03/09/2026
Hay una escena muy común en cualquier parque: un niño juega con algo que no es suyo, y cuando llega el momento de devolverlo, el adulto lo distrae para que no se dé cuenta.
Parece la opción más suave.
En realidad es la más cómoda para el adulto, no la más útil para el niño, porque los niños entienden perfectamente lo que está pasando, aunque no lo digan con esas palabras.
Lo que aprenden distrayéndolos no es que el límite no existe. Aprenden que los límites se esquivan en vez de afrontarse.
Verbalizarlo con cariño, mantener el límite mientras se explica, cuesta un poco más en el momento. Pero es lo que después les sirve de verdad cuando ya no estás tú para distraerlos: en el colegio, en el parque, en cualquier sitio donde tengan que encontrarse solos con un límite real.