24/12/2025
Hoy, en Navidad, me llegó esta foto mientras subía mi manquehuito 99. Me llegó de una vecina del barrio de los 80 en una calle de nombre indescifrable.
La miré con calma. Un grupo de niños disfrazados, medio desordenados, medio serios, jugando a ser otros… o mejor dicho, creyéndose completamente el juego. Nadie estaba actuando para la foto. Nadie estaba pensando cómo se veía. Simplemente estaban ahí, presentes, creyendo.
Y mientras bajaba, me pregunté en que estaría cada uno de esos niños y niñas y que quizás lo que más nos cuesta recuperar en estas fechas es la sensación de “volver a ser niños”.
Mas que por nostalgia, por la idea de reconectar con ciertas cualidades que, sin darnos cuenta, fuimos dejando de usar para adaptarnos al mundo adulto.
La capacidad de creer sin tantas garantías.
La confianza básica en el otro.
El juego como espacio serio para explorar, crear y vincularnos.
La honestidad emocional, sin tanto filtro ni estrategia.
La ternura.
El asombro.
La posibilidad de equivocarnos sin castigarnos por eso.
Y es que en nuestras relaciones adultas solemos ser muy competentes para protegernos, para anticipar riesgos, para no “exponernos de más”. Pero a veces, en ese intento, también perdemos frescura, presencia y profundidad en el encuentro con otros.
Para mí, Navidad es una buena excusa para detenerse y preguntarse eso:
¿Qué parte mía sigue disponible para creer, para confiar, para jugar, para relacionarse desde un lugar más simple y más humano?
Volver a ser niños no es volver atrás.
Es recordar algo esencial que todavía está ahí, esperando ser usado de nuevo.
A todos los que leen por aquí les deseo una feliz Navidad, que disfruten de una noche de ser niños y maravíllense con lo simple.
Especiales saludos a la Vicky, el Thomas, Marcela, Pedrito, mi hermano Álvaro que aparecen en la foto y también a los demás amigos del barrio: la Dani, el Juano, Juan Pablo, el Picho, Rodrigo, Gonzalo y Andrés.