18/06/2026
LA LECHERA
Una fabula de Esopo
El sol apenas asomaba entre las colinas cuando la joven campesina salió de la granja. Sobre su cabeza, perfectamente equilibrado, llevaba un gran cántaro de arcilla lleno hasta el borde con la leche más blanca y cremosa de la comarca. Su destino era el mercado del pueblo, y su paso era ligero y alegre, contagiado por el frescor de la mañana.
A medida que avanzaba por el sendero solitario, el suave chapoteo del líquido dentro del cántaro empezó a arrullar sus pensamientos. La joven, que era tan trabajadora como soñadora, no tardó en dejar volar su imaginación.
—Esta leche es de una calidad excelente —se dijo a sí misma en voz baja, con una sonrisa—. En el mercado me darán un gran precio por ella. Sí, estoy segura de que conseguiré bastantes monedas de plata.
Miró las nubes y continuó hilando sus pensamientos con entusiasmo:
—Con ese dinero, iré directamente al puesto del avicultor y compraré tres docenas de huevos. Los pondré a empollar con gran cuidado en el rincón más cálido del granero. Para el verano, tendré el patio lleno de hermosos pollitos piando y corriendo de un lado a otro. El zorro no se llevará ni uno solo, porque los cuidaré noche y día.
El camino se hacía más corto mientras su mente construía un futuro espléndido:
—Cuando los pollitos crezcan y se conviertan en robustos gallos y gallinas, los llevaré al mercado. Los venderé todos a muy buen precio. Con esa fortuna, me compraré el vestido de seda más hermoso que se haya visto jamás, de un color verde brillante, y unos zapatos con hebillas de plata para la gran feria de la primavera.
Se imaginó a sí misma entrando al baile del pueblo, deslumbrante y radiante.
—Todos los jóvenes querrán bailar conmigo —pensó con orgullo—. Se acercarán uno a uno a pedir mi mano. Pero yo no se la daré a cualquiera. Seré exigente. Cuando el hijo del alcalde me pida una pieza, simplemente lo miraré, levantaré la barbilla y le diré que no, haciendo un gesto así con la cabeza...
Absorta en su propia fantasía, la muchacha imitó el gesto y movió la cabeza con desdén.
Fue un error fatal. El cántaro, que dependía de su perfecto equilibrio, se deslizó de golpe. En ese mismo instante, su pie tropezó con una piedra saliente del camino. La joven tambaleó, estiró los brazos al aire, pero ya era tarde.
El cántaro cayó al suelo y se rompió en mil pedazos con un ruido seco.
La blanca leche se derramó rápidamente, siendo absorbida por el polvo sediento del camino. La muchacha se quedó de rodillas, contemplando el desastre con los ojos llenos de lágrimas. En un abrir y cerrar de ojos, la tierra se había tragado la leche, y con ella, los huevos, los pollitos, las gallinas, el vestido verde, los zapatos de plata y toda su felicidad imaginada.
Regresó a la granja con las manos vacías, aprendiendo a la fuerza que no se deben contar las ganancias del mañana cuando ni siquiera se ha asegurado el día de hoy.