17/02/2026
Miles de emociones despertó el incendio en el cajón, pena, rabia, impotencia. La verdad aún no se que hacer pero escribir un poco me sirvió para sentirme cerca de quienes no están.
El fuego eterno, compañero de la humanidad,
me pregunta cómo lo hicieron mis parientes
cómo apagar un cajón, cómo cuidar el castaño
y la casa de piedra, el monte que mi abuelo floreció.
Imposible de llegar, imposible olvidar
el esfuerzo que daba la bienvenida a lo posible,
porque lo fue para mis abuelas,
lo fue para el trigo que en sus faldas se sembraba,
lo fue para los niños de la montaña,
un cajón que mi sangre lleva en sus cañadas.
Pero un rayo liberó lo natural.
El fuego solo nos hace recordar
que el bosque se recuperará,
los avellanos volverán,
el maqui brotará
y el agua volverá,
si la ambición del cajón podemos apartar.
La desesperación total por el virus de la modernidad,
sus problemas de progreso impiden cuidar y valorar.
Al asecho la gente del pueblo está
con un apetito voraz, solo una intención:
poseer lo imposible, alambrar la memoria,
cortar nuestra historia, pero somos bosque,
y en él vivimos, y con él morimos.