18/08/2026
«Puedes complacer a algunas personas todo el tiempo, y a todas las personas algún tiempo, pero no puedes complacer a todas las personas todo el tiempo.»
— John Lydgate
Y sin embargo, hay negocios empeñados en intentarlo.
Quieren ser económicos sin parecer baratos.
Exclusivos sin parecer inaccesibles.
Jóvenes sin espantar a los mayores.
Familiares sin dejar de verse modernos.
Quieren hablarle a todo el mundo y, de paso, no incomodar a nadie.
Y así empiezan las pequeñas concesiones.
Una palabra que se cambia. Una idea que se suaviza. Algo que se quita porque “quizás no le guste a todos”.
Hasta que, después de tanto intentar caer bien, la marca termina pareciéndose a una reunión donde nadie se atreve a decir lo que realmente piensa.
No es que esté mal.
Es que ya no sabes muy bien quién está hablando.
Quizás porque hemos confundido crecer con llegar a todo el mundo. Como si una marca tuviera que abrir todas las puertas al mismo tiempo.
Pero hay negocios que empiezan a encontrar su lugar precisamente cuando dejan de hacerlo.
Cuando deciden que esto es para alguien.
Que esta forma de hablar es la suya.
Que hay cosas que no van a ofrecer.
Y que hay personas a las que, sencillamente, no necesitan convencer.
Sí, alguien se va a quedar fuera.
Siempre.
Qué alivio.
Porque cuando dejas de intentar gustarle a todo el mundo, por fin puedes empezar a gustarle muchísimo a alguien.