La vieja el visillo de la Historia

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78. MARGARITA DE AUSTRIA O EL ENIGMA DEL COLLAR DEPERLASPoco tiempo después de la muerte de Isabel La Católica, su marid...
02/06/2026

78. MARGARITA DE AUSTRIA O EL ENIGMA DEL COLLAR DE
PERLAS
Poco tiempo después de la muerte de Isabel La Católica, su marido, Fernando
El Católico, volvió a casarse.
En el contrato matrimonial se especificaba que el matrimonio no se hacía por
amor, sino por motivos de estado.
La nueva reina de Aragón era francesa y se llamaba Germana de Foix, tenía
dieciocho años y su único cometido era darle un hijo al rey, que ya estaba
entrado en años.
Fernando quería impedir así que el reino de Aragón cayera en manos de su muy
poco querido yerno, Felipe el Hermoso.
A los tres años de casada tuvo el ansiado hijo, pero murió al poco tiempo de
nacer y ya no volvió a quedarse embarazada: al rey le costaba cumplir con sus
deberes en la cama.
Por eso Fernando comenzó a tomar tintura de cantáridas, que se tenía por
afrodisíaco y que era en realidad un potente vasodilatador: lo que le produjo un
derrame cerebral y una hemiplejía que acabó con su vida en unos meses.
Muchos echaron la culpa a Germana, que estaba más deseosa que el mismo rey
en tener hijos, de darle una dosis excesiva de cantáridas, porque Germana, sin
hijos, lo perdía todo.
Su marido le había dejado una generosa renta de 50.000 florines, pero incluso
aquellas rentas dependían del beneplácito del futuro rey: Carlos de Gante.
Por eso, es fácil imaginar lo encantadora que debió ser Germana con Carlos
cuando se entrevistó con él en Valladolid: su bienestar económico dependía
totalmente de su decisión.
Carlos tenía diecisiete años, Germana veintiocho, y un gran encanto personal,
además ambos hablaban francés y eso encantó a Carlos, que no hablaba
español. Carlos se enamoró de ella y la hizo su amante. Al año, tuvieron una
hija a la que llamaron Isabel de Castilla.
Pero la nobleza y el clero estaban escandalizados: Germana era su abuelastra y
casi doce años mayor que él, de ninguna manera iban a consentir aquel
matrimonio ni que reconociera a su hija.
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Y si seguía en sus trece, ya podía despedirse de ser nombrado rey de España, le
recordaron que su hermano Fernando, criado en España por su abuelo, tenía
muchos partidarios.
Así que Carlos renunció a su amante, Isabel fue dada a un convento para que
las monjas la educaran y a Germana la casaron con Juan de Brandemburgo, del
sequito del rey.
Pero el nuevo marido murió pronto y según se dice, por abusar de los placeres
de la cama.
Germana, para desesperación de sus nobles, volvió a aparecer en la corte, y en
el casamiento de Francisco I, rey de Francia, iba colgada del brazo del rey. Así
que los nobles pidieron volver a casarla con Fernando de Aragón, duque de
Calabria y la enviaron a Valencia, lejos del rey.
Isabel se esfumó en el seno de la iglesia, que era la que recogía muchas veces
los hijos bastardos de los poderosos, pocos años después se dijo que Isabel
había mu**to y el olvido cubrió su recuerdo
Carlos I tuvo seis hijos dentro del matrimonio y cinco fuera de él, a saber:
Isabel, Margarita, Juana, Tadea, y el más famoso de todos: Juan de Austria.
A punto de morir en Yuste, reconoció a todos sus hijos, excepto a Isabel de
Castilla, que había sido su primera hija.
Sí reconoció que “estando en estas partes de Flandes, antes de que me casase y
desposase, hube una hija que se llama madama Margarita”
Aquella niña fue adoptada cuando tenía alrededor de cinco años por su tía-
abuela Margarita de Austria, gobernadora de los Países Bajos, que le dio su
nombre y la educó como a una persona noble, nunca tuvo que arrepentirse de
su decisión: Margarita era bella, encantadora y muy inteligente.
Margarita tuvo una juventud difícil: su padre la casó con Alejandro de Médicis,
un hijo natural que el papa había tenido con una sirvienta negra. Tenía entonces
trece años y tuvo que soportar el desprecio de su marido que vivía públicamente
con su amante Tadea Malaspina, pero once meses después Alejandro fue
asesinado y Margarita volvió a los Países Bajos, sólo para volver dos años más
tarde a Italia para casarse nuevamente con Octavio Farnesio, pero esta vez la
boda salió mejor.
Veinte años más tarde, su hermano Felipe II la hizo gobernadora de los Países
Bajos.
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Margarita era la madre de Alejandro Farnesio y hermana de Juan de Austria y
sus relaciones fueron siempre muy buenas.
De esos tiempos es el retrato que hizo de ella Antonio Moro, que a pesar de su
nombre españolizado, era holandés.
Moro estuvo un tiempo en España y era el pintor favorito de Felipe II, pero
cuando se enteró de que la Inquisición le estaba investigando por sus relaciones
con los protestantes (Moro había retratado a Guillermo de Orange) se marchó
a Holanda y no volvió a España a pesar de los ruegos del rey, siempre supo
darle alguna excusa.
En este retrato, Margarita luce un espléndido collar de perlas que le llega hasta
la cintura y que era propiedad de Germana de Foix.
Y aquí comienza el misterio.
Germana de Foix, Virreina de Valencia, murió a los cuarenta y ocho años en
Liria. En su testamento dice que deja a su hija Isabel:
“el hilo de perlas gruesas de nuestra persona, que es el mejor que tenemos y en
el cual hay ciento treinta y tres perlas”.
Si era verdad que Isabel había mu**to siendo una niña, ella tenía que saberlo, y
no le hubiera dejado aquel valioso collar a una persona mu**ta: sería un
sinsentido.
Si las perlas eran para Isabel ¿qué hacía Margarita con ellas?
Más bien parece que Germana sabía perfectamente que su hija vivía, convertida
ahora en Margarita de Austria y que el deseo de que su hija heredara sus perlas
se cumplió.
Es lógico pensar que el rey hubiera hecho desaparecer a su hija Isabel de
Castilla, donde nunca hubiera podido reconocerla, e inventado un idilio en
Flandes, de la que había nacido una hija, que reconoció sin problemas.
Así, la niña viajó desde España a los Países Bajos, fue educada por su tía abuela
y conocida como Margarita, mientras que Isabel moría en España para todos.
Pero en realidad, sólo podemos decir que Margarita fue retratada con aquel
esplendido collar por Antonio Moro. Nada más.
Para otros, Isabel de Castilla vivió hasta la edad adulta, aunque no se sabe la
fecha de su muerte, y se casó con Rodrigo Manrique de Acuña, hijo del
arzobispo de Sevilla.
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Bibliografía.
1- Pere María Orts. Las dos infantas ilegitimas que eran una.
2- Edmundo Fayanas Escuer. Germana de Foix: pasión sexual y poder
3- Antonio Moro. Biografía y vida.

74.SOFONISBA ANGUISSOLA: LA HISTORIA DE UN GRAN AMOR.Sofonisba Anguissola fue la mejor pintora de su tiempo, pero tuvo u...
20/05/2026

74.SOFONISBA ANGUISSOLA: LA HISTORIA DE UN GRAN AMOR.
Sofonisba Anguissola fue la mejor pintora de su tiempo, pero tuvo un
pequeño defecto: ser mujer.
Amílcar Anguissola, su padre, era un noble de Cremona, Italia.
Su familia era una apasionada de la cultura cartaginesa y de ahí los nombres
de Amílcar que él mismo llevaba, el de su hijo Asdrúbal y el de su padre
Aníbal.
Su primera hija debía seguir la tradición de los nombres cartagineses y se
llamó Sofonisba, como la reina que prefirió suicidarse antes que ser llevada
prisionera a Roma.
Aquel amor por la cultura cartaginesa denotaba un refinado nivel intelectual
y una amplitud de miras nada frecuente en aquella época que Amílcar
demostró al educar a sus hijas con la misma libertad que si fueran hombres.
Prueba de ello es un cuadro en la que Sofonisba juega al ajedrez con sus
hermanas Elena y Europa bajo la atenta mirada de la criada Cornelia.
El ajedrez se tenía como un juego de estrategia que los hombres debían saber
jugar, sobre todo si luego se iban a dedicar a las armas, pero se consideraba
que una mujer no era lo suficientemente inteligente para entenderlo ni lo iba
a necesitar para nada y por lo tanto no debía aprenderlo.
El matrimonio tuvo siete hijos: seis hijas y un hijo. Su padre animó a todos
por igual a estudiar y a dominar las bellas artes como la pintura o la música.
Su hermano Asdrúbal estudió latín y música y su hermana Minerva se hizo
escritora, sus otras hermanas demostraron como ella una gran destreza en el
dibujo y la pintura.
La mejor pintora resultó ser su hermana Lucia, pero murió joven.
Bernardino Campi era un afamado pintor de Cremona y su padre aprovechó
sus contactos para que Sofonisba, con tan solo catorce años, y su hermana
Elena asistieran a sus clases. Campi era un retratista y por eso las dos
adolescentes pudieron asistir a sus clases: una mujer tenía totalmente
prohibido asistir a lecciones de anatomía o ver a un hombre desnudo, solo
podía dedicarse al retrato o a los paisajes.
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Por supuesto que la mujer de Campi las acogió en su casa y cuidó de ellas
como si fueran su propia familia.
Sus hermanas dejaron la pintura para casarse y solo Sofonisba continuó.
A los diecinueve años ya era una pintora conocida y admirada y sus maestros
la animaron a marchar a Roma para conocer ni más ni menos que a Miguel
Ángel.
Miguel Ángel le propuso dibujar un niño llorando. Suponía que no superaría
el reto.
Sofonisba hizo un dibujo que representaba a su pequeño hermano Asdrúbal
mordido por un cangrejo. Una mujer joven acompaña al niño que parece
llorar asustado mientras trata de consolarlo.
Aquel dibujo, lleno de fuerza y belleza, sorprendió a Miguel Ángel que
durante más de dos años accedió a ser su maestro. Pero seguía siendo una
mujer: no podía pintar cuerpos desnudos, así que se centró en el retrato que
dominaba con gran maestría.
El Gran Duque de Alba estaba en Milán y deseaba hacerse un retrato. Alguien
le habló de la joven pintora y Sofonisba se desplazó a Milán para hacer aquel
encargo. El duque la encontró demasiado joven, pero a pesar de todo confió
en ella y le encargó su retrato.
Cuando lo vio terminado se quedó sorprendido; no era un retrato cualquiera.
Los ricos detalles dorados de la armadura, la composición de la figura
humana, al mismo tiempo grave y serena, los reflejos de la luz sobre el
pavonado del metal eran de un realismo que le entusiasmaron y decidió que
aquella joven debía viajar a Madrid y ser la pintora de corte de su señor
Felipe II.
El duque era un gran experto en pintura y aconsejaba a menudo al rey. Pero
esta vez el rey se negó a aceptar sus consejos: lo que sobraban en España
eran buenos pintores. Andaba mal de dinero (como siempre) y no necesitaba
para nada a una joven y desconocida pintora italiana.
Un año más tarde el duque de Alba se desplazó a Paris para realizar el
matrimonio por poderes entre Isabel de Valois y Felipe II.
Catalina de Medicis, madre de Isabel, era una mujer poco agraciada pero
muy inteligente y amante del arte y había trasmitido a su hija Isabel el gusto
por las bellas artes y sobre todo por la pintura y el dibujo.
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Entonces al duque, que no habia dejado de pensar en la joven pintora italiana,
se le ocurrió la idea de incluir a Sofonisba como dama de compañía de la
futura reina.
Catalina estuvo de acuerdo. Sofonisba era italiana como ella, de carácter
dulce y agradable y tenía veinticinco años, sería una buena compañía para su
hija que acababa de perder a su padre precisamente en el torneo para celebrar
su boda con el rey de España y ahora iba a dejar lejos también a su madre y
a su país.
Su hija solo tenía trece años y necesitaba alguien que cuidara de ella como
una hermana mayor. Ese fue el pensamiento de Catalina y no se equivocó,
Sofonisba e Isabel fueron siempre muy amigas, el gusto por el arte acabó de
unirlas. Por supuesto que la fiel criada Cornelia se fue con ella a la lejana
España.
Pero aunque Sofonisba era simplemente una dama de compañía de la reina,
pronto empezó a pintar a los personajes más importantes de la corte
comenzando por el rey y la reina. Sus cuadros tenían una viveza poco
habitual para la época, los retratos de juventud de Juan de Austria y de
Alejandro Farnesio son de una belleza sin igual, hasta el retratista oficial de
la corte, Alonso Sánchez Coello, estaba entusiasmado con ella.
Pero nunca firmó sus cuadros ni cobró por ellos, porque su trabajo, por el
que cobraba, era ser dama de la reina Isabel, lo demás era un “divertimento”.
Fueron años felices. La sombría corte del rey, en la que solo abundaban las
misas, se transformó en otra mucho más amable, con bailes, cacerías y
conciertos. El rey amaba profundamente a su joven esposa y no era capaz de
negarle nada, por lo que los gastos de la corte subieron de tal forma que el
tesorero se creyó obligado a informar al rey.
No consiguió nada, el retrato que Sofonisba hizo de Isabel de Valois
mostraba una riqueza tal en su vestido que sorprendió a todas las cortes
europeas.
Pero aquella felicidad duró poco: Isabel tuvo dos hijas y en el tercer
embarazo una insuficiencia renal acabó con su vida. Tenía veintitrés años.
Felipe quedó inconsolable y Sofonisba, por deseo del rey, se hizo cargo de
las pequeñas infantas y las cuidó como si fueran sus propias hijas.
Pero el rey necesitaba un heredero y solo tenía hijas. Volvió a casarse unos
años después con su sobrina Ana de Austria que, lógicamente, se hizo cargo
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de las infantas. Que las niñas repartieran su amor entre Sofonisba y su nueva
madre podría resultar embarazoso, era mejor alejarla de la corte.
Había que buscar un puesto honorable para Sofonisba que tan fiel había sido
y el rey pensó en casarla con un noble, lo cual era un gran honor para ella.
Sofonisba solo puso una condición: que su futuro esposo fuera italiano.
El elegido fue Fabricio de Montcada, noble italiano de origen catalán, hijo
del virrey de Sicilia. Fue una gran boda, el rey le concedió 12.000 escudos
de dote y una pensión anual de 1.000 ducados.
Tenía treinta y ocho años y no amaba en absoluto a su marido, pero no se le
hubiera ocurrido negarse a la boda porque los deseos del rey eran órdenes.
Claro que una cosa era que el rey le concediera una pensión y una dote y otra
que lo cobrara: el tesoro real dependía del oro de América y este llegaba tarde
muchas veces y cuando llegaba, otros gastos más importantes se anteponían.
Al cabo de seis años de esperas contínuas, Fabricio decidió viajar a la corte
española para requerir el dinero que se les debía, pero durante la travesía un
ataque de los piratas argelinos acabó con su vida.
Sofonisba tenía cuarenta y tres años, era una mujer mayor para la época y
nada la retenía en Palermo, así que al cabo de un año sin lograr que se le
pagara el dinero que se le debía, pensó en volver a Cremona y retirarse a
vivir apaciblemente junto a su familia.
Horacio Lomellini era el capitán del barco que debía llevarla de regreso a
casa. Durante el viaje comieron juntos y compartieron muchas horas, pero
era normal: la travesía era aburrida y Sofonisba era de trato muy agradable y
tenía muchas historias que contar de la corte madrileña. Horacio y ella
pasaban muchas horas juntos. Sofonisba nunca habia sentido aquella
sensación de felicidad que ahora sentía, pero no se hacía ilusiones, lo lógico
era pensar que a su llegada a Génova aquella camaradería acabaría, porque
Horacio era muy joven: tenía casi veinte años menos que ella.
Pero al llegar a tierra Horacio le declaró su amor y Sofonisba se dio cuenta
de que ella también estaba enamorada de Horacio y decidió casarse con él.
No era ni mucho menos una buena decisión y ella lo sabía.
Aquel matrimonio era escandaloso y hasta su hermano se opuso a él y buscó
el apoyo de la nobleza para impedirlo.
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El duque de Médici le escribió una carta reprobando su conducta, no podía
casarse con un hombre que era socialmente inferior a ella, más joven y
además bastardo, aunque su familia fueran banqueros genoveses.
El rey fue el más sorprendido de aquella locura de Sofonisba. Estaba seguro
de que aquel Horacio era un oportunista y un cazafortunas y solo quería
aprovecharse de la posición y el dinero de Sofonisba. No comprendía que
hubiera perdido la cabeza de aquella manera una persona tan inteligente y
sensata como ella.
Le escribió una carta en la que le decía que no podía casarse sin su permiso
y recordándole indirectamente que económicamente dependía de él.
Sofonisba le contestó pidiéndole perdón, pero su carta habia llegado tarde y
el matrimonio ya se había consumado: lo que Dios había unido no podían
separarlo los hombres. El rey era muy religioso y no tuvo más remedio que
aceptarlo
Puesto que el mal ya estaba hecho, solo quedaba esperar. En unos años
Horacio se cansaría de ella y entonces se daría cuenta de su equivocación.
Sofonisba no volvió a Cremona como era su primer deseo porque su familia
se avergonzaba de aquel matrimonio.
Vivieron primero en Génova y luego en Sicilia. Horacio siguió su profesión
de marino mercante y Sofonisba, que se había reconciliado con el rey, volvió
a pintar.
Y para sorpresa de propios y extraños formaron un matrimonio feliz y unido
que duró más de cincuenta años.
Su fama como pintora era reconocida en todas las cortes europeas.
Un año antes de su muerte, un joven Anton van Dick llegó hasta su palacio
de Sicilia para conocerla. Para entonces Sofonisba, que rondaba los noventa
años, ya no pintaba debido a que había perdido mucha visión por las
cataratas, pero su charla seguía siendo amena y le dio algunos consejos que
el pintor anotó en su cuaderno. Hizo el boceto del que luego sería su último
retrato: una sonriente anciana.
Siete años después de su muerte, coincidiendo con su centenario, su marido
mandó grabar en su tumba un hermoso epitafio: “A Sofonisba, mi mujer…
Horacio Lomellini, apenado por la pérdida de su gran amor, dedica este
pequeño tributo a tan gran mujer”
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Una bella historia de amor que ha quedado grabada en piedra para toda la
eternidad.
BIBLIOGRAFÍA.
1.ANA BELÉN GARCÍA FLORES. EL MITO DE SOFONISBA, LA
PINTORA QUE ROMPIÓ EL TECHO DE CRISTAL DEL
RENACIMIENTO.
2.MASDEARTE. SOFONISBA ANGUISSOLA; EL NATURALISMO
INNOVADOR.
3.ARTEHISTORI. SOFONISBA ANGUISSOLA. BIOGRAFÍA, LOGROS
Y CRONOLOGÍA.
4.THE ART MARKET. SOFONISBA ANGUISSOLA. LA MUJER MÁS
RE

76. LA GUARDIA MORA NO LA INVENTÓ FRANCO, SINO JUAN IIDE CASTILLA EN EL SIGLO XV.Aunque parezca mentira, la Guardia Mora...
10/05/2026

76. LA GUARDIA MORA NO LA INVENTÓ FRANCO, SINO JUAN II
DE CASTILLA EN EL SIGLO XV.
Aunque parezca mentira, la Guardia Mora se inventó en la Edad Media, y
por los mismos motivos que indujeron a Franco a tenerla a su servicio.
En 1906 el Tratado de Algeciras daba el protectorado sobre Marruecos a
Francia y España, si bien España obtuvo los territorios más pobres cercanos
a Ceuta y Melilla y Francia los más ricos.
Un año más tarde los marroquíes se sublevaron y comenzó una larga guerra
que duró veinte años y en los que España invirtió dinero y sobre todo vidas.
El descontento de los soldados españoles que no deseaban luchar en
Marruecos llevó a los militares a reclutar un ejército entre los propios
marroquíes: eran los Regulares.
La pobreza de la gente hacía que la milicia fuera una buena salida para los
hombres y los marroquíes ingresaron en los Regulares y en la Legión,
además de otros cuerpos.
Al acabar la guerra en Marruecos con el triunfo de España, no sin derrotas
tan significativas como la de Anual, los regulares se integraron en el ejército
español y en 1934 la república española, mandada por Lerroux, que en un
principio era un republicano de izquierdas y que luego se pasó a la derecha,
les usó como fuerza de choque en la represión del movimiento obrero
asturiano.
La república tenía miedo de que los soldados españoles se pusieran de parte
de los amotinados y por lo tanto fracasara su represión, pero el ejército
marroquí no tenía ninguna vinculación con los españoles ni con los ideales
de los insurrectos, lo que les convertía en los soldados perfectos, así que
fueron usados como fuerza de choque y su actuación fue brutal.
Franco decidió en 1936 sumarse a la rebelión armada y cruzó el estrecho
con 70.000 de estos soldados.
Lawrence de Arabia, cuando habla del ejercito árabe del que estuvo al frente
para ayudar a los ingleses en su lucha contra los alemanes en Oriente Medio,
describe un ejército muy parecido al que pasó el estrecho: una milicia
formada por hombres desde los doce o trece años, edad en la que se
consideraban hombres, hasta casi ancianos, mal vestidos y mal armados,
pero de una gran valentía (y ferocidad).
Desde luego que el ejército español no aceptaba a menores, pero muchos de
ellos mintieron sobre su edad: algunos tenían tan sólo 14 años cuando
pasaron el estrecho.
Estos soldados fueron utilizados como carne de cañón y luchaban casi
siempre en primera línea: se calcula que unos 5.000 murieron y muchos más
quedaron mutilados o inválidos.
Otras potencias europeas también usaron los soldados de sus territorios
conquistados: sin ir más lejos ahí tenemos a los famosos gurkas, soldados
nepalíes de reconocida combatividad, que Inglaterra utilizó en sus guerras
coloniales.
Después de finalizada la guerra, casi todos volvieron a su tierra natal, pero
Franco apreciaba mucho su fidelidad, fidelidad muy necesaria porque todas
las facciones que habían intervenido en la guerra querían el poder; no podía
fiarse de la gente que le rodeaba.
Pero sí se fiaba de los marroquíes, a los que conocía bien.
Aunque algunos tenían la nacionalidad española, se sentían marroquíes, no
eran cristianos sino fervorosos mahometanos y su fidelidad estaba sólo con
el jefe que les pagaba. (Pero por si acaso a alguien se le pudiera ocurrir la
idea de comprar su fidelidad, oficiales y suboficiales de la Guardia Civil, que
habían servido en el Protectorado de Marruecos, se pusieron al frente)
En 1939, tras la guerra, se creó la Guardia Mora con 80 soldados de elite
elegidos entre las tropas jalifianas. Iban a caballo, llevaban una larga lanza y
lucían un vistoso y elegante uniforme: turbante y capa blanca, chaqueta azul
y pantalones blancos con botas negras. El uniforme de gala constaba de fez
rojo, chaqueta roja, y pantalones, botas y capa blanca.
Sus caballos también iban ricamente enjaezados y ellos se sentían orgullosos
de su trabajo.
Aquella guardia personal, que dejaba atónitos a embajadores europeos y
americanos por su magnífica y aguerrida presencia, se mantuvo hasta 1957,
fecha en la que Marruecos obtuvo su independencia.
Después volvieron su tierra. Cuando llegó el momento de su jubilación se
dieron cuenta de que sus pensiones eran mínimas: de 100 a 200 euros, como
máximo.
(Claro que a los gurkas ingleses les fue peor: cobraron unos 40 euros.)
Y ahora retrocedamos al siglo XV.
Juan II y su hijo Enrique IV de Castilla fueron los verdaderos creadores de
la Guardia Morisca en el contexto de las guerras contra el reino de Granada.
Juan II y su hijo Enrique IV fueron los últimos reyes de la dinastía
Trastámara y su historia está ligada a la de Granada.
Juan II era hijo de Enrique el Doliente que había mu**to con tan sólo 27 años,
después de sufrir varias enfermedades, entre ellas el tifus y la viruela, lo que
justifica plenamente su cara seria y entristecida en los retratos de la época.
Cuando Juan sólo tenía dos años, su padre murió y su tío, Fernando de
Antequera, junto con su madre, fueron los regentes de Castilla.
Pero poco después Fernando era coronado como rey de Aragón, Valencia,
Mallorca y conde de Barcelona, con lo que su poder y riqueza se hicieron
iguales o superiores a los del rey de Castilla y León, porque además Fernando
nunca renunció a ser regente de Castilla, donde tenía grandes patrimonios
Sus primos Enrique y Juan, hijos de Fernando, se criaron en la corte con él,
pero nunca fueron amigos, sobre todo Enrique; su único amigo fue Álvaro
de Luna, al que quería como a un hermano y al que estaba muy unido.
A la muerte de su padre y de la reina regente, Enrique decidió apoderarse
““técnicamente” del trono de Castilla. Para ello raptó al rey y le obligó a
casarse con su hermana María, infanta de Aragón, mientras él se casaba con
Catalina, la hermana del rey castellano.
Consiguió incluso que las Cortes de Castilla convalidaran el rapto del rey;
muy pronto el próximo rey sería él.
Pero todos sus planes se vinieron abajo cuando Álvaro de Luna logró
rescatar al rey de su prisión. Enrique fue encarcelado y desposeído de sus
bienes y su mujer y sus nobles huyeron a Aragón, donde fueron protegidos
por el hermano de Enrique, el rey Alfonso el Magnánimo.
Pero las disensiones entre nobles aragoneses, castellanos y partidarios de
Álvaro de Luna eran evidentes y el rey no tenía un ejército leal a sus
intenciones.
Su debilidad se hizo evidente cuando, tras las reclamaciones del rey de
Aragón, tuvo que poner en libertad al infante Enrique y devolverle todas sus
posesiones y cargos, incluido el de maestre de la Orden de Santiago.
Pero la guerra entre Juan II y sus primos, los infantes de Aragón, continuó y
esto debilitó el poder real. Juan temía que sus nobles pudieran pasar de un
bando a otro. Su ejército en tiempos de paz no superaba los mil hombres, y
su guardia personal, los Monteros de Espinosa, eran unos cincuenta
solamente.
Necesitaba gente que le fuera fiel y que no se dejara seducir por las promesas
de unos y otros, que no tuviera familia o amigos en el bando contrario.
Entonces fue cuando, aconsejado probablemente por Álvaro de Luna, pensó
en contratar a los moriscos, ajenos a los problemas de los nobles castellanos
o aragoneses, igual que los venecianos habían contratado a los estradiotes,
los duros soldados griegos que procedían de las tierras que dominaban los
venecianos en el Mediterráneo, y los turcos habían reclutado a los jenízaros,
de origen cristiano.
El reino de Granada estaba en la frontera y los nobles musulmanes estaban
tan divididos como los cristianos; Juan pensaba que muchos de ellos
desertarían si les daba una buena paga, y como no les importaban las
banderías de los nobles, sólo le serían fieles a él.
En el reino de Granada las cosas no iban mejor; allí la división se establecía
entre los nazaríes, árabes descendientes de los Omeyas, de raza blanca, cultos
y tolerantes con algunas leyes del profeta, como el vino, las mujeres y las
fiestas y los descendientes de los benimerines, procedentes de África, de piel
oscura, mucho más intransigentes que los nazaríes pero con un gran peso en
el ejército.
Las luchas por el poder entre ambos bandos determinaron que algunos de los
vencidos cruzaran la frontera para ponerse al servicio de los cristianos y Juan
II y luego su hijo Enrique IV aprovecharon la ocasión para contratarlos.
Los soldados moriscos eran muchas veces nobles, que gustaban de vestir
bien y exhibir su riqueza, cosa que por otra parte no molestaba en absoluto
al rey cristiano, porque la “librea” o uniforme, generalmente vistoso y rico,
no hacía sino resaltar su propia importancia y riqueza.
Los caballeros moriscos (porque todos iban a caballo) cobraban un salario
también llamado “ración morisca” en maravedíes y a veces también se
añadían al cobro varias varas de tela, algo más apreciado que el dinero por
su rareza.
Estos mudéjares (musulmanes que vivían en territorios cristianos) no tenían
que renegar necesariamente de su fe, aunque muchos sí cristianizaron sus
nombres y algunos de ellos volvieron a Granada cuando el momento político
les fue propicio.
La Guardia Morisca, con sus vistosos uniformes “a la morisca” y sus
enjaezados caballos, rodeaban al rey dándole protección y realzando su
importancia.
A la muerte de Juan II, su hijo Enrique IV continuó teniendo a su servicio
personal la Guardia Morisca que quedó integrada en el ejército real.
Cuando Enrique IV se entrevistó con el rey de Francia Luis XI, se llevó su
Guardia Morisca para impresionarle, pero los franceses no vieron con buenos
ojos que algunos de aquellos soldados fueran negros ni que Enrique y sus
nobles se vistieran a menudo como ellos, con hermosos trajes de seda
bordada según la moda granadina, mucho más ricos que los suyos, ni mucho
menos que Enrique hubiera adoptado muchas costumbres árabes.
Los caballeros moriscos no reparaban en gastos en su armamento: llevaban
una adarga o escudo de piezas de cuero cosido, forrado generalmente de tela
bermeja con vistosos cordones de seda roja, lanza, espada granadina y
espuelas.
Montaban “a la jineta”, es decir, con una silla cuya parte delantera era muy
alta y los estribos cortos, lo que les hacía cabalgar con las piernas encogidas,
pero que les permitía utilizar la lanza con mucha agilidad y precisión.
A partir de 1466 no hay constancia escrita de que se les pagaran “raciones”
a la Guardia Morisca, lo cual quiere decir que el rey Enrique la disolvió, ocho
años antes de su muerte.
Algunos de ellos se quedaron a luchar en la frontera, otros, como García
Ramírez de Jaén, desarrollaron misiones diplomáticas ante los reyes de
Granada.
Claro que para entonces Enrique tenía otros problemas.
Enrique, igual que su padre, también tuvo un gran amigo: se llamó Beltrán
de la Cueva, pertenecía a la nobleza menor y el rey lo encumbró a los más
altos puestos con gran disgusto de sus nobles.
El rey no pudo consumar el matrimonio con su primera mujer, Blanca de
Navarra y se divorció para casarse con Juana de Portugal con la que esta vez
sí tuvo una hija.
Pero la nobleza, descontenta, lo acusó de homosexual y de que Beltrán se
acostaba tanto con él como con la reina y llamaron a la princesa Juana “la
Beltraneja”. Juana nunca llegó a reinar. El trono, tras varios años de lucha,
pasó primero a su medio hermano Alfonso que reinó menos de tres años y
cuya muerte se sospecha que se produjo por envenenamiento.
Entonces Castilla, pasó a manos de su hermana Isabel, más conocida como
Isabel la Católica. Pero eso es otra historia.
BIBLIOGRAFIA.
1. LA RAZÓN. LA GUARDIA MORA DE FRANCO: DE CARNE DE
CAÑON A ESCOLTA EXCLUSIVA.
2. CRONICA. EL DERECHO A LA PENSIÓN.
3. ANA ECHEVARRIA ARSUAGA. LA GUARDIA MORISCA; UN
CUERPO DESCONOCIDO DEL EJERCITO MEDIEVAL
ESPAÑOL.
4. ANA ECHEVARRIA ARRSUAGA. CABALLEROS EN LA
FRONTERA: LA GUARDIA MORISCA DE LOS REYES DE
CASTILLA.
5. REVISTA DE HISTORIA. ENRIQUE IV EL IMPOTENTE.

PEDRO BLANCO: EL ESPAÑOL QUE SE HIZO DE ORO TRAFICANDO CON LOS NEGROS.POR NISSIM DE ALONSO.Esta es la extraña historia d...
01/05/2026

PEDRO BLANCO: EL ESPAÑOL QUE SE HIZO DE ORO TRAFICANDO CON LOS NEGROS.

POR NISSIM DE ALONSO.

Esta es la extraña historia de un hombre que nació pobre, se hizo riquísimo y murió solo y demente antes de cumplir los sesenta años, ingresado en un manicomio y cuya vida es un compendio, desde su juventud, de atrocidades sin cuento.
Pedro Blanco Fernández de Trava nació en Málaga en 1795 con mala estrella, porque su padre, un simple patrón de falucho, dejó embarazada a su madre que pertenecía a una familia de la burguesía malagueña, la familia no aceptó aquella unión tan desigual y la repudió, lo que hizo que su madre tuviera que vivir en el barrio marinero del Perchel de una forma mucho más modesta a la que estaba acostumbrada.
Pero la mala suerte continuó y su padre murió antes de que él naciera, dejándolos en la miseria.
El hermano de su madre, Fernando, que era capitán de la marina, se hizo cargo del niño y le pagó los estudios y más tarde la Escuela Náutica para que se convirtiera en un hombre honrado y capaz, pero no le fue fácil vivir en aquel ambiente provinciano y pacato en la que se le consideraba un bastardo: sus profesores y sus compañeros le hicieron la vida imposible.
Al final todos los esfuerzos de su tío quedaron en nada porque a los catorce años Pedro tuvo que huir de Málaga por un tremendo escandalo que conmovió a todos sus conocidos: Pero habia dejado embarazada a su hermana Rosa.
Ese fue su primer tropiezo con la ley, pero no el último.
Se embarcó como polizonte en un barco y durante nueve años aguantó todo lo que un marinero sin fortuna debía soportar, conoció los terroríficos mares de Terranova, el trabajo exhaustivo y el hambre, pero sobrevivió a todo y a los veintidós años Pedro habia llegado a reunir un pequeño capital, era capitán de una goleta y estaba decidido a hacerse rico. Y lo más fácil era comerciar con Cuba como hacían muchos mercaderes españoles.
La industria azucarera de Cuba era muy importante porque todo el azúcar provenía en aquellos momentos de la caña de azúcar y no de la remolacha cuyo cultivo se produjo más tarde. Los grandes ingenios azucareros precisaban una ingente mano de obra y la trata de esclavos era algo totalmente legal y que no solo hacían los españoles: americanos, ingleses, portugueses y holandeses proveían el mercado de trabajadores negros que provenían de África.
En la Habana conoció a Joaquín Gómez, un santanderino que se habia enriquecido con el negocio de esclavos hasta el punto de haber fundado el primer banco de Cuba y haber comprado un título de marqués para su hijo, pero un antiesclavista le arrojó acido sulfúrico a la cara y Gómez quedo ciego y tuvo que buscar a alguien que le ayudara a llevar el negocio.
Y allí estaba Blanco, arrojado, con nuevas ideas, inteligente y deseoso de aprender el oficio, muy pronto capitaneó la nave Barbarita de Gómez y aprendió el oficio de negrero conociendo a los negreros más importantes de la época, como Reeves o Cha-Cha.
Reeves era un inglés rubio y de ojos azules que tenía su “negocio” en Recife, Brasil, y lo llevaba de una manera que lo mejor que se puede decir de él es que era peculiar: lo peor no tiene nombre.
Vivía en una extensa finca fortificada donde vivían hombres y mujeres negros en recintos separados, pero a los que usaba cuando le convenía para procrear esclavos “especiales” que en muchos casos eran hijos suyos: los esclavos mestizos con ojos azules, por ejemplo, eran un capricho carísimo que entonces se compraba sin ningún escrúpulo, lo mismo que hoy se compraría un perro de raza selecta.
Además, “producir” los esclavos in situ ahorraba los costes del viaje y las muertes por enfermedad durante la travesía que podían llegar hasta el veinte por ciento debido a las duras condiciones en las que viajaban aquellos desgraciados.
Comenzó a hacer sus primeros viajes como negrero para Gómez llevando doscientos hombres en cada viaje a la Habana y cuando se dio cuenta de los enormes beneficios que podía conseguir, compró un barco, el Conquistador. Ese fue su primer barco, luego compraría muchos más para dedicarse por su cuenta al negocio de la esclavitud.
Se trasladó a África y durante un tiempo fue capataz del negrero Sousa.
Francisco Felix de Sousa, apodado Cha-Cha, era un portugués que tenía su negocio en Benín, África.
Dominaba totalmente el negocio de le trata de esclavos, pero pronto se dio cuenta Blanco de los problemas del “negocio” tal como estaba planteado.
Los barcos arribaban a los puertos y tenían que esperar a que el suministro de esclavos fuera suficiente para llenar el barco. Como la provisión de esclavos dependía de las capturas que los jefes hicieran de sus enemigos en las guerras tribales, a veces la espera podía llegar a los seis meses, con el peligro que eso suponía para los cautivos que permanecían hacinados en malas condiciones durante meses y para la tripulación de los barcos que enfermaban frecuentemente de malaria, dengue, o fiebre amarilla.
Pedro, que tenía una mente brillante para los negocios, estudió a fondo cada problema y al final llegó a la conclusión de que las factorías donde se guardaran a los negros debían estar muy cerca del mar (Benín estaba en el interior), habia que conseguir un flujo estable de esclavos y se debía aumentar la cantidad de esclavos que cada barco debía transportar y hacer el viaje lo más rápido posible.
La rapidez del viaje no solamente le preocupaba porque un viaje lento aumentaba el número de esclavos fallecidos, sino por el peligro que cada vez más representaba la armada inglesa para los barcos negreros.
Tomada su decisión, se despidió de Sousa, organizó su propio negocio y buscó un asentamiento en África cercano al mar para que la carga de los barcos fuera lo más rápida y fácil posible.
El sitio ideal lo encontró en la desembocadura del rio Gallinas, cerca de Liberia y Sierra Leona, aquel estuario lleno de islas era un lugar insalubre repleto de manglares y mosquitos, razón por la que los barcos de la armada inglesa que reprimían el contrabando de esclavos, no solían adentrarse en él.
Compró varias islas, en la mayor de todas ellas, Lomboko, construyó un impresionante fortín amurallado con múltiples barracones que podían llegar a albergar hasta cinco mil negros.
En otra isla se construyó su casa y se hizo su propio harén, quizás con la misma intención que Reeves.
Aparte en otra isla estaban las oficinas del negocio, las casas de los trabajadores blancos también estaban fuera de Lomboko. Incluso llegó a tener una herrería para fabricar cadenas y grilletes.
Para obtener la “mercancía” se puso de acuerdo con el jefe de la tribu Vai, llamado Siaka que vivía en la costa. Le propuso darle armas de fuego con lo que la victoria sobre otras tribus estaba asegurada y comprarle todos los prisioneros que hiciera, hombres mujeres y niños, siempre que fueran sanos y fuertes. El pago no se hacía en dinero sino en ron, bisutería, pólvora y cualquier capricho que quisiera de Europa, esto aumentaba las ganancias de su comercio.
El precio de un esclavo en Gallinas era el equivalente a veinte dólares, ese mismo esclavo en cuba valía trecientos cincuenta: un negocio redondo.
Construyó faros por todo el rio para avisar a sus compradores ya que la carga de los barcos siempre se hacía de noche; una sola luz significaba adelante, dos luces que debían esperar al día siguiente para cargar y tres luces que debían huir a toda prisa.
La organización fue un éxito y muchos esclavistas le compraban a él por las seguridades que daba, muy pronto Blanco fue conocido como “el mongo (jefe) de Gallinas” y otros jefes de tribu también le trajeron a sus prisioneros. Tan bueno era el negocio de capturar esclavos que las tribus abandonaron otros trabajos menos productivos como el cultivo y eso llevó al hambre en unos años.
Blanco era ahora millonario y su dinero estaba invertido en los mejores bancos europeos, otro negrero menos afortunado que él lo llamó con envidia “el Rostchild de la esclavitud”, sus esclavos se vendían en Cuba, Estados Unidos y Brasil, pero cada vez los ingleses estrechaban más el cerco en torno a los negreros y Pedro decidió vender el negocio a su capataz Pedro Martínez y retirarse a disfrutar de su dinero. Solo se llevó de Gallinas a una hija mulata a la que llamó Rosa en recuerdo de su hermana.
Se fue a Cuba donde ya conocía gente y la sociedad era tolerante con los negreros. Su hija Rosa no llamaba la atención; habia muchos mulatos en Cuba. Fueron momentos de gloria, se casó con una mujer de la buena sociedad y además el ministro Esparteros le nombró Intendente de la Armada por las informaciones que favorecieron a la armada española frente a los ingleses, pero su participación en la Revuelta de los Negreros hizo que Esparteros le retirara el nombramiento apenas un año después de habérselo dado.
Tampoco su nombre en la sociedad estaba bien visto, le acusaron de as*****to, violación y homosexualidad y su mujer se quejó de hacerle presenciar cómo hacía el amor con otros hombres, además de tratarla de forma violenta.
La presión social le obligó a dejar Cuba y se vino a Barcelona donde compró una casa en el barrio de San Gervasio, en la parte alta de Barcelona, aquella ciudad era grande y cosmopolita y no pueblerina y chismosa como La Habana, pasaría desapercibido.
La sociedad catalana no tenía ningún prejuicio contra la esclavitud, desde luego, muchos comerciantes catalanes se habian enriquecido con ese comercio, pero lo que no estaban dispuestos era a aceptar una mulata y tratarla como una blanca; Pedro se vio relegado de muchas fiestas y su carácter, ya de por sí violento, empeoró mucho.
Además algunas malas inversiones para intentar blanquear el origen de su fortuna, habian disminuido peligrosamente su dinero.
Vivir con él era un in****no y su mujer acabó denunciándole por sus malos tratos y por derrochar el dinero de la familia.
Es posible que alguna enfermedad tropical como la malaria o el dengue le produjera una afectación cerebral que degenerara en locura y que la posible toma de opiáceos lo empeorara porque su deterioro mental fue muy rápido; se escapaba de casa a medio vestir, gritaba a la gente con la que se cruzaba por la calle, era violento con todo el mundo.
Lo ingresaron en la unidad psiquiátrica del Hospital de San Pablo pensando que quizás alguna medicación podría mejorar su demencia, pero aunque tenía periodos de lucidez, su empeoramiento era evidente.
Hasta su psiquiatra se sorprendía de la crudeza de sus recuerdos, una vez le contó que durante una travesía tiró al mar al hijo pequeño de una esclava porque su llanto no le dejaba dormir la siesta.
Murió en una institución mental a los cincuenta y siete años, totalmente demenciado, pobre y abandonado de su familia.
No se sabe donde está enterrado ni qué fue de su mujer y su hija.


BIBLIOGRAFIA.

1. EL GRAN CAPITAN. LOMBOKO, EL REINO NEGRO DE PEDRO BLANCO.
2. VICTORIA. GÓMEZ. PEDRO BLANCO, EL MALAGUEÑO MÁS INFAME.
3. RAMON TRIVIÑO. EL TRAFICANTE DE ESCLAVOS MALAGEÑO.
4. GUSTAU NERIN. PEDRO BLANCO, EL MALVADO MÁS PÉRFIDO DE BARCELONA

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