14/08/2025
Hace seis años, Labastida nos recibió con los brazos abiertos. El Toloño, con sus nubes de Fohen dibujando el cielo, nos recordaba a los Andes argentinos. Sus suelos calizos, la arenisca y los viñedos en altura nos regalaban ese apagado blanquecino que también reconocíamos en el Valle de Uco. Su clima, continental pero sensible a las influencias marítimas, nos permitía oler cosechas más fresca.
Su gente y su historia nos llevaban de vuelta a la casa, a esas historias de inmigración que ya nos daban pistas —al menos en nuestra imaginación— del paisaje hispano.
Desde el inicio, con la inocencia de quien comienza a caminar, Dominio del Challao entendió que aquí había un mensaje: la simbiosis entre lo clásico y lo moderno, entre el pasado y el presente, en un diálogo constante.
Hoy, Labastida es para muchos un punto destacado en Rioja por la riqueza de su terruño, la delicadeza de sus vinos, su historia y su saber hacer. Alguien podrá decir que es “un pueblo más” de la Rioja Alavesa —y quizá tenga razón—, pero no para nosotros. Como decía El Principito: “No era más que un zorro parecido a cien mil otros. Pero me hice amigo de él, y ahora es único en el mundo.” Así, Labastida es hoy nuestro lugar en el mundo.