05/08/2026
Muchas veces pensamos que lo más grande que Adán perdió fue el jardín del Edén.
Pero no fue el Edén.
Lo más valioso que perdió fue la comunión con Dios.
El jardín era hermoso, pero no era el verdadero tesoro. El verdadero tesoro era caminar con Dios, escuchar Su voz y disfrutar de Su presencia cada día.
Cuando el pecado entró en el mundo, Adán no sólo salió del huerto; salió de una relación íntima con el Padre.
Y eso es precisamente lo que Jesucristo vino a restaurar.
Jesús no murió para devolvernos un jardín terrenal. Murió para abrir nuevamente el camino hacia el Padre.
Por eso el mayor regalo del Evangelio no es la prosperidad, la salud o la provisión. Todas esas son bendiciones de Dios, pero ninguna supera el privilegio de volver a llamarlo Padre y vivir cerca de Él.
Quizá hoy estés orando por un milagro, por la restauración de tu familia, por un empleo o por sanidad. Y es bueno presentar esas peticiones delante del Señor.
Pero recuerda esto:
La sanidad del cuerpo es un milagro para esta vida; la salvación del alma es un milagro para la eternidad.
No cambies el Tesoro por los regalos.
No busques solamente el Edén; busca al Dios del Edén.
Porque donde está Dios, hay paz en medio de la tormenta, esperanza en medio del dolor y vida eterna para todo el que cree.
Quien recupera la comunión con Dios ha recuperado lo más valioso que un ser humano puede tener.
"Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado." — Juan 17:3
Pastor. Nestor Fernández