19/08/2025
EL ÁLBUM PERDIDO EN LA ISLA DEL AMOR
(Monólogo humorístico)
Por David Quintero Casco
En el año 90, después de andar años de trotamundo, como perro sin dueño, un día el corazón me gritó:
—¡Ya basta de andar como alma en pena, mijo! ¡Es hora de volver a casa!
Y le hice caso… ¡mirá vos qué loco!
Salí de Costa Rica en Tica Bus, con la mochila al hombro y el alma llena de ilusiones. Iba de regreso a mi país, soñando con revivir glorias pasadas, hacer sonar otra vez las teclas de mi órgano Yamaha… y las del alma también.
Llegué a mi pueblo natal, La Concepción de Masaya. Pero ya no era el mismo… y yo tampoco.
Al llegar me sentí más perdido que gr**go en terminal de buses; juepuchica… ¡cómo ha cambiado mi tierra! Ya ni siquiera toman pinol ni comen tortillas palmeadas en comal. Quise tomar chicha, y me ofrecieron fresco de tang.
Mis amigos… unos se fueron tras el sueño americano allá en “la United State”, y otros descansan entre flores en el cementerio del barrio.
Y las viejitas del pueblo, ¡ni te cuento! me confundían con don Efraín:
—“¡Ay, don Efraín, qué bien se conserva usted!”
¡Y yo con más canas y arrugas que él!
Después de un par de horas en el terruño —y de saludar a las abuelitas que aún me confundían— tomé una buseta más ruidosa que la fiesta patronal y me lancé para la capital.
Cuando llegué a Managua… ¡ah no, eso ya no era Managua! Autopistas como la Palmetto Expressway de Miami, hoteles más elegantes que los de New York, y un centro recreativo a orillas del Xolotlán. Pensé que era una nueva Disneylandia Managua… ¡pero no! Era el Centro Turístico Salvador Allende.
Ahí voy yo, con cara de turista confundido, cuando encuentro un atractivo restaurante llamado “Los Madroños”. Entré, y los saloneros me vieron cara de millonario encubierto. Me recomendaron visitar la famosa Isla del Amor, y después de tres Toñas que me eché, decidí subirme al Momotombito, un barquito con nombre de volcán pero espíritu de crucero. ¡Yo sentía que iba para Acapulco, compadre!
Al llegar a la isla… ay Dios mío… encontré un restaurante de lujo llamado “Boleros”. Las copas brillaban más que los dientes de las modelos en pasarela, y las sillas playeras… ¡ni mi abuela se hubiera despertado en una de esas, soñando con la inmortalidad del cangrejo!
Me presenté con los dueños del restaurante y saqué mi tesoro: un álbum lleno de recuerdos musicales de los 70. Fotos, recortes de periódico… ¡una joya nostálgica, pura gloria vintage!
Ellos sonreían… y yo, orgulloso. Luego de una tímida posibilidad de contrato para amenizar eventos ahí, me despedí como artista de gira.
Mientras caminaba de regreso al muelle, con la brisa del lago despeinándome los recuerdos mal enterrados, pensé:
“Bueno, al menos me queda la música.”
Subí al Momotombito, con las cuatro Toñas de despedida aún danzando en mi cabeza.
El motor sonaba como carreta vieja. Las luces de Managua se veían lejos, titilando como luciérnagas con resaca, y el barco se mecía al ritmo de un bolero. Entre el vaivén del lago, el sopor y el efecto del alcohol, empecé a cabecear.
Juro que escuché al capitán decir:
—¡No se me duerma, compadre, que este viaje se vuelve sueño!
Y yo, ya entre la realidad y la fantasía del dios Baco, sentí que el barco flotaba más liviano… casi como si volara.
Y ahí fue cuando la realidad se me aflojó como cuerda vieja… y empezó el delirio:
No sé cómo llegué a mi casa. Con la rumia y el alcohol dando vueltas en la cabeza, busqué mi álbum en el cartapacio.
¡Zas! me sudó hasta el alma.
¡El álbum no estaba! ¡Lo había dejado en la Isla del Amor!
Salí corriendo como loco, sin saber si era de noche, de día o si el barco seguía navegando dentro de mi cabeza.
Llegué al muelle y tomé el primer bote que vi, pensando que aún estaba a tiempo de salvar mi tesoro.
Cuando llego… ¡ay, papá! Ahí estaban los dueños hojeando mi álbum…
¡pero no eran mis fotos! ¡Era pura publicidad del restaurante!
¡Mi álbum convertido en menú turístico!
Tragué saliva, intenté no gritar. Pedí mi material.
La administradora —una tal Evelyn, guapa y más hermosa que Jennifer López— mandó al hijo a buscar “esas páginas tiradas” al basurero.
Mientras tanto, el marido desapareció más rápido que una botella de Ron Flor de Caña en fiesta patronal.
El chavalo volvió:
—No hay nada, mamá… todo se fue al carajo.
Y ahí sí… mi paciencia también.
Evelyn salió a buscarlas y las encontró en el trasero del bar. Como en película de Pedro Infante versión nica, arranqué las páginas impostoras y las lancé al aire como confeti en una fiesta de navidad.
Caían sobre la alfombra más cara que he pisado…
Mi corazón latía como tambor de carnaval. Y justo cuando iba a armar el drama completo —con lágrimas, gritos y un par de puñetazos a la pared—, todo empezó a girar como un carrusel: las copas, las luces, la música de playa, y la isla entera se me alejó flotando.
¡Puf! ¡Desperté!
Sudando, enredado en las sábanas como tamal mal envuelto. Escuché un sonido raro: ¡eran los ronquidos de mi mujer!
Parecían el motor del Momotombito.
Las cervecitas se me fueron de la jupa, como también casi se me fue el alma.
Me senté en la cama, suspiré y dije:
—Gracias a Dios, que lo del álbum perdido en la Isla del Amor… ¡solo fue un sueño!
Y mientras me acurruqué como palomo con frío para dormirme otra vez, pensé:
—¡Ni modo! Al menos en mis sueños… todavía me aplauden.
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