03/07/2026
El primer día que puse mi puesto se me cayó el primer cartón de papas al suelo. Ya estaban fritas, ya estaban en sus bolsas cerradas listas para que el cliente les pusiera lo que quisiera, su sal, su limón, su salsa inglesa, su salsa picante, lo que se le antojara. Me agaché a recogerlas del pavimento una por una mientras la gente pasaba por la banqueta sin voltear a verme, y cuando las tuve todas en las manos me quedé parada un momento mirándolas. Estaban sucias. Tenían tierra y basura de la calle pegada en las bolsas.
Las tiré al bote de basura que estaba a dos metros.
Eran cuatro bolsas chicas a $15 y dos grandes a $55. Solo papas, nada más adentro. Eso era $170 pesos de venta que se fueron al bote antes de haber cobrado un solo peso. Los insumos de esas bolsas, la papa más el aceite más las bolsas, me habían costado producirlos como $43 pesos. No era una fortuna pero era dinero que yo no tenía para tirar porque había salido de casa con lo justo y nada sobraba.
Me quedé parada junto al bote unos segundos. La gente seguía pasando. Nadie me volteó a ver.
Luego fui a la cajuela de la combi que me había prestado mi cuñado, saqué más papas crudas, encendí de nuevo el quemador y empecé desde cero. Las manos me seguían temblando pero ya no había tiempo para el miedo.
Eso fue hace seis años. Hoy tengo dos puestos, una empleada de medio tiempo, y mis hijos ya no pasan hambre. Pero no voy a contarles el final antes de contarles cómo empezó.
Me llamo Refugio, aunque toda la vida me han dicho Cuca, y tengo 51 años. Estuve casada diecinueve años con Ismael, que era mecánico en un taller de la colonia y que el día que cumplimos dieciocho años de casados me dijo que se iba. Así. Sin pleito previo, sin señales que yo hubiera visto, sin que nada en ese martes ordinario de febrero indicara que iba a ser el día que mi vida se iba a partir en dos.
Llegó del trabajo, se sentó a cenar, comió en silencio, y cuando yo estaba lavando los platos me dijo desde la mesa: "Cuca, me voy. Ya encontré otro lugar donde vivir. Mañana vengo por mis cosas."
Me quedé con las manos en el agua jabonosa sin voltear.
"¿Qué dijiste?"
"Que me voy."
"¿A dónde?"
Tardó.
"Con Marisela."
Marisela era la hermana de su cuñado. La había visto tres o cuatro veces en reuniones familiares. Una mujer de unos 35 años, once menos que yo en ese entonces. Nunca me había dado mala espina porque nunca me había dado espina de ningún tipo. Así de poco había visto yo lo que estaba pasando 😔
No grité. No lloré en ese momento. No sé por qué. Me sequé las manos con el trapo de la cocina, me senté frente a él en la mesa, y le dije: "¿Cuánto tiempo llevan?"
"Ocho meses."
"¿Y mis hijos?"
"Los voy a seguir manteniendo."
"¿Y yo?"
No contestó eso.
Mis hijos eran en ese entonces Óscar de 17 años, Brenda de 14 y el más chico, Toño, de 9. Tres hijos, una casa rentada en $4,500 pesos al mes, y yo que en diecinueve años de matrimonio había trabajado de vez en cuando limpiando casas pero que los últimos cinco años no había salido a trabajar porque Ismael decía que él podía con todo y que para qué trabajaba yo si los niños me necesitaban en casa.
Para qué trabajaba yo.
Esa frase me pesó mucho en los meses que siguieron 😔
Ismael se fue al día siguiente con tres bolsas de ropa y una caja de herramientas. Les dijo a los niños que los iba a ver seguido, que nada iba a cambiar entre ellos, que papá y mamá ya no iban a vivir juntos pero que los dos los querían igual. Toño lloró. Brenda se metió a su cuarto. Óscar lo vio irse desde la puerta sin decir nada, con esa cara que tienen los hijos cuando están procesando algo demasiado grande para su edad.
Cuando Ismael salió y la puerta se cerró, Toño se me colgó del cuello llorando y yo lo cargué aunque ya tenía nueve años y estaba pesado, y le dije que todo iba a estar bien mientras yo trataba de creerme mis propias palabras 💔
Los primeros meses cumplió. Mandaba $6,000 pesos al mes para los niños. Con eso y con lo que yo junté limpiando dos casas íbamos saliendo. Justo, pero salíamos.
Al cuarto mes mandó $4,000. Al sexto mandó $3,500. Al octavo me habló para decirme que Marisela estaba embarazada y que iba a tener que ajustar porque tenía más gastos. Le dije que sus hijos también tenían gastos. Me dijo que lo entendiera, que estaba haciendo lo que podía.
Lo entendiera.
Diecinueve años, tres hijos, y me pedía que lo entendiera 😔
Fue entonces cuando entendí yo algo: que si esperaba a Ismael para salir adelante, no iba a salir. Que la única persona que iba a sacar a mis hijos adelante era yo. Y que para hacer eso necesitaba dinero, y que para tener dinero necesitaba trabajar, y que para trabajar necesitaba algo que pudiera hacer con lo que tenía.
Lo que tenía era ganas y miedo. Nada más.
Mi vecina Esperanza, que tiene un puesto de jugos desde hace veinte años y que siempre ha sido de las personas más directas que conozco, me preguntó un día cómo estaba. Le conté todo. Me escuchó sin interrumpir y cuando terminé me dijo: "¿Sabes hacer algo que le guste a la gente?"
Pensé. Desde siempre me habían quedado muy bien las papas. Las freía en bastones bien delgados, bien crujientes, y la gente siempre las pedía en las reuniones. Una vez la hermana de Ismael me dijo que las vendiera y yo me reí pensando que era un chiste. Resulta que no era un chiste.
"Papas," le dije.
"Papas es bueno. Todo el mundo come papas. Las pones en su bolsa y el cliente les pone lo que quiera, su sal, su limón, su salsa, lo que pida. Simple pero se vende."
"¿Y dónde las pongo?"
"En la esquina de aquí enfrente. Te presento con el señor que cobra el lugar, son $800 pesos al mes. El primer mes yo te lo presto."
Así empezó todo.
Pero antes de ese primer día tuve que juntar el equipo, y eso también costó, así que se los voy a contar con números porque cuando alguien me pregunta cómo empezar siempre les digo que lo primero que necesitan saber es cuánto cuesta de verdad, no por encimita.
Lo principal era la cazuela. Una cazuela honda de peltre grande donde cabe suficiente aceite para freír bien las papas, eso me costó $280 pesos en el mercado. La escurridora, que es la canasta de malla metálica con mango largo para sacar las papas del aceite caliente y dejarlas escurrir sin quemarte, $95 pesos. Una cortadora manual de papas de las que hacen los bastones, $180 pesos en una ferretería. El quemador de gas con su manguera para conectar al tanque, $320 pesos. El primer tanque de gas, $180 pesos. La mesa plegable me la prestó mi cuñada Tere. La sombrilla grande de colores del mercado, $350 pesos. Las bolsas de plástico de dos tamaños para las porciones chica y grande, el primer paquete de cada una, $180 pesos en total.
Todo el equipo junto me salió en $1,585 pesos sin contar la mesa prestada.
Los insumos del primer día los compré en la bodega de abastos a donde me llevó Esperanza para que no me vieran cara de nueva y me cobraran de más: diez kilos de papa blanca a $18 el kilo, $180 pesos. Cuatro litros de aceite vegetal para el primer llenado de la cazuela, $128 pesos. Total de insumos $308 pesos.
La renta del primer mes que me prestó Esperanza: $800 pesos.
Para arrancar gasté $2,693 pesos en total. Ese dinero lo saqué de una lata de café donde guardaba lo que le sacaba a la despensa de a poquito desde años antes, cien pesos aquí, doscientos allá, sin que Ismael lo supiera. No con mala intención sino porque mi mamá siempre me dijo que una mujer debe tener su guardadito aunque su marido sea bueno, porque la vida da vueltas. Mi mamá tenía razón 💙
Y ahí fue ese primer día. La cazuela con el aceite bien caliente, los bastones de papa entrando a freír, la escurridora de malla sacándolas doradas para meterlas en sus bolsas, y el primer cartón que se me cayó antes de vender una sola. $170 pesos de venta al bote y vuelta a empezar.
Ese día en total vendí nueve bolsas chicas y tres grandes, eso fueron $585 pesos de entrada. Descontando los insumos proporcionales de esas doce bolsas me quedaron limpios como $390 pesos. No era mucho pero era real y era mío. Llegué a la casa oliendo a aceite y Brenda me preguntó cómo me había ido y yo le dije que bien porque no quería que me viera derrumbarme.
Óscar, que ya tenía 17 y veía todo, me dijo esa noche: "Mamá, el fin de semana te ayudo en el puesto."
"Tú estudia."
"Puedo estudiar y ayudarte."
No lo discutí más porque la verdad es que lo necesitaba 😔
La segunda semana vendí más. La tercera ya había gente que volvía. Lo que más jalaba era que las papas salían bien crujientes porque aprendí a secarlas bien antes de meterlas al aceite y a no echar demasiadas de golpe para que no se ablandaran. También aprendí a tener el aceite a la temperatura correcta porque si está muy frío las papas quedan chiclosas y si está demasiado caliente se queman por fuera y quedan crudas por dentro. Eso lo aprendí a base de perder papas los primeros días hasta que le agarré el punto 😔
Un cliente me dijo un día: "Las suyas quedan más crujientes que las de la señora de la otra calle." Eso me lo dijo un desconocido en la banqueta y se me aguaron los ojos ahí parada con mi delantal 😊
Ese cliente volvió al día siguiente. Y al otro. Y empezó a traer compañeros. Y así fue creciendo, de boca en boca, de bolsa en bolsa, de cliente en cliente.
Los problemas no se acabaron por tener el puesto. Se transformaron.
El señor que rentaba el espacio subió la renta a $1,200 pesos al tercer mes sin avisar. Le dije que eso no era lo que habíamos acordado. Me dijo que si no me convenía él conseguía a alguien más. Pagué porque no tenía de otra, pero eso me quitó el sueño una semana.
Hubo una tarde que llegaron dos inspectores del municipio diciéndome que no tenía permiso y que tenía que pagar una multa de $2,500 pesos o me clausuraban. Llamé llorando a Esperanza. Ella vino, habló con ellos con un tono que yo no habría podido usar, y los inspectores se fueron. Después supe que lo de la multa era para sacarme dinero y que no era completamente legal lo que estaban haciendo. Aprendí eso a las malas 😔
Hubo un martes de lluvia fuerte donde no vendí nada. Ni una bolsa. Me quedé dos horas parada bajo la sombrilla viendo cómo la gente pasaba corriendo sin voltear, y luego recogí todo y me fui a la casa con la cazuela, la escurridora y las papas sin vender. Esa noche Toño me preguntó qué íbamos a cenar y yo le dije que quesadillas, que era lo que había, y me fui al baño a llorar un rato antes de ponerme a hacerlas 💔
Pero los martes de lluvia eran la excepción. Los viernes de quincena eran lo opuesto: se me acababan las papas antes de las seis de la tarde y tenía que irme a casa con todo vendido y con ganas de haber traído el doble.
Ismael apareció una vez en el puesto. Fue como a los cuatro meses. Llegó a media tarde y se quedó parado enfrente sin saber qué decir.
"Hola Cuca."
"Ismael."
"¿Cómo te va?"
"Bien."
"¿Necesitas algo?"
Lo miré. Pensé en todas las respuestas que podría darle. Escogí la más corta.
"No."
Se quedó un momento más. Luego dijo: "Me da gusto que estés bien." Y se fue.
Óscar lo vio desde el puesto. Cuando Ismael dobló la esquina me preguntó: "¿Qué quería?"
"Nada," le dije. "¿Me ayudas a sacar más papas de la cajuela?"
Y seguimos 💔
Mis hijos son parte de por qué salí adelante y también son parte de lo más difícil de todo esto. Óscar me ayudó en el puesto los fines de semana durante dos años mientras terminaba la prepa y luego mientras buscaba trabajo. Nunca me pidió que le pagara aunque yo le daba lo que podía. Brenda se hizo cargo de la casa mientras yo estaba en el puesto: cocinaba, limpiaba, cuidaba a Toño. Cosas que no debería haber tenido que hacer a los 14 años.
Eso me pesa hasta hoy. Me pesa que mis hijos tuvieron que crecer más rápido por una situación que no eligieron 😔
Toño fue el que más me dolió ver. Era muy chico cuando Ismael se fue y no entendía bien qué había pasado. Preguntaba por su papá seguido al principio. Ismael lo veía cada quince días, luego cada mes, luego cuando podía, que fue siendo cada vez menos. Cuando Toño cumplió 11 años su papá no llegó a su cumpleaños porque el bebé que tuvo con Marisela estaba enfermo. Toño sopló sus velitas con Óscar, Brenda y yo, y no dijo nada del papá, y eso fue peor que si hubiera llorado 💔
En el vecindario hubo de todo. La mayoría de la gente fue buena. Algunas señoras me compraban seguido aunque vivieran lejos del puesto, solo para apoyarme. Esperanza me enseñó cómo hablar con los proveedores para conseguir mejor precio en las papas y el aceite y cuándo ir a la bodega para agarrar las papas más frescas. Una señora del mercado que se llama doña Co**ha me enseñó a llevar un cuadernito de gastos y ganancias para saber exactamente cuánto entraba y cuánto salía cada día.
Pero también hubo quienes dijeron cosas. Una vecina le contó a otra que yo andaba en la calle porque me gustaba andar y no porque necesitara trabajar. Otra dijo que era una pena que mis hijos tuvieran que ver a su mamá friendo papas en una esquina. Una señora que nunca me había caído bien me dijo con una sonrisa que no era sonrisa: "Ay Cuca, qué valiente que te pusiste a trabajar. Aunque sea en esto."
Aunque sea en esto.
Lo dijo así. Yo le sonreí y le pregunté si quería una bolsa y ella dijo que no gracias y se fue, y cuando se fue me di la vuelta y me concentré en el aceite caliente porque si me ponía a pensar en lo que me acababa de decir iba a perder el tiempo en algo que no me daba de comer 😔
Al año del puesto ya ganaba entre $600 y $900 pesos diarios dependiendo del día. Los viernes y sábados hasta $1,200. Descontando insumos, renta del espacio, gas y bolsas me quedaban limpios entre $10,000 y $13,000 pesos al mes. Más de lo que Ismael mandaba. Más de lo que yo había ganado limpiando casas. No era riqueza pero era mío y no dependía de que nadie me lo mandara o me lo quitara.
Ese mes que por primera vez gané más que el dinero de Ismael me compré un par de tenis nuevos. Los primeros que me compraba en dos años. Se los mostré a Brenda y las dos nos reímos sin decir por qué, pero las dos sabíamos 💙
A los dos años abrí el segundo puesto a tres calles del primero, en la entrada de una secundaria donde hay tráfico de chavos y papás a la salida. Lo mismo: cazuela, escurridora, quemador, mesa, sombrilla. Primero lo atendía Óscar y luego contraté a Wendy, una muchacha del barrio de 22 años, a quien le pago $700 pesos por día más el 10 por ciento de lo que venda arriba de cierta cantidad. Wendy trabaja con ganas, cuida la cazuela como si fuera suya y trata bien a los clientes. Eso me importa porque yo sé lo que es necesitar que algo funcione 💙
Ismael sigue con Marisela, tienen dos hijos, manda lo que puede que no siempre es lo que prometió. Óscar ya no le contesta el teléfono. Brenda le habla en Navidad y en su cumpleaños, cortés pero fría. Toño, que ya tiene 15 años, me preguntó hace poco si estaba obligado a ver a su papá.
Le dije que no. Que las relaciones no se obligan.
Me preguntó si me parecía mal que no quisiera verlo.
Le dije que no. Que entendía.
Me dijo: "Es que tú estuviste. Él no."
No supe qué contestarle. Así que no le contesté nada y lo abracé un rato 💔
Hoy el puesto lleva seis años. Tengo mis dos locaciones, mis clientes fijos, mis cuentas en una aplicación del celular que me enseñó Brenda. Óscar estudia administración en la universidad pública de noche y trabaja de día en una empresa de mensajería. Brenda entró a estudiar enfermería el año pasado con una beca que sacó sola sin pedirle ayuda a nadie. Toño va bien en la secundaria, juega futbol los sábados, y todavía me abraza aunque ya le dé pena enfrente de sus amigos 😊
No soy rica. Hay meses difíciles, días que el clima no ayuda y no se vende bien, días que me duelen los pies de estar parada ocho horas junto a la cazuela con el calor del aceite encima. Hay días que el aceite hay que cambiarlo y eso es un gasto que duele. Hay días que las papas que llegan de la bodega no tienen la misma calidad y las papas no quedan igual de crujientes y uno se preocupa de que los clientes lo noten.
Pero son mis problemas. Mi cazuela. Mi escurridora. Mi aceite. Mi dinero. Mi puesto.
Nadie me lo puede quitar porque nadie me lo dio.
El martes pasado llegó al puesto una señora de unos 40 años con los ojos de alguien que ha llorado hace poco aunque ya no esté llorando. Pidió una bolsa chica. Mientras la servía me dijo sin que yo le preguntara: "Me acabo de quedar sola. Mi esposo se fue."
Le entregué su bolsa y le eché un poco más de papa que de costumbre sin decirle nada. Ella pidió sal y limón. Se los puse. Luego pidió salsa inglesa. También.
Cuando me pagó sus $15 pesos me dijo gracias de una manera que no era solo por las papas.
Le dije: "Va a estar bien."
Me miró.
"¿Usted cree?"
"Sí. Cuesta. Pero va a estar bien."
Se fue. No sé si me creyó. Pero yo sí me creo lo que le dije, porque lo viví 💙
Soy Cuca, tengo 51 años, y vendo papas fritas en una esquina desde hace seis años. Y no me da vergüenza decirlo. Me da orgullo.
¿Alguna de ustedes ha tenido que empezar de cero después de que alguien se fue? ¿Cómo encontraron en qué trabajar cuando sentían que no sabían hacer nada? ¿Y a las que tienen un negocio chico en la calle o en su casa, qué les ha costado más trabajo sacar adelante?