24/06/2023
Imprenteros, obra de teatro de los hermanos Lorena, Sergio y Federico Vega.
Excelente!!!
A los dieciocho mi viejo me llevó a Icalma 2001 (Talleres Graficos Didot) y me dijo, ¿Vas a trabajar acá? No, pa. No me gusta. Mirá que si no trabajás acá, yo la vendo. Hacé lo que quieras. No me atreví a decirle que con él no quería trabajar ni un minuto. Por suerte la vendió.
Imprenteros no es la historia de la familia Vega. Es la historia de las imprentas en Argentina. Sus dueños producen familias con los mismos defectos de registro, o lo que es peor, con el mismo registro perfecto a costa de perder el registro del resto del mundo.
Mi viejo vendió su imprenta Didot. Y yo me liberé estudiando economía. No quería ser para mis hijos un padre sin horarios, ni para mi mujer un esposo con permiso legal de infidelidad. El ruido eterno del taller me fue expulsando desde una niñez en Esteban de Luca 2223 (Artes Gráficas Sebastián de Amorrortu e hijos -pobres hijos-), donde me encantaba jugar entre pallets de pliegos de colores de Editorial Sigmar. Libros infantiles que hacían dinero para grandes.
Lorena, Sergio, Federico ¿cómo no van a perdonar a sus padres si ellos no pudieron elegir? Su viejo heredó. Habrá nacido en 1955, su padre en 1933. Su abuelo no compró esas máquinas de offset de 1 color de 1940 en 1940. Las compró recién cuando pudo tal vez en 1970. Y vos Sergio, ¿cómo ibas a pedirle que las vendiera? Si él ni siquiera había podido comprarlas. ¿Nunca pensaron que podía haberse encariñado con las máquinas?
Luego ya en Icalma 2001, desde 1972, Didot prometía un lento degradé fabril. Se trataba de vender primero la encuadernación con la excusa de que las máquinas se habían puesto viejas. Luego se vendieron las Linotipo como la que exhiben en Latingráfica cual pieza de museo. ¡No, no es una pieza de museo! ¡Es un dinosaurio que envenenó a generaciones con plomo para comerse sus vidas sin tener siquiera apetito! Eso es lo que era una linotipo: una cometipos.
En Esteban de Luca, cuando Alberto Fontevecchia ya le había comprado esas máquinas Linotipo a mi abuelo (pero seguía sin mudarlas), un día con cinco años me preguntaron mi nombre. Sebastián de Amorrortu, dije. Era el mismo nombre que estaba en la fachada del edificio. Me hicieron una línea con mi nombre. Esto fue hace 52 años. El plomo sigue allí esperando imprimir miles de veces mi nombre. Pero nunca llegó a una caja de texto ni a una tipográfica. Me lo llevé a mi cajón de los recuerdos. También guardo allí mi primer escultura: un b***o de arcilla con baúl secreto debajo de la montura.
Vegas, vuestra madre estaba acostumbrada a hacer la preprensa y Alfredo Vega la prensa. La preprensa era organizar el taller familiar, la foto, los compañeros de baile, guillotinar los vínculos. Tenía tanto estress como Alfredo Vega tenía el ruido incansable de las máquinas que devoran las almas de los imprenteros. Lorena le preguntas a tu hermano, ¿Usás protectores auditivos? y Sergio te responde, Si estoy poco tiempo, no. Y ahí está la clave del quilombo. Uno cree que va a estar poco tiempo al lado de ese dragón entintado que tritura manos cuando cambian chapas, que huele a grasa y suena a furia. ¡Y noooo! Uno se pasa la vida bailando como un poseído amasando papel, cargando, imprimiendo, caminando miles de kilómetros de una punta a la otra de la máquina. Las de Alfredo Vega eran cortas dentro de todo. Quizás eso hacía que su órbita fuera muy corta y soñara con Mar del Plata como un viaje intergaláctico.
La infidelidad es moneda corriente. Da lo mismo si se es infiel con una mujer o con una Roland cuatro colores. Es entendible. Es como estar en un titanic que nunca termina de hundirse y que jamás sale a flote. La ciudad de Buenos Aires tenía 4.000 imprentas en 1965. La inflación las subió a todas a los botes inflables. A partir de allí el delicado equilibrio entre capital y trabajo de las imprentas nunca más se volvió a dar. El titanic de cada imprenta se pasó cincuenta años hundiéndose del lado de los conflictos sindicales con crecientes exigencias técnicas y menguantes voluntades educativas. O si no, hundiéndose en un pi**he de facturas de papel, tintas, mojadores y demás insumos importados que aniquilaban al presupuesto más previsor.
Pero como Alfredo Vega, los buenos impresores, están orgullosos de su trabajo. Anoche desde el primer piso del teatro, yo creía ver un trabajo maravilloso. Me engaño. No veía nada. Pero quería verlo. Quería darle a Alfredo Vega, vuestro padre, el crédito de artesano excelso que sus hijos le reconocen. Porque Alfredo Vega se lo merece. Luchó toda su vida para inflar un gomón mientras se le acalambraba la voluntad con los desvaríos de la economía.
Soy la cuarta generación de imprenteros. Mi tatarabuelo era zapatero, fabricaba medios de comunicación y de transporte. Su hijo, Sebastián comenzó a imprimir en Bilbao en 1880. No le gustaba que comunicación y transporte pudieran estar unidos por los cordones de los zapatos. Dudó, durante décadas, si dedicarse a la comunicación y ser editor, o al transporte y ser el chofer de miles de bancales de papel llevando tinta. A principios del siglo XX todavía se podía ser impresor y editor a la vez. Luego fueron dos profesiones mutuamente excluyentes. El editor tiene que dedicarse a exprimir: al autor, al proveedor y al cliente. Es como una empresa de jugos. Y el impresor hace de ingenuo. Cree que le va a ganar a la inflación si financia a las editoriales con el papel que compra en mayo para imprimir en septiembre los libros de texto que se venderán en marzo y que le pagarán en junio.
Anoche terminé llorando la obra. No es una obra para llorar. Es una historia repetida hasta el hartazgo la locura que genera una imprenta. Gutemberg lo debería haber advertido. Latingráfica se parece a Ficcerd, la imprenta de Alfredo Vega, pero si no me equivoco, antes de los dos hombres y la mujer había un padre también que supo hacer lugar a las inquietudes de sus hijos. Sí, la vieron. Pero la vieron en una etapa. Nadie la ve siempre.
Tu viejo no es que no quería imprimirte las tarjetas. Tu viejo no tenía foil para la rosa. No es que quería cagarte la plata que ahorrabas. Tu viejo no quería terminar en cana porque alguien se le había atrasado. Tu viejo hizo lo que pudo con lo que heredó. Pero como era taurino no dejaba que la realidad lo convenciera facilmente. Tu viejo tuvo muchas cosas buenas: entre ellas sugerir que Federico estudiara contador, permitir que Sergio se fuera hacia un lugar más generoso que sus viejas máquinas y dejarte a vos que fueras una actriz fuera de serie. No sé si te dejó dándote libertad, o si te dejó ser actriz oponiéndose. Pero para la imprenta no eras. Y si tu padre te hubiera alentado a seguir a su lado, habríamos ido muchos de los que disfrutamos tu talento, a cagarlo a trompadas. ¡Cómo vas a dejar a esta piba al lado de esas máquinas!
La obra creo que es un homenaje a vuestros padres. También es un reclamo a los medio hermanos, o a los otros hijos de su padre, o como quieran llamarlos para decirles, Papá murió, la imprenta murió hace 30 años y los únicos que estamos vivos somos los seis hijos fuera de registro que Alfredo Vega nunca imaginó. Si yo fuera Alfredo Vega estaría orgulloso de que los pliegos de ADN hayan salido con cargas tan distintas. Pero con fondeados parejos. Porque si algo se les nota a los tres es que son del mismo bancal.
Gracias por hacerme llorar.
Sebastián de Amorrortu
PD: también escapando de la gráfica familiar, me fui a vivir a España en 1990 para ser economista. Y como no encontré un p**o empleo de economista, ¿qué terminé siendo? Gráfico. Pero en Tyvek.
PD: Uds hacen de la gráfica un medio de comunicación.