.
La señora sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas —Ahora entiendo.
Miró a Trueno con mucha ternura.
—Durante años intentamos evitar que se escapara.
—Pusimos cercos más altos.
—Y después alambres.
—Y después más alambres todavía.
Trueno bajó la cabeza y la mujer se arrodilló junto a él.
—Si hubiéramos sabido... ¿podrás perdonarnos algún día?...
Le acarició suavemente el hocico blanco y continuó hablándole.
—Si hubiéramos sabido que ibas a visitar a tus cachorros y a su mamá... jamás nos hubiéramos enojado tanto.
El señor también sonrió emocionado —Pensábamos que simplemente se escapaba por travieso.
Entonces Foxy se acercó a su padre. Lo abrazó. Lo lamió una vez. Y otra. Y otra más. —Gracias, papá.
Trueno lo miró con ternura y Foy continuó hablándole.
—Gracias por venir a vernos cuando éramos pequeños.
—Gracias por traernos comida cuando no teníamos nada.
—Gracias por cuidarnos cuando podías.
—Gracias por escaparte para acompañarnos aunque fuera un ratito.
La voz de Foxy comenzó a temblar —Y gracias por querer tanto a mamá.
Trueno cerró los ojos. Nadie le había agradecido jamás aquellas pequeñas visitas. Aquellos esfuerzos silenciosos. Los saltos al alambre que muchas veces provocaban heridas en sus patas traseras… Aquellos viajes que hacía solamente para ver a su familia.
Mizar y Fafa observaban emocionados.
Entonces Fafa miró hacia el cielo y pensó en su papá. En los juegos, en las carreras que hacían, en los días felices…
Mizar pensó en Benito, en sus premios, en su elegancia, en sus besos y en el orgullo de ser hija de un gran campeón.
Y Foxy miró a Trueno. Viejito y cansado, pero todavía lleno de amor!...
Aquella tarde los tres amigos comprendieron que existen muchas clases de padres.
Algunos enseñan jugando. Algunos inspiran con su ejemplo. Algunos recorren grandes distancias para cuidar a sus hijos, pero todos dejan algo que permanece para siempre en el corazón.
Y mientras el sol se escondía detrás de la laguna, los tres levantaron la vista al cielo.
—Feliz Día del Padre —dijo Mizar.
—Para todos los papás —agregó Foxy.
—Los que están con nosotros y los que nos cuidan desde las estrellas —concluyó Fafa.
Y una suave brisa movió las ramas del sauce, como si todos esos papás estuvieran respondiendo al mismo tiempo:
—¡Yo también te amo hijo mío!