22/05/2026
Hace algunos años, cuando mi hijo tenía apenas 8 años, salimos a comer juntos y antes de sentarnos a la mesa nos tomamos una fotografía.
Ese día yo llevaba una camiseta negra, él una verde, y mientras sonreíamos para la cámara puse mi mano sobre su hombro abrazándolo. En aquel momento solo era una foto para el recuerdo.
Hace unas semanas atrás viajamos a Guayaquil y también fuimos a comer juntos. Sin planearlo, volvimos a tomarnos otra fotografía. Pero esta vez ocurrió algo que tocó profundamente mi corazón.
Cuando llegué a mi oficina y recordé aquella imagen antigua, entendí que el tiempo había hablado por sí solo.
En la primera foto:
yo vestía negro, él verde…
mi mano estaba sobre su hombro.
En la segunda:
yo llevaba verde, él negro…
y ahora era su mano la que descansaba sobre mi hombro.
La vida, sin decir una sola palabra, me regaló una poderosa enseñanza.
“Ayer mi mano estaba sobre su hombro… hoy la suya está sobre el mío.”
Sin duda alguna, un día los hijos terminan reflejando lo que recibieron.
Quizá olviden muchos consejos, pero jamás olvidarán el ejemplo.
El tiempo puede cambiar tamaños, voces y edades…
pero el amor, la presencia y el ejemplo permanecen para siempre.
Y mientras observaba estas dos fotografías pensé en algo aún más profundo:
si el amor de un padre terrenal puede marcar tanto una vida, cuánto más puede transformar el amor de nuestro Padre celestial.
Dios nos enseña cada día a través de momentos sencillos, de detalles que parecen pequeños, pero que llevan grandes mensajes.
Hoy más que nunca me siento agradecido con Dios y profundamente orgulloso de ser padre.
Mis hijos son una bendición, y cada etapa vivida junto a ellos me recuerda que la mejor herencia que podemos dejar no son cosas materiales… sino amor, tiempo, ejemplo y presencia.
Porque al final, los hijos crecen…
pero las huellas del amor verdadero permanecen en el corazón para toda la vida.
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