25/10/2024
El dolor es un monstruo que nos visita sin aviso, sin invitación alguna, pero al salir de nuestra vida lo despedimos como a un maestro.
Parece que todos sabemos, de manera racional, que a veces la vida permite grandes dolores, pérdidas innombrables y sucesos difíciles de asumir. Solo cerramos los ojos y pensamos: "¡Ojalá eso no me toque a mí!" Pero todos y cada uno de nosotros, en algún momento, tendremos que pasar por esa puerta; aquella por la que cruzan las pérdidas, las derrotas, los fracasos y las despedidas. No solo atravesaremos la de las ganancias, los triunfos, las bienvenidas y los encuentros.
La buena vida se compone de todo lo que ocurre, pero transitar el dolor no es fácil. Siempre intentamos negociar con él, y es humano hacerlo; por eso, en cada etapa del duelo se vive una fase de lucha, de negociación, de negación.
Así que asumo que es parte del proceso y de la naturaleza humana. También asumimos el dolor después de esa frustrada negociación a través del enfado y la rabia, porque al menos nos permite movernos y actuar. Así que no hay que pelear con eso: la negación, la negociación y el enfado son parte del dolor. Y cuando estemos listos, atravesaremos el abismo del dolor, permitiéndonos entrar en la profunda tristeza, en la noche oscura del alma, en la máxima vulnerabilidad; cuando puedes llorar a mares y sientes que te duele todo el cuerpo, que casi puede explotarte el pecho, que no podrás soportarlo y que vas a desaparecer.
Pero, ¿sabes? Una vez permites que eso ocurra, te das cuenta de que no desapareces, y el dolor empieza a retirarse poco a poco. Es el comienzo de la sanación, el inicio de dejar ir por fin; el comienzo de una nueva etapa donde empiezas a transitar la experiencia desde la aceptación, la resignificación. Encuentras un propósito en lo que ocurrió, lo integras con aprendizaje y empiezas a vivir con ello.
Con esta reflexión, lo único que quiero hacer es recordarte varias cosas:
1. El dolor va a ser inevitable, y si tienes una vida larga, te visitará en algún momento.
2. Lo segundo es que seguramente vas a pasar por las etapas de las que te hablo, y quiero que sepas que será normal.
3. Lo tercero es que cuanto más te entregues a transitar la tercera etapa —la de la tristeza, la de entregarte sin lucha a lo que te duele y a sentirlo—, más rápido cruzarás ese momento.
4. Finalmente, quiero que tengas presente que nunca estás solo. Siempre, siempre, siempre estamos acompañados; a veces, de personas cercanas, amigos, familia; otras, de gente que aparece justo en ese momento de la vida sin que te lo esperes, incluso sorprendiéndote.
También hay un mundo espiritual, ajeno a credos y religiones, que muchas veces nos negamos a sentir y reconocer, pero que está ahí, dispuesto a ofrecer ayuda y solo esperando que la pidamos.
PLG.
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