18/03/2025
GUATEMALA: ENTRE EL SEGURO OBLIGATORIO Y LA CEGUERA VOLUNTARIA
Carlos R. Paredes
18 de marzo de 2025
El asfalto guatemalteco se ha convertido en un hervidero de ira. El 18 de marzo de 2025, la capital y sus alrededores son un escenario de caos, donde el ruido de las bocinas se mezcla con el clamor de miles que se resisten a la nueva imposición: el seguro obligatorio de responsabilidad civil para todos los vehículos. Una medida que, en teoría, busca proteger a las víctimas de los más de 7,000 accidentes viales anuales, pero que en la práctica ha desatado una ola de descontento que revela las profundas fisuras de nuestra sociedad. La medida, publicada en el Diario de Centro América, exige que cada conductor posea una seguro que cubra cualquier daño material o personal que su vehículo cause.
La realidad es que el seguro obligatorio, concebido como un escudo protector, se ha convertido en un arma de doble filo. Los deducibles exorbitantes dejan a las víctimas de accidentes menores en un limbo, obligándolas a costear reparaciones que deberían estar cubiertas. Mientras tanto, la sombra de la informalidad se extiende, dejando a miles de conductores sin la posibilidad de acceder a una protección que se ha vuelto obligatoria. Datos recientes revelan que más de un 60% de los vehículos en Guatemala circulan sin seguro, exponiendo a la población a un riesgo constante. Para un motociclista que gana el salario mínimo, o un transportista que apenas cubre el combustible, el costo adicional del seguro es un golpe directo al mentón. En un país donde según el Banco Mundial el 59% de la población vive en pobreza, el seguro obligatorio no es solo una regulación, afecta directamente la economía personal. Las carreteras bloqueadas son el grito de quienes se sienten asfixiados por una medida que, aunque justa, parece ignorar su lucha diaria. El sistema ya muestra fisuras alarmantes. Los buses de pasajeros, que circulan con seguros, enfrentan un deducible mínimo de Q4,000 por accidente. ¿Un parabrisas roto? Q3,500. ¿Un guardafango abollado? Q1,200, son daños menores que no sobrepasan el deducible y entonces el seguro no los cubre.
Pero ¿dónde está esa misma indignación cuando se trata de la corrupción que carcome nuestras instituciones? La Ley Electoral y de Partidos Políticos (LEPP), un vestigio de un sistema obsoleto, permite que la clase política se perpetúe en el poder, saqueando los recursos del Estado mientras el pueblo lucha por sobrevivir. El caso de la "alfombra mágica", que destapó el desvío de Q122 millones en contratos ficticios, es solo la punta del iceberg de una corrupción sistémica que nos condena al subdesarrollo. Guatemala se encuentra en el puesto 149 de 180 países en el índice de percepción de corrupción de Transparencia Internacional, un claro indicador de la gravedad del problema. La elite extractiva, como la llaman Acemoglu y Robinson en POR QUÉ FRACASAN LOS PAÍSES, nos ha condenado al subdesarrollo, saqueando nuestros recursos mientras es el pueblo quién paga las cuentas.
La corrupción no es un monstruo lejano, es un depredador que se alimenta de nuestra apatía. Cada quetzal desviado, cada contrato fraudulento, se traduce en menos hospitales, menos escuelas, menos oportunidades. La LEPP es el cordón umbilical que conecta a la clase política con el poder, y mientras no lo cortemos, seguiremos siendo rehenes de un sistema que nos explota. Reformar la LEPP para depurar el sistema político es urgente, pero no hay marchas, no hay bloqueos, no hay furia.
Si somos capaces de movilizarnos por nuestros bolsillos, ¿por qué no podemos hacerlo por nuestro futuro? Imaginemos las calles tomadas por una ciudadanía exigiendo una LEPP transparente, justa y equitativa. Imaginemos un Congreso sitiado por la indignación popular, exigiendo cuentas a quienes han traicionado nuestra confianza y representación. Según una encuesta reciente, el 85% de los guatemaltecos está de acuerdo con la necesidad de reformar la LEPP, pero solo el 15% cree que los políticos actuales tienen la voluntad de hacerlo.
Es hora de despertar del letargo y darnos cuenta de que el verdadero enemigo no es el seguro obligatorio, sino el silencio cómplice que nos condena a la miseria y la desigualdad. Despertemos: el verdadero enemigo y lo que debemos cambiar no es el seguro obligatorio, es el silencio que nos condena.