19/06/2026
Cuando observamos estas piezas vemos joyas, pero también vemos fragmentos de una historia mucho más antigua.
Muchos de sus símbolos hunden sus raíces en las culturas túrquicas de Asia Central, donde los signos grabados en piedra, metal o madera no eran simples adornos: transmitían identidad, protección, creencias y memoria.
Los caballos, presentes en varias de estas piezas, ocupaban un lugar fundamental en la vida de los pueblos nómadas. Eran símbolo de libertad, fuerza, movimiento y conexión con los vastos horizontes de las estepas. En muchas tradiciones chamánicas, además, el caballo era considerado un compañero espiritual capaz de acompañar al alma en su viaje entre mundos.
Algunos de los grabados geométricos recuerdan a antiguos tamgas, marcas utilizadas por clanes y tribus para expresar pertenencia e identidad. Otros evocan las antiguas inscripciones túrquicas, cuyos signos aún hoy nos hablan de una cultura profundamente ligada a la naturaleza, al cielo y a los ancestros.
También encontramos motivos que nos recuerdan a los tambores ceremoniales de los chamanes turcos. Más que instrumentos musicales, eran herramientas sagradas que acompañaban rituales, ceremonias y viajes espirituales. El ritmo del tambor representaba el latido que une el mundo visible con el invisible.
Soles, animales, signos ancestrales y símbolos protectores se reúnen en estas piezas de plata con baño de oro para recordarnos algo que a menudo olvidamos: durante miles de años, los seres humanos hemos utilizado los símbolos para contar quiénes somos y de dónde venimos.
Por eso me gusta pensar que cada uno de estos colgantes es mucho más que una joya.
Es una pequeña pieza arqueológica que sigue contando historias. ✨