02/09/2020
Les compartimos un texto, imágenes e intervención al prócer José María Córdova, a cargo de Daniel Villegas Reinoso del equipo de Etnológica, al respecto de su viaje en avión ayer 01 de septiembre, en el primer vuelo post cuarentena.
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Nuevo mundo
Ya son varios meses que el calificativo “nuevo” se apodera de cualquier empresa del “antiguo régimen” que, suspendida por la pandemia, se vuelve a realizar bajo el cuño evangelista del higienismo más minuciosamente aplicado.
No es que la pandemia no haya ocurrido, ni que haya cesado de ocurrir; tampoco que el higienismo sea una conspiración internacional como lo ha denunciado Miguel Bosé; pero todo ha adquirido un aire de invención que insufla el espíritu emprendedor de esta nación. Hijo del departamento donde creemos haber inventado una forma específica de freír tocino, también asistí a uno de esos eventos donde ingeniamos un procedimiento nuevo para poder continuar en la “Nueva normalidad”: la reapertura de la aviación comercial.
El viaje no comenzó el 1 de septiembre sino una semana antes cuando, buscando la forma de llegar a Bogotá, mi hermana me escribió contándome que volvía la aviación. Con desconfianza comencé a buscar en las páginas de las aerolíneas que hacen el trayecto y comprobé que era cierto, que me ahorraría las 8 horas del viaje por tierra, que ahora son mucho más duros porque no se encuentran los cientos de vendedores de chucherías de carretera y 8 horas de viaje por Colombia sin obleas son una infamia.
Me decanté por viajar con Latam porque el primer vuelo era a las 8:00 am, ni tan temprano ni tan tarde para mis necesidades. Días después agradecí la elección pues toda esta primera semana de septiembre me ha comenzado a inundar una cierta tirria de trabajador independiente contra Avianca.
Debo confesar que me invadió un sentimiento de novelería muy parecido al que sentía de niño cuando pasaba por el parque Berrío y veía al señor que se acostaba en cama de vidrios, pero también un sentimiento de extrañeza, pues al buscar en la página de la aerolínea y en las del gobierno sobre los requerimientos para viajar, evidencié que no se habían inventado otro formato. A grandes rasgos, los únicos requisitos para el viaje fueron los siguientes: llevar siempre tapabocas, no tener fiebre, y solo dejaban ingresar al aeropuerto, dos horas previas al vuelo.
La noche previa al viaje, por diversos grupos me llegó un esquema titulado “Los lugares más peligrosos tras la reapertura” donde viajar en avión estaba en el primer lugar. Imagino que muchos de los viajeros también vieron el esquema pero, tal como yo, acudieron a esa vieja táctica colombiana de levantar los hombros en repetidas veces y estirar la boca, como diciendo: “Qué va”.
Para llegar al aeropuerto de Rionegro, tradicionalmente se va hasta el inicio de la Avenida Las Palmas y unos colectivos te llevan hasta el aeropuerto. Por ser la primera vez de la reapertura, opté por subir en un “taxi”. Al llegar al aeropuerto, había dos filas: la de aquellos que estaban en el rango de las horas para poder ingresar al aeropuerto y los otros, que como yo, madrugaron mucho.
En la fila de los “madrugadores” comencé a ver las pintas de muchas personas: desde los más precavidos con visera de plástico, tapabocas y traje antifluidos, hasta los que aún no logran meter la nariz en el tapabocas; una especie de desfile de modas de la pandemia que más que la belleza, me daba unas ciertas claves para especular sobre los más asustadizos con esta gesta.
Aunque distingo el impulso anarquista de mis coterráneos que esperan evitarse cualquier procedimiento engorroso, sobretodo las filas, debo reconocer que la mayoría comenzó a filarse detrás mío respetando la marca en el piso, muchos sin preguntar siquiera. Creo que la novedad hizo que muchos hicieran la fila sin ningún sentido hasta que un funcionario, viendo que crecía sin sentido la hilera, empezó a informar.
Luego de esta primera fila, un funcionario revisa que la cédula y que el pase de abordar coincidan. Posteriormente toman la temperatura y una fotografía y, por fin, se ingresa al aeropuerto.
Dentro del terminal aéreo uno comienza a hacerse la idea que todo serán filas ya que aparecen una cantidad de marcas en el piso que van señalándole a las personas dónde se deben hacer. Pocos preguntan para qué las filas, más que por el letargo de la madrugada, por una especie de temor a interactuar con cualquiera.
Filas, marcas, desorientaciones, novedad, solo se me ocurre uniformar al prócer José María Córdova para que no desentone en este desfile y cuestionarme si sí debo tomarme un tinto para honrar la madrugada.
Ya en sala de espera comienzan a sonar los parlantes de todas las aerolíneas informando de la importancia de este evento histórico. Tanta alegría que no cabe en los cuerpos e inclusive, afuera del embarco del vuelo de Avianca hacia Santa Marta comienzan a aplaudir los nuevos viajantes. Aunque aplaudir era repertorio de festejo del aterrizaje y del final de las películas, en esta nueva normalidad, los festejos se pueden ajustar a otras prácticas.
Embarcar fue más sencillo porque todos ya estábamos adiestrados para mantener el orden y, por curioso que parezca, también el descenso de los pasajeros fue ordenado comenzando por las filas de adelante. Una novedad que ojalá perdure más allá de las obligaciones de distanciamiento y de los temores por rozar a los desconocidos.
El viaje en sí no fue tan diferente pero había mucha presión para que todo pareciera muy profesional: había un gerente de la aerolínea supervisando todo, tres medios de comunicación hacían el mismo plano para dejar el registro del evento, y los mensajes del capitán cambiaron para hacer énfasis en la limpieza del aire y la constante desinfección (*)
Llegar a Bogotá no fue tan significativo porque ya habían pasado un par de horas desde el inicio de los vuelos y la mayoría de funcionarios había notado que la “nueva normalidad” era como antes pero con menos gente y un poco más de higiene. Procedo en El Dorado a tomarme el tinto sin los miedos previos y a sentarme a esperar mi transporte. Ya pasadas dos horas, la novedad de todos los rituales, volvió a ser paisaje.
(*) “Para su tranquilidad, el aire en estas cabinas tiene una circulación vertical y es procesado por filtros hepa cada tres minutos, lo que permite eliminar el 99,9% de partículas, virus y bacterias. Además, antes de cada vuelo, tenemos un procedimiento de desinfección en todas las superficies de contacto con alcohol al 70% que garantiza la máxima desinfección del avión y no es dañino para la salud. Recuerden también, que el uso de mascarillas es obligatorio”