22/03/2021
Circo de semáforo
Como otra manifestación de la economía informal en las grandes urbes aparecen los malabaristas, saltan al rojo intermitente buscando el sustento, la moneda que permita la supervivencia diaria, que de fuerza al andar citadino, una lucha titánica por captar la atención, donde dia a dia se refleja el valor y se combate el miedo, el hambre, a cambio de una transformación casi mágica, idílica, por un espacio saturado de ruido caótico; pero justo ahí, es donde aparece el artista, con sus malabares, tomando el asfalto, haciendo su acto en los semáforos, que dura unos minutos, pero que se vuelve eterno en el tiempo, a veces aplaudido y reconocido con unas monedas, otras desapercibido, fugaz e inexistente, indeseable pero real y tangible.
Hacen su presencia, están ahí, en ciudades que ya no tienen exclusividad solo a los peatones en los semáforos, donde el tiempo es administrado por la marcha incesante de los segunderos entre el verde y el rojo, lugar donde poco importa el rigor burocrático de los horarios de oficina o esa marcha incesante del caos citadino, aquí se malabarea la vida, no con pelotas, clavas o aros, sino con la precisión de un cirujano que calcula el tiempo entre los verdes y rojos de los semáforos, para lograr el ejercicio perfecto, que pueda transformar el dia, tan efímero e imprevisto.
El semáforo, maestro de ceremonias en la ciudad moderna, marca el ritmo de la vida del conductor, que debe frenar y acelerar, moderarse y estar atento al cambio de luces, acosar con el claxon, si el stop supera el tiempo permitido al rojo, o reanudando de golpe la marcha, cuando se deja sorprender por el verde, que enmarca esta prisa por pisar el acelerador a fondo y ser parte de este caos, que como música, es precisa y armoniosa, un todo o nada para el artista, que junto al peatón y el automovilista, luchan por ganarle el paso a las señales, poder determinar su lucha por ese espacio sin dueño, apañarlo porque el semáforo, es el gran escenario de quienes ven en esa pausa obligada, una forma para ganarse la vida y hacerlo un escenario y deleite de todo aquel que se atreva a mirar, mientras el semáforo se mantenga en rojo.
Hay más vida en los espectáculos marginales que la gran mayoría de los que ya se sienten artistas consagrados y terminan fosilizando, víctimas de su solemnidad y acartonamiento burocrático.
El arte, ya sea del circo o del teatro tienen su raíz, desde la marginalidad y se deben al espíritu del gozo y la vida, sin ser cautivos del elitismo social.
Celebrando la vida y la libertad.
Foto Sergio Rey Pinterest
Texto Erick Murias.