24/09/2025
Zipi y Zape: "Objetivo... ¡La Luna!"
Una noche de insomnio y una idea descabellada dan el pistoletazo de salida a la aventura más increíble de los gemelos Zapatilla. Su destino: el mismísimo satélite de la Tierra. Una hazaña que, como de costumbre, estará plagada de trastadas, inventos caseros y el inconfundible caos que les precede.
La culpa, como casi siempre en casa de los Zapatilla, fue de un castigo. Don Pantuflo, harto de las gamberradas de sus hijos, les había condenado a la pena más severa que su imaginación pudo concebir: ordenar el desván. Un universo de trastos viejos, recuerdos olvidados y, para Zipi y Zape, un filón inagotable para futuras travesuras.
Entre montañas de periódicos amarillentos y muebles cojos, Zape, el moreno y generalmente más impulsivo, dio con un viejo libro de astronomía de su padre. Las imágenes de cráteres y mares lunares encendieron una bombilla en su cabeza. "¡Zipi!", exclamó con los ojos como platos. "¡Ya sé dónde podemos ir de excursión sin que nos pillen!".
Zipi, el rubio y a menudo la voz (a veces inútil) de la razón, arqueó una ceja. "Como no sea al cuarto de los ratones por enésima vez...".
"¡No!", replicó Zape, mostrándole el libro. "¡A la Luna!".
La idea era, a todas luces, un disparate. Pero en el universo de Zipi y Zape, la frontera entre el disparate y la posibilidad siempre ha sido una línea muy fina. Con el ingenio que les caracterizaba para todo lo que no fuera estudiar, y usando los "planos" de un viejo cohete de juguete y una cantidad ingente de material "reciclado" del desván, se pusieron manos a la obra.
El "Apolo Z-Z 1", como bautizaron a su creación, era una amalgama de un viejo bidón de aceite, la carcasa de la aspiradora de Doña Jaimita, varias bicicletas desmontadas y un sinfín de cables y tubos de dudosa procedencia. El combustible, una mezcla "secreta" de gaseosa, vinagre y un ingrediente especial sustraído del laboratorio de química de su amigo "empollón", Peloto.
Una noche, mientras Don Pantuflo y Doña Jaimita dormían plácidamente, ajenos a la odisea espacial que se gestaba en su jardín, los dos hermanos, ataviados con cascos de cocina y trajes de papel de aluminio, se introdujeron en su nave. Con un tembloroso "¡Alunizaje a la de tres!", Zipi pulsó el botón de ignición, que no era otro que el timbre de la puerta.
Contra todo pronóstico, y con un estruendo que hizo temblar los cristales de todo el vecindario, el "Apolo Z-Z 1" se elevó en el aire, dejando tras de sí un rastro de humo con un sospechoso olor a sopa de fideos. El viaje fue accidentado. Una lluvia de meteoritos (que resultaron ser las canicas perdidas de Zape) casi agujerea el casco, y por poco no colisionan con un satélite que pasaba por allí.
Finalmente, con un aterrizaje más parecido a un choque controlado, el "Apolo Z-Z 1" se posó sobre la polvorienta superficie lunar. "¡Lo conseguimos, Zape! ¡Somos los primeros niños en la Luna!", gritó Zipi, eufórico.
La experiencia lunar fue una sucesión de gamberradas cósmicas. Jugaron al fútbol con gravedad reducida, usando un pequeño cráter como portería, lo que les permitía hacer chilenas imposibles. Hicieron "el ángel" en el fino polvo lunar y plantaron una bandera con el escudo de su equipo de fútbol.
El momento culminante llegó cuando descubrieron una pequeña cueva. En su interior, no encontraron alienígenas, sino algo mucho más sorprendente: una pequeña placa metálica con una inscripción. Al limpiarla, leyeron: "Propiedad de Pantuflo Zapatilla. Prohibido jugar a la pelota". ¡Don Pantuflo había estado allí antes! O, más probablemente, una de sus muchas y olvidadas aficiones de juventud había incluido el envío de una sonda casera.
El viaje de vuelta fue tan caótico como el de ida. Aterrizaron de emergencia en el estanque de los patos del parque municipal, asustando a la colonia local de anátidas y a un par de jubilados que jugaban a la petanca.
Llegaron a casa empapados y cubiertos de polvo lunar (y algo de fango de estanque), justo a tiempo para el desayuno. Don Pantuflo, con el periódico en la mano, carraspeó. "Anoche escuché un ruido tremendo. Espero que no hayáis tenido nada que ver".
Zipi y Zape se miraron, cómplices. "Para nada, papá", dijo Zape con su cara más angelical. "Estábamos en la Luna... digo, en la cama, soñando".
Don Pantuflo les miró con suspicacia, pero no dijo nada más. Sin embargo, no pudo evitar fijarse en el extraño polvo grisáceo que dejaban sus zapatos en el suelo de la cocina. Un polvo que, curiosamente, olía un poco a sopa de fideos. La aventura, por el momento, quedaba en secreto, pero en las mentes de Zipi y Zape ya bullía la siguiente pregunta: si habían llegado a la Luna, ¿por qué no intentar llegar a Marte? Pero eso, por supuesto, sería otra historia... y otro castigo.
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