07/09/2026
Estos dos últimos días he leído muchas cosas sobre José Alberto Montoya-Alonso.
Sobre sus estudios, sus publicaciones, su conocimiento inmenso, sus aportaciones a la cardiología veterinaria, su trabajo sobre la dirofilariosis, su trayectoria como catedrático, como profesor, como conferenciante…
Y cuanto más leo, más evidente resulta la dimensión profesional de su pérdida.
Pero hay algo que me duele todavía más.
Que además de ser un enorme profesional, Alberto era buena gente.
Y eso no aparece en un currículum.
No era amigo mío.
Entiéndeme, amigo de los de toda la vida, de los que les confías todo lo que te pasa.
Pero cada vez que me veía tenía la extraña capacidad de hacerme sentir como si sí lo fuéramos.
Era cariñoso. Afable. Amable. Cercano. Sencillo.
De esas personas que no necesitan demostrar quiénes son porque su manera de tratar a los demás ya lo dice todo.
En un mundo profesional donde a veces ponemos demasiado énfasis en los títulos, los logros y el reconocimiento, creo que también deberíamos recordar esto:
La huella que dejamos en los demás importa tanto como todo aquello que conseguimos.
Y Alberto dejó una huella enorme.
En la veterinaria, en la cardiología, en la investigación, en sus alumnos, en sus compañeros, en quienes aprendieron de él…
Y también, estoy seguro, en muchas personas que simplemente tuvieron la suerte de cruzarse con él.
Se ha ido demasiado pronto.
Y quizá por eso estos días, mientras (re)descubro todo lo que hizo y todo lo que sabía, no puedo evitar pensar que lo que más vamos a echar de menos no es solamente al profesor, al investigador o al experto.
Vamos a echar de menos a Alberto, la persona.
Esta foto es de hace tres años. Hoy la miro de otra manera.
Gracias, Alberto, por todo lo que enseñaste.
Y, sobre todo, gracias por la forma en que trataste a quienes tuvimos la suerte de coincidir contigo.
Descansa en paz. ❤️