25/12/2023
Es la época de la minusvalía emocional. Casi toda manifestación de afecto o pretensión de construcción de vínculos se lleva cada vez más al campo de lo enfermizo, lo obsesivo, lo intenso. La capacidad de reconocer el sentir se ha venido transformando en una suerte de patología de la que debe huirse, al punto de hacer uso de conceptos clínicos médicos y arrancados casi a tijerazos de la psicología para señalar cualquier asomo de sensibilidad o intención de construir con otro. Apegos ansiosos o evitativos, obsesiones, bipolarismos, e incluso depresiones y ansiedades muy argumentadas y casi diagnosticadas por la ignorancia de sujetos del común, ovejitas que comen del pasto que les da el personaje de moda, educados por la web o por redes sociales, en cabeza de autoridades sin un maíz en su cerebro y menos aún capacidad o madurez de un debate, o acaso interés por alguien más que no se trate de ellos mismos; vacíos emocionalmente, pero con miles, o peor, millones de seguidores, que los ven como la meca del conocimiento.
Y no apelo aquí a una disertación científica. Solamente trato de reivindicar lo que contribuyó enormemente a lo que somos como especie: el contacto con el otro, la configuración de alianzas, la cercanía, el afecto, el hacer pareja y familia, contar con amigos y personas en general de nuestros afectos. Así nos hicimos expertos cazadores, creamos las sociedades más impresionantes, gestamos culturas milenarias que hoy siguen también abogando por esos lazos rotos que estoy señalando. Hoy la sociedad es más afecta a las pantallas que a las personas, sean sus padres, sus hijos, sus parejas, sus familias o sus amigos, y la capacidad de expresar el sentir se ha vuelto casi exclusiva de medios virtuales, lo que como sociedad nos tiene cada vez más separados, más solos, más primarios, y menos satisfechos; creyendo en felicidades de librito de autoayuda o de frases de cajón del influencer de turno.
Y quiero aprovechar el simbolismo de la natividad (que plantea el nacimiento de Jesucristo, al margen de si es o no la fecha históricamente verdadera, como un nuevo inicio), así como el fin de año y lo que podría representar el comienzo de un nuevo ciclo, para invitar a reconocer la vulnerabilidad, el temor y el sentir, para abrazarse a esas personas que queremos sin la aprobación de quienes opinan si es bello o ridículo. Porque estamos pagando con malestar, con tristeza, alteraciones nerviosas y enfermedad mental este proceso de desconexión cada vez más vertiginoso: hagan el ensayo y permítanse recordar lo bello del vínculo, y luego de practicarlo al menos con una pequeña frecuencia, descubran de dónde sale realmente la felicidad y el bienestar emocional.
¡Ah! Pero si ya en este momento eso les resulta difícil o lo perciben como casi imposible, busquen ayuda profesional, la que no encontrarán en yerbitas, rituales, Coaches o expertos en PNL, brujos o el líder espiritual de barrio...
Cuiden sus vínculos, atiendan su salud mental, antes de querer salvar al mundo o hacerse protagonistas en él, sean responsables con ustedes mismos, y entonces sí entreguen con capacidad verdadera su mejor versión a la humanidad...