28/11/2016
Quien mucho abarca, poco aprieta.
Existen muchas clases de avaricia: dinero, poder, reconocimiento, trabajo, etc.
Si intentamos poner nuestra atención en demasiadas cosas, no podremos cuidar de todas ellas como se merecen, por lo que a veces es mejor renunciar a llevar más temas de los que realmente podemos para no sentir la frustración después de no poder atenderlos como se merecen.
La virtud de darse a los demás es una de las más hermosas, pero conviene entenderla bien. No se trata de entregar bienes materiales (que a veces no sirven de mucho), sino cariño, respeto y atención. Es decir, amistad.
Un joven acudió a un campamento de leñadores para pedir trabajo. El capataz, al ver que era fuerte, lo aceptó sin pensárselo. Podía empezar al día siguiente.
Durante su primer día en la montaña trabajó mucho y cortó decenas de árboles.
El segundo día trabajó tanto como el primero, pero su producción se redujo a la mitad.
El tercer día se propuso mejorar. Durante toda la jornada golpeó el hacha con toda su furia. Aun así, los resultados fueron muy inferiores.
Cuando el capataz se percató del escaso rendimiento del joven, le preguntó:
- ¿Cuándo fue la última vez que afilaste tu hacha?
Y el joven respondió:
- No he tenido tiempo. ¡He estado atareado talando árboles!
Así que, si no eres Superman, mejor mide tus fuerzas y tiempo disponible y comprométete sólo a hacer aquellas cosas que realmente puedas sin agobiarte. Al final, lo agradecerás.