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24/09/2025

Zipi y Zape: "Objetivo... ¡La Luna!"

Una noche de insomnio y una idea descabellada dan el pistoletazo de salida a la aventura más increíble de los gemelos Zapatilla. Su destino: el mismísimo satélite de la Tierra. Una hazaña que, como de costumbre, estará plagada de trastadas, inventos caseros y el inconfundible caos que les precede.

La culpa, como casi siempre en casa de los Zapatilla, fue de un castigo. Don Pantuflo, harto de las gamberradas de sus hijos, les había condenado a la pena más severa que su imaginación pudo concebir: ordenar el desván. Un universo de trastos viejos, recuerdos olvidados y, para Zipi y Zape, un filón inagotable para futuras travesuras.

Entre montañas de periódicos amarillentos y muebles cojos, Zape, el moreno y generalmente más impulsivo, dio con un viejo libro de astronomía de su padre. Las imágenes de cráteres y mares lunares encendieron una bombilla en su cabeza. "¡Zipi!", exclamó con los ojos como platos. "¡Ya sé dónde podemos ir de excursión sin que nos pillen!".

Zipi, el rubio y a menudo la voz (a veces inútil) de la razón, arqueó una ceja. "Como no sea al cuarto de los ratones por enésima vez...".
"¡No!", replicó Zape, mostrándole el libro. "¡A la Luna!".

La idea era, a todas luces, un disparate. Pero en el universo de Zipi y Zape, la frontera entre el disparate y la posibilidad siempre ha sido una línea muy fina. Con el ingenio que les caracterizaba para todo lo que no fuera estudiar, y usando los "planos" de un viejo cohete de juguete y una cantidad ingente de material "reciclado" del desván, se pusieron manos a la obra.

El "Apolo Z-Z 1", como bautizaron a su creación, era una amalgama de un viejo bidón de aceite, la carcasa de la aspiradora de Doña Jaimita, varias bicicletas desmontadas y un sinfín de cables y tubos de dudosa procedencia. El combustible, una mezcla "secreta" de gaseosa, vinagre y un ingrediente especial sustraído del laboratorio de química de su amigo "empollón", Peloto.

Una noche, mientras Don Pantuflo y Doña Jaimita dormían plácidamente, ajenos a la odisea espacial que se gestaba en su jardín, los dos hermanos, ataviados con cascos de cocina y trajes de papel de aluminio, se introdujeron en su nave. Con un tembloroso "¡Alunizaje a la de tres!", Zipi pulsó el botón de ignición, que no era otro que el timbre de la puerta.

Contra todo pronóstico, y con un estruendo que hizo temblar los cristales de todo el vecindario, el "Apolo Z-Z 1" se elevó en el aire, dejando tras de sí un rastro de humo con un sospechoso olor a sopa de fideos. El viaje fue accidentado. Una lluvia de meteoritos (que resultaron ser las canicas perdidas de Zape) casi agujerea el casco, y por poco no colisionan con un satélite que pasaba por allí.

Finalmente, con un aterrizaje más parecido a un choque controlado, el "Apolo Z-Z 1" se posó sobre la polvorienta superficie lunar. "¡Lo conseguimos, Zape! ¡Somos los primeros niños en la Luna!", gritó Zipi, eufórico.

La experiencia lunar fue una sucesión de gamberradas cósmicas. Jugaron al fútbol con gravedad reducida, usando un pequeño cráter como portería, lo que les permitía hacer chilenas imposibles. Hicieron "el ángel" en el fino polvo lunar y plantaron una bandera con el escudo de su equipo de fútbol.

El momento culminante llegó cuando descubrieron una pequeña cueva. En su interior, no encontraron alienígenas, sino algo mucho más sorprendente: una pequeña placa metálica con una inscripción. Al limpiarla, leyeron: "Propiedad de Pantuflo Zapatilla. Prohibido jugar a la pelota". ¡Don Pantuflo había estado allí antes! O, más probablemente, una de sus muchas y olvidadas aficiones de juventud había incluido el envío de una sonda casera.

El viaje de vuelta fue tan caótico como el de ida. Aterrizaron de emergencia en el estanque de los patos del parque municipal, asustando a la colonia local de anátidas y a un par de jubilados que jugaban a la petanca.

Llegaron a casa empapados y cubiertos de polvo lunar (y algo de fango de estanque), justo a tiempo para el desayuno. Don Pantuflo, con el periódico en la mano, carraspeó. "Anoche escuché un ruido tremendo. Espero que no hayáis tenido nada que ver".
Zipi y Zape se miraron, cómplices. "Para nada, papá", dijo Zape con su cara más angelical. "Estábamos en la Luna... digo, en la cama, soñando".

Don Pantuflo les miró con suspicacia, pero no dijo nada más. Sin embargo, no pudo evitar fijarse en el extraño polvo grisáceo que dejaban sus zapatos en el suelo de la cocina. Un polvo que, curiosamente, olía un poco a sopa de fideos. La aventura, por el momento, quedaba en secreto, pero en las mentes de Zipi y Zape ya bullía la siguiente pregunta: si habían llegado a la Luna, ¿por qué no intentar llegar a Marte? Pero eso, por supuesto, sería otra historia... y otro castigo.

APCMEDIA (C)

No sabes lo cara que te va a costar dicha afrenta…
21/09/2025

No sabes lo cara que te va a costar dicha afrenta…

20/09/2025
14/09/2025

El Día Verdiblanco de Zipi y Zape

El sol de Sevilla brillaba con una luz especial, una luz que para miles de personas solo podía significar una cosa: día de partido en el Benito Villamarín. Y en casa de los Zapatilla, la emoción era doble. Don Pantuflo, en un arrebato de generosidad y con ganas de compartir una tarde de "pasiones varoniles", como él mismo la llamó, había conseguido tres entradas para ver a su amado Real Betis.

—¡Zipi, Zape, al salón! —bramó con una solemnidad que no presagiaba castigo.

Los gemelos, uno rubio y otro moreno, aparecieron con la cautela de quien espera una reprimenda por un jarrón roto. Pero en lugar de un rapapolvo, se encontraron a su padre, henchido de orgullo, agitando tres trozos de papel verdiblanco.

—¡Nos vamos al fútbol! —anunció.
Los ojos de Zipi y Zape brillaron, no tanto por el amor al balompié, sino por las infinitas posibilidades para la travesura que ofrecía un estadio con más de cincuenta mil personas.

—¿Podemos invitar a Alicia? —preguntó Zape. —¡Es más bética que el himno!

Don Pantuflo, viendo la oportunidad de tener una aliada que mantuviera a raya a sus hijos, aceptó de buen grado.

Alicia llegó vestida con su camiseta verdiblanca, una bufanda a juego y un conocimiento enciclopédico de cada jugador. Era la hincha perfecta, y miró con cierto recelo la indumentaria de sus amigos: Zipi se había puesto un sombrero de copa de una vieja caja de disfraces y Zape insistía en llevar una corneta de carnaval.

El ambiente en el Benito Villamarín era eléctrico. El verde y el blanco ondeaban en cada rincón y el cántico de "¡Betis, Betis!" retumbaba en el pecho.

—Mirad, ese es el capitán —explicaba Alicia con fervor, señalando a un jugador en el campo—. ¡Es una leyenda!

Pero Zipi estaba más interesado en calcular la trayectoria perfecta para hacer volar un avión de papel desde la grada superior, mientras que Zape intentaba entonar el "cumpleaños feliz" con su corneta cada vez que un jugador del equipo contrario tocaba el balón.

El partido avanzaba tenso. El Betis atacaba, pero el gol se resistía. La afición sufría, se comía las uñas y las pipas con la misma ansiedad. Don Pantuflo se mesaba los bigotes, Alicia no paraba de dar instrucciones al entrenador desde su asiento y los gemelos... los gemelos estaban a punto de desatar el caos.

En el minuto ochenta, con el marcador en un agónico cero a cero, Zape sacó de su mochila un rollo de papel higiénico. Zipi, con la velocidad de un rayo, agarró el otro extremo.

—¿Qué vais a hacer, insensatos? —susurró Alicia, entre alarmada y divertida.
—¡Una pancarta de ánimo! —dijo Zipi con la mejor de sus sonrisas.

Antes de que nadie pudiera detenerlos, lanzaron el rollo de papel hacia la grada inferior, creando una larguísima serpentina blanca que ondeó sobre las cabezas de los aficionados. Lejos de enfadarse, la gente rio y empezó a pasar la serpentina, creando una ola de papel que recorrió todo el gol sur.

Animado por el éxito, Zape se llevó la corneta a los labios y sopló con todas sus fuerzas. El sonido, un "¡Meeec, Mooooc, Pof!" desafinado y estruendoso, sorprendió a todos. Pero en ese extraño silencio que se produjo después, un aficionado gritó:

—¡Ese es el espíritu! ¡Hay que hacer ruido!
Y como si de una señal se tratara, la grada entera pareció despertar. Inspirados por la absurda corneta, empezaron a cantar el himno con una fuerza renovada, un rugido que hizo temblar el cemento.

En el campo, el Betis forzó un córner. El balón voló hacia el área entre la marea de cánticos y el eco de la corneta de Zape. La defensa rival, quizás distraída por el repentino estruendo, flaqueó. Un delantero verdiblanco se elevó por encima de todos y remató de cabeza.
El tiempo se detuvo. El balón describió una parábola perfecta y se coló por la escuadra.

¡GOOOOOOOL!

El estadio explotó en un delirio de alegría. Desconocidos se abrazaban, las bufandas volaban por el aire y Don Pantuflo levantó a Zipi y Zape por los aires como si fueran los héroes del partido. Alicia, con lágrimas de emoción en los ojos, los abrazó con fuerza.

—¡Sois los mejores talismanes del mundo! —gritó por encima del estruendo.

Al salir del estadio, bajo un cielo teñido de naranja y verde, Zipi y Zape caminaban con el pecho inflado. Puede que no entendieran de fueras de juego ni de tácticas, pero habían aprendido la lección más importante del fútbol y del Betis: a veces, la victoria no llega con la jugada más elegante, sino con la pasión más ruidosa y disparatada. Y en eso, ellos dos, eran campeones indiscutibles.

APCMEDIA (C)

10/09/2025

El Misterio del Poema Desaparecido en el Colegio Antonio Machado

El sol de una tarde dorada, de esas que se estiran perezosamente antes de dar paso al otoño, se colaba por los ventanales del aula de Tercero A en el Colegio Antonio Machado. La señorita Elvira, con su voz que sonaba a hojas secas y a tizas de colores, intentaba explicar la magia de los versos, precisamente, del poeta que daba nombre a la escuela.

—"Caminante, no hay camino, se hace camino al andar"—recitaba, mientras Zipi, el rubio, hacía un sendero con dos lápices sobre su pupitre, y Zape, el moreno, hacía que una goma de borrar, el "caminante", diera aparatosos tropezones.
A su lado se sentaba Alicia, una niña de ojos curiosos y una tranquilidad que contrastaba con el torbellino constante que eran los hermanos Zapatilla. Alicia adoraba dibujar y siempre llevaba un cuaderno con un lápiz de punta fina. No era una chivata como Peloto, el empollón de la primera fila, pero su silencio a menudo lo observaba todo.
La señorita Elvira, para motivar a la clase, había escrito en un precioso pergamino un fragmento de un poema de Machado sobre los sueños. Lo había colgado en el corcho de la clase con cuatro chinchetas de colores. "Mañana", anunció, "el que lo recite de memoria sin un solo fallo, tendrá un punto extra en Lengua".
La codicia brilló en los ojos de Peloto, pero también en los de Zipi y Zape, que veían en ese punto extra una forma de compensar los inevitables ceros que salpicarían sus futuros exámenes.
A la mañana siguiente, un pequeño caos recibió a los alumnos de Tercero A. ¡El pergamino había desaparecido! La señorita Elvira, con un suspiro que delataba años de experiencia con niños traviesos, paseó su mirada por la clase.
—Bueno, bueno... ¿alguien sabe dónde puede estar el poema?
Todas las miradas, como imanes, giraron hacia Zipi y Zape.
—¡Nosotros no hemos sido! —exclamó Zipi, con la indignación de un actor consumado.
—¡Palabra de Zapatilla! —reforzó Zape, poniéndose una mano en el pecho.
Peloto, relamiéndose, levantó la mano. —Señorita Elvira, yo les vi ayer cuchicheando y mirando el poema con cara de pillos. Seguro que lo han escondido para que nadie más pueda ganar el punto.
La evidencia circunstancial era abrumadora. La señorita Elvira les dedicó "la mirada", esa que podía helar la leche del desayuno. —Zipi, Zape, tenéis hasta después del recreo para que el poema aparezca. Si no, tendré que hablar con vuestros padres.
El recreo fue tenso. Sentados en un banco del patio, bajo la sombra de un olmo seco que parecía sacado de un poema de Machado, Zipi y Zape planeaban cómo encontrar al verdadero ladrón.
—Tiene que haber sido Peloto —masculló Zape—. Lo ha escondido para echarnos la culpa y quedar él como un héroe cuando "lo encuentre".
—Pero, ¿dónde lo habrá metido? —se desesperaba Zipi, vaciando su mochila por enésima vez, de la que solo cayeron un tirachinas, tres canicas y el bocadillo de mortadela aplastado.
Alicia, que dibujaba el viejo olmo en su cuaderno, se acercó a ellos.
—Yo no creo que haya sido Peloto —dijo en voz baja.
—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Zape, algo molesto.
—Porque esta mañana, antes de que llegara nadie, le he visto intentando abrir la taquilla de la señorita Elvira con un clip. Buscaba el examen de matemáticas de mañana, no un poema.
Los gemelos se miraron. La lógica de Alicia era aplastante. Si no habían sido ni ellos ni Peloto... ¿entonces quién?
De repente, Alicia miró su dibujo y luego el árbol real. Sus ojos se abrieron como platos.
—El camino... —susurró.
—¿Qué camino? —dijo Zipi.
—"Se hace camino al andar"... La señorita Elvira nos lo leyó ayer. ¿Y si el poema no está escondido, sino... a la vista de todos?
Alicia se levantó y caminó decidida hacia el gran tablón de anuncios del pasillo, ese que todos miraban pero nadie veía. Zipi y Zape la siguieron, desconcertados. Allí, entre un aviso del comedor, un cartel sobre el día de la paz y un dibujo de un paisaje de Castilla hecho por los de Quinto, estaba el pergamino. No estaba escondido. Simplemente, alguien lo había cambiado de sitio, colocándolo en el lugar más obvio y a la vez más invisible.
—¡El conserje! —exclamó Zape—. ¡Don Anselmo! Ayer por la tarde, cuando nos quedamos a limpiar la pizarra, le oímos decir que el corcho de nuestra clase estaba muy lleno y que iba a "reorganizar los papeles".
Corrieron de vuelta al aula justo cuando sonaba el timbre.
—¡Señorita Elvira, lo hemos encontrado! —gritó Zipi, agitando el pergamino.
—Estaba en el tablón del pasillo —explicó Alicia con calma—. Don Anselmo debió de moverlo ayer.
La señorita Elvira sonrió, aliviada. Peloto se desinfló en su silla.
—Muy bien, chicos. Un punto para los tres por vuestro trabajo de detectives.
Y mientras la señorita Elvira volvía a colgar el poema, esta vez con cinta adhesiva para asegurar, Zape se inclinó hacia Alicia.
—Gracias, Alicia. Eres más lista que el hambre.
Alicia se sonrojó un poco y volvió a su cuaderno. En el dibujo del viejo olmo, había añadido a tres pequeños caminantes en el sendero que se perdía a lo lejos. Un rubio, un moreno y una niña con un cuaderno, haciendo su propio camino, juntos, en una tarde dorada en el Colegio Antonio Machado.

29/08/2025

Una Aventura poética en el Colegio Antonio Machado
El sol de la mañana entraba a raudales por las ventanas del Colegio Antonio Machado, iluminando las caras de aburrimiento de la clase de Don Minervo. Zipi y Zape, sentados en el centro del aula, luchaban por mantener los ojos abiertos mientras el profesor recitaba con gran énfasis unos versos del mismísimo poeta que daba nombre a la escuela.
—"Caminante, no hay camino, se hace camino al andar..." —declamaba Don Minervo con una floritura en la mano.
—Pues nuestro camino nos lleva directos al recreo, ¿a que sí, Zape? —susurró Zipi, dibujando en su cuaderno una caricatura del profesor con un camino en la cabeza.
Zape, más práctico, asintió con la cabeza mientras se imaginaba el bocadillo de chorizo que su madre, Doña Jaimita, les había preparado. Sin embargo, su ensoñación fue interrumpida por un codazo de su hermano.
—¡Mira! —le indicó Zipi con la mirada.
Justo delante de ellos, Alicia, una de sus compañeras más listas y siempre con un libro entre las manos, levantaba la mano con decisión. Era nueva en el colegio ese año y, a diferencia del resto, parecía disfrutar de las clases de literatura.
—Don Minervo —dijo con voz clara—, ¿Antonio Machado escribió algún poema sobre trastadas o sobre cómo inventar excusas para no hacer los deberes?
La clase entera estalló en una carcajada. Incluso Don Minervo tuvo que reprimir una sonrisa.
—Me temo que no, Alicia. La poesía de Machado versa sobre temas más... profundos. ¡Como la vida, el tiempo, el paisaje de Castilla!
Pero a Zipi se le había encendido una bombilla. La pregunta de Alicia le había dado una idea genial para la feria de ciencias y literatura que se celebraría en el colegio la semana siguiente.
Durante el recreo, los gemelos abordaron a Alicia, que leía plácidamente sentada en un banco del patio.
—¡Alicia, eres un genio! —exclamó Zipi, haciendo que la niña diera un respingo.
—¿Yo? Pero si solo he hecho una pregunta —respondió ella, extrañada.
—¡La mejor pregunta! —corroboró Zape—. Nos has inspirado para nuestro proyecto de la feria.
Alicia los miró con curiosidad. La fama de Zipi y Zape les precedía, y sus "inspiraciones" a menudo acababan con algún castigo en el cuarto de los ratones.
—Verás —explicó Zipi, con los ojos brillantes de entusiasmo—, vamos a crear "La Máquina de Poesía Traviesa". Un invento que transforma nuestras trastadas en poemas al estilo de Machado.
Alicia arqueó una ceja. —¿Y cómo pensáis hacer eso?
—¡Fácil! —dijo Zape, sacando un tirachinas del bolsillo—. Por ejemplo, si le damos con un guisante a la calva de Don Pantuflo...
—...nuestro padre —aclaró Zipi para Alicia—. La máquina recitará: "Anoche cuando dormía, soñé ¡bendita ilusión! que un verde guisante tenía posado en mi calva al sol".
Alicia no pudo evitar reír. La idea era tan descabellada que resultaba brillante. Y, para sorpresa de los gemelos, decidió unirse a su equipo. Ella se encargaría de la parte "poética", asegurándose de que las rimas tuvieran el estilo adecuado, mientras que Zipi y Zape se ocuparían de la "materia prima": las travesuras.
Los días siguientes fueron un torbellino de actividad. Zipi y Zape se dedicaron a sus fechorías habituales, pero esta vez con un propósito "científico-literario". Anotaban cada detalle: el resbalón del policía Don Ángel con una piel de plátano, el susto de Doña Jaimita al encontrar una rana de goma en la azucarera, y hasta el enfado monumental de su eterno rival, el empollón Peloto Chivátez, cuando su tintero soltó un chorro de tinta que le manchó las gafas.
Alicia, con una paciencia infinita, convertía cada catástrofe en un verso. El resbalón se transformó en "¡Oh, suela que resbalas, qué mal paso has dado, camino de la acera al suelo mojado!". La rana en el azúcar inspiró un "Verde que te quiero verde, batracio en dulce blancura, ¡qué sorpresa la que muerde, la taza de la amargura!".
El día de la feria, su "Máquina de Poesía Traviesa", un artilugio hecho con cajas de cartón, un embudo y un montón de cables de colores, fue la sensación. Los padres y profesores se agolpaban alrededor, curiosos. Don Minervo, escéptico al principio, se acercó para ver el invento.
—A ver, jovencitos, sorprendedme —dijo con su aire de suficiencia.
Zipi giró una manivela y Alicia introdujo una tarjeta donde había descrito la trastada del tintero de Peloto. De la máquina salió una voz metálica, la de Zape hablando a través de un tubo:
—"Tras el cristal de tus lentes, dos manchas de oscura tinta, ¡oh, Peloto, no te lamentes, que el saber a veces pinta!".
La carcajada fue general. Don Pantuflo y Doña Jaimita, aunque avergonzados por las travesuras de sus hijos, no pudieron evitar sonreír con orgullo. El proyecto era un éxito. Incluso Don Minervo tuvo que admitir que, aunque poco ortodoxo, el trabajo demostraba una "comprensión creativa" de la poesía.
Al final del día, mientras recogían su puesto, Alicia les sonrió.
—Ha sido divertido, chicos. Nunca pensé que la poesía pudiera ser tan... accidentada.
—¡Y nosotros nunca pensamos que una compañera tan lista quisiera juntarse con nosotros! —admitió Zape.
Desde aquel día, las aventuras en el Colegio Antonio Machado contaron con un nuevo cerebro. Zipi y Zape seguían siendo los reyes de la travesura, pero ahora, gracias a Alicia, sus trastadas tenían un toque de genialidad poética que las hacía, si cabe, aún más legendarias.

APCMEDIA (C)

26/08/2025

Zipi y Zape desatan el caos en la piscina de Laguna Golf

El sol de verano caía a plomo sobre la Urbanización Laguna Golf, un remanso de paz con césped perfectamente cortado y el murmullo relajante del agua de los aspersores.

Pero esa tranquilidad estaba a punto de ser dinamitada por la llegada de dos terremotos con bañador: Zipi, el rubio, y Zape, el moreno. A su lado, intentando mantener un mínimo de orden, caminaba Alicia, una amiga del verano cuya paciencia rivalizaba con la de un santo.
"¡El último en llegar es un merluzo de agua dulce!", gritó Zape, lanzando su toalla al aire y corriendo a toda velocidad hacia la piscina comunitaria, un oasis azul y brillante que relucía bajo el sol.

"¡Eso no vale, has salido antes!", protestó Zipi, pisándole los talones, con su característico mechón rubio botando al compás de su carrera.
Alicia suspiró, recogiendo las toallas del suelo. "¡Tened cuidado, chicos, que el socorrista está mirando!"

Pero sus palabras se perdieron en el estruendo de dos zambullidas que levantaron una ola digna del Cantábrico. El socorrista, un joven con más crema solar en la nariz que ganas de lidiar con problemas, les lanzó una mirada de advertencia que los gemelos, por supuesto, no captaron.

El plan inicial era sencillo: un concurso de saltos. Pero con Zipi y Zape, lo sencillo era un concepto abstracto. El salto "bomba" de Zape consiguió salpicar a Doña Engracia, la presidenta de la comunidad, que leía plácidamente el periódico en su tumbona a veinte metros de distancia. Las gafas de la señora acabaron en su regazo, empapadas.

"¡Zapatilla tenía que ser!", masculló, reconociendo el inconfundible cabello moreno del culpable.

Zipi, para no ser menos, intentó un "salto del ángel" que terminó en un planchazo monumental, provocando una ola que vació media piscina infantil y el llanto desconsolado de un niño al que le arrebató su patito de goma.
Alicia, mortificada, se acercó al borde. "¡Chicos, ya basta! ¡Vais a conseguir que nos echen a todos!"

"Tranquila, Alicia, ahora viene lo mejor", anunció Zipi con una sonrisa traviesa. "¿A que no sabéis qué hemos traído?"

De una bolsa de deportes, Zape extrajo el origen del futuro cataclismo: dos pistolas de agua de tamaño industrial y un bote de jabón líquido. El plan era crear una "súper espuma deslizante" en los toboganes pequeños.

En cuestión de minutos, la zona infantil de la piscina se convirtió en una montaña de burbujas. Los niños pequeños, al principio desconcertados, pronto se sumaron al jolgorio, resbalando y riendo en la espuma jabonosa. El problema fue cuando la espuma, impulsada por las pistolas de agua de los gemelos, comenzó a expandirse de forma incontrolada.

La montaña de burbujas alcanzó las tumbonas, engulló sombrillas y llegó hasta el pequeño chiringuito, donde Don Anselmo, el encargado, vio con horror cómo sus servilletas de papel se desintegraban en una masa húmeda.

El socorrista, finalmente superado por los acontecimientos, hizo sonar su silbato con la fuerza de un huracán. "¡FUERA DE LA PISCINA, LOS DOS!", bramó, señalando a Zipi y a Zape, que emergían de la espuma como dos monstruos de las burbujas.

La huida fue tan caótica como la travesura. Resbalando en su propio invento, los gemelos derribaron una fila de hamacas en un efecto dominó perfecto, culminando con la de Don Pantuflo y Doña Jaimita, sus padres, que acababan de llegar para disfrutar de una tarde "tranquila".

Cubiertos de espuma, con la mirada atónita de todos los vecinos clavada en ellos y la furia contenida en los ojos de sus padres, Zipi y Zape fueron escoltados fuera del recinto. Alicia los seguía a una distancia prudencial, negando con la cabeza pero con una media sonrisa que no podía reprimir.

Mientras se alejaban, dejando tras de sí un paisaje blanco y burbujeante, Zape le susurró a su hermano: "Bueno, al menos ha sido divertido, ¿no?".

Zipi, mirando por encima del hombro el desastre que habían provocado, no pudo evitar reír. "¡Desde luego! Mañana podríamos probar con globos de agua... ¡pero desde el tejado!". Alicia, al oírles, aceleró el paso. Definitivamente, el verano en Laguna Golf no iba a ser nada, nada aburrido.

APCMEDIA (C)

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