04/07/2026
Hay sabores que no se comen, se recuerdan.
Basta un solo bocado para que el tiempo, con su antigua ternura, abra una puerta que creíamos cerrada. Entonces regresan las voces que ya no habitan la casa, las risas que aún viven en la memoria, el mantel de la mesa familiar, el v***r de una olla compartida y el abrazo silencioso de quienes nos enseñaron que el amor también podía servirse en un plato.
La buena comida tiene ese milagro: no alimenta solamente el cuerpo; despierta al niño que aún vive escondido en nosotros. Ese que corría sin miedo, que esperaba el almuerzo como una fiesta y que encontraba en cada receta el idioma secreto del cariño.
Quizás por eso algunos sabores nos hacen guardar silencio. Porque, por un instante, dejamos de estar aquí… y volvemos a ese rincón de la infancia donde todo era más pequeño, pero el amor lo llenaba todo.
Hay platos que no pertenecen a una cocina. Pertenecen al corazón. Y cuando vuelven a nuestra mesa, también regresan, intactos, los recuerdos más hermosos de la vida.