12/07/2024
Orgulloso de mi sobrino ahijado Felipe Maldonado Jacobsen por este escrito lindísimo que debe compartirse.
Ganó Colombia
Mateo Silva tiene 15 años y es muy rápido con el balón. De muy niño empezó a jugar en las canchas de arena de Tumaco, donde aprendió con alegría a dominar la pelota con la dificultad que implica hacerlo en un terreno irregular. Aprender en dificultad le ha dado mayor destreza, tal vez la misma que se requiere para esquivar, con ímpetu y honor, las trampas de la pobreza. Su ídolo es James Rodríguez, el mismo ídolo de Lucho Díaz. Mateo está muy contento porque ganó Colombia y aunque no me lo dijo, sé que se ilusiona con jugar algún día la final de la Copa América. Pues Mateo, que es tímido y sonriente, sueña con ser futbolista profesional. Y así como Lucho se inspiró en James, hoy Mateo se inspira en Lucho. Y en Lerma y Richard Ríos. Todos ellos fueron alguna vez Mateo y Mateo, con suerte y talento, podría algún día convertirse en ellos, es decir, en un jugador de Selección. Y comprarle una casa a su mamá, como seguramente pudo un día Cuesta, Mina y Lucumí.
Este es el poder de los modelos a seguir. Sirven como epidemias de inspiración para miles de niños que sueñan con vivir mejor, sobre todo en un país que a veces parece olvidado por Dios. Porque la importancia de una victoria como la de ayer, más allá del sismo en la microeconomía que genera el consumo de cerveza, banderas y camisetas piratas, está en qué cientos de miles de niños como Mateo van a despertarse al otro día con ganas de comerse el mundo. Así como se comió ayer la cancha Daniel Muñoz, que aunque cayó en la trampa uruguaya, dejó la vida entera por ganar ese partido. Y esos niños van a tener ganas de ser valientes como Davinson y Mojica, inteligentes como Ríos y Arias, disciplinados como Córdoba, resilientes como Vargas y Muñoz, humildes como Cuesta y Lerma, ganadores como Díaz y James y millonarios como cada uno de ellos.
Aunque la mayoría no logre esto último, que es consecuencia de la exclusividad de ser futbolista profesional, lo que sí es que, sea lo que sea que hagan en la vida, este juego bien enseñado y acompañado de educación, siempre servirá como motivación para ser mejor. Y siendo mejores van a inspirar a los siguientes a querer ser mejores.
Al final, de eso es que se trata realmente este deporte que a veces parece tan solo pan y circo. No solo sirve como fábrica de abrazos, antídoto para la polarización, placebo para la desdicha, desahogo para el afligido, excusa para la reunión y motor para la economía. Este juego tiene el poder de ponernos a soñar, tal vez la última esperanza que le queda al hombre en su eterna búsqueda de la felicidad.
Contra Uruguay ganaron 26 jugadores y 26 familias colombianas de Istmina, Chocó; Tierralta, Córdoba; Caloto, Cauca; Barracas, La Guajira; Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla; y familias de otras 10 ciudades y municipios del país. Ganaron sus vecinos, sus barrios y sus pueblos. Ganaron todos los que no jugamos. Ganaron los formadores de talentos de cada rincón del país que se levantan cada día a enseñar con esmero y esperanza de excelencia. Ganó Mateo y por eso ganó Colombia. Y el domingo contra Argentina en la final, habrá una nueva oportunidad para ganar. Porque siempre, sin importar el resultado del último partido, hay una nueva oportunidad para ganar.
Felipe Maldonado