18/06/2026
Hace un tiempo alguien me preguntó:
—Lola, después de escuchar cada día el dolor de tantas personas, de acompañar a seis pacientes y sostener además un grupo, ¿tú no vas al psicólogo?
Y entendí perfectamente por qué me lo preguntaba.
Porque quienes trabajamos escuchando almas sabemos que no solo oímos historias. Recibimos miedos, pérdidas, culpas, heridas, soledades. Somos testigos de lágrimas que nadie más ve y de batallas que muchos libran en silencio. Y aunque es un privilegio inmenso acompañar a otros, también deja huella. Bueno, yo también reconozco que tengo mi puntacito dado… ¿Quién no?
Muy poca gente lo sabe, pero mi terapia es la música.
La música me ha salvado más veces de las que puedo contar. Ha estado ahí en mis días más oscuros, cuando no tenía respuestas, cuando me faltaban fuerzas o cuando el mundo pesaba demasiado. Hay canciones que me entienden sin hacer preguntas. Que me abrazan sin tocarme. Que consiguen iluminar rincones de mí que creía apagados y que me levantan como torre reconstruida por muy alta que fuera…
Si soy sincera, hay algo igual de poderoso que la música. Porque la vida puede ponerse muy fea, puede romper todos tus planes, llenarte el corazón de incertidumbre y hacerte sentir que no puedes más. Sin embargo, cuando llegas a casa y alguien te abraza de verdad, cuando unos brazos te rodean y una persona te hace sentir refugio, algo cambia por dentro. No desaparece todo lo que hoy te han contado, pero deja de doler de la misma manera.
Y entonces pongo música, subo el volumen y cierro los ojos. Por unos minutos todo encaja.
Este momento siempre me recuerda que la felicidad no siempre está en una vida perfecta. A veces está en una canción que te eriza la piel, en un beso inesperado, en un abrazo que te sostiene cuando te caes y en la certeza de que, pase lo que pase, te quedan muchas razones para seguir adelante.
Y qué suerte la mía, que cuando siento que me estoy rompiendo, la música siempre sabe cómo volver a juntar mis pedazos y recurrir a esa persona que quiere bailar conmigo.
Feliz jueves imperfecto.