01/06/2026
Te preguntarás cómo y porqué, o tal vez cuando y para qué. Es posible también que ni te lo hayas cuestionado, pero te lo voy a contar igual. Porque hablando se entera la gente ¿no?
Había una vez una pandemia, irracional, loca, surrealista, inimaginable que nos encerró bajo llave durante meses obligándonos a improvisar para luego intentar conseguir un cierto orden doméstico en medio del caos. Y nos vimos haciendo tanto gym como masticando, terapia confusa y contradictoria. Retomando libros abandonados. Quitando el polvo a los juegos de mesa. Dejando los relojes en un cajón. La mente luchaba por no volverse demente.
En eso estaba Jose, haciendo del tiempo detenido un tiempo productivo. Interesado cada vez más en aquellas cuestiones de la salud en las que, justamente, el tiempo a favor puede que salve vidas. Leyó, filtró lo leído, volvió a leer, estrenó gafas, siguió leyendo, indagando, investigando, analizando cuánto hay de verdad en supuestos artículos científicos, se animó a escribirle a personas competentes en la materia, continuó leyendo, se suscribió en lugares especializados, contactó, llamó... la idea se gestaba. Un proyecto inicial del tamaño de un bosque que se fue delimitando hasta dar con El Árbol.
Para ello, hubo que sumar un equipo de trabajo. Y para eso, hubo que rastrear. Aparecieron. Algunos quedaron en el camino, se bajaron del tren para buscar otro rumbo. Pero los que permanecieron supieron ver el recorrido. Jóvenes preparados para traducir su entusiasmo en logros. Para usar su inteligencia en cosas serias. Para ganarse un sitio en el mundo de la ciencia. Los resultados se están dejando ver. El interés general se percibe.
Una pandemia y seis años después, un método sale a la luz. La idea de que unas gotas de sangre puedan anticipar lo malo por venir potencia la esperanza. Ni colorín colorado, ni este cuento se ha acabado. Más bien, recién comienza a escribirse la historia.
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