28/07/2026
Aunque el barco navegue en calma, quien gobierna el timón no puede limitarse a contemplar el horizonte.
Debe recorrer la cubierta de popa a proa, subir al mástil, descender junto a los remeros y conocer de primera mano la dureza —o la aparente facilidad— de cada puesto.
Solo así podrá tomar decisiones con criterio: rotar responsabilidades, reeducar a la tripulación, prepararla para surcar otros mares o desembarcar en puerto a algún contramaestre que haya olvidado cuál era su verdadera misión.
También deberá proteger las provisiones de quienes continúan remando. Ninguna nave alcanza grandes travesías si permite que las malas prácticas, la desidia o los intereses particulares consuman el sustento de toda la tripulación.
Habrá quien vea en esas decisiones a un pirata despiadado.
Otros reconocerán al capitán que hizo cuanto estuvo en su mano para evitar el naufragio.
Ese juicio jamás dependerá de quien sostiene el timón.
Lo que sí depende de él es que el barco no se hunda, que la tripulación no desfallezca, que las velas sigan desplegadas y que la nave continúe encontrando nuevos puertos donde amarrar, desafiando la fiereza de las olas y abrazando, cuando llegue, la bendición de un mar en calma.
Porque disfrutar de un mar en calma, cualquiera sabe hacerlo; mas gobernar cuando las olas golpean con fuerza, ahí se reconoce a quien verdaderamente se curtió cual capitán de mar.