15/06/2026
El mundo esta lleno de profesionistas exitosos que no aprendieron a ser felices…
Hoy me llegó un pacientito de 7 años. Mientras le realizaba un electroencefalograma, me platicó que ya va en la primaria. Estaba muy feliz porque su mamá lo iba a llevar a comer a su lugar favorito.
Siempre que tengo la oportunidad de platicar con mis pacientes, lo hago. No es parte del estudio, pero sí parte de mi forma de trabajar.
¿Por qué?
Porque me interesa cada uno de ellos. Me gusta saber qué piensan, qué sueñan, qué les preocupa y qué los hace felices. Me gusta conocer sus gustos, sus pasatiempos y ver el mundo a través de sus ojos.
Y curiosamente, esas conversaciones también ayudan a los niños a conocerse mejor a sí mismos. Incluso me atrevo a decir que muchos papás descubren cosas de sus hijos cuando los escuchan hablar conmigo.
Hoy pasó algo que me dejó pensando.
Le pregunté a mi paciente si se sentía cansado.
—Sí —me respondió.
—¿Te desvelaste?
—No. Estoy cansado porque toda la semana voy a taekwondo, clases de matemáticas, clases de pintura, clases de piano e inglés. Y además tengo que limpiar la pecera de mi pez.
Le pregunté:
—¿Y de todo eso qué es lo que más te gusta?
Se quedó callado unos segundos.
—Nada. Nada de eso me gusta. Voy porque me llevan a fuerzas.
—¿Y por qué no le dices a tu mamá?
—Porque no me hacen caso.
Entonces le pregunté:
—¿Y qué te gustaría hacer realmente?
Su respuesta fue tan sencilla como poderosa:
—Ver películas, salir a pasear con mi perrita y comer nieve.
Sonreí.
—¿Sabes? Esa también es una buena forma de vivir. Yo hago eso siempre que puedo.
Entonces me hizo una pregunta que no esperaba:
—¿Tu mamá también te obligaba a ir a taekwondo y a clases de matemáticas?
Le respondí:
—No. Mi mamá era diferente en ese aspecto. Digamos que me dejaba ser.
Terminamos de hablar. Le pedí que cerrara los ojos y descansara mientras realizábamos el estudio.
Aproveché para conversar con su mamá.
Le dije:
—Señora, antes que nada la felicito. Se nota que quiere darle a su hijo todas las herramientas posibles para que tenga éxito en la vida. Pero también creo que, sin darse cuenta, lo está sobrecargando.
Muchos padres tienen la idea de que mientras más actividades hagan sus hijos, más exitosos serán. Pero a veces, en el intento de formar niños extraordinarios, terminamos creando niños agotados.
Su hijo aprende piano, pintura, matemáticas, inglés y taekwondo.
Yo, a su edad, consideraba un logro importante no ahogarme por comer acostado mientras veía caricaturas.
Su hijo es inteligente. No tengo duda de que llegará lejos.
Pero también es un niño.
Y los niños necesitan tiempo para aburrirse, para imaginar, para correr, para jugar, para ensuciarse y para descubrir quiénes son.
Estas vacaciones déjelo ser niño.
Déjelo jugar en la calle.
Déjelo pasear con su perrita.
Déjelo comer nieve.
Déjelo hacer nada de vez en cuando.
Porque si algo he aprendido después de conocer a tantas personas, es que el mundo está lleno de profesionistas exitosos que nunca aprendieron a ser felices.
Sí, las buenas calificaciones son importantes.
Pero la inteligencia emocional lo es aún más.
Porque la diferencia entre alguien bueno para la escuela y alguien bueno para la vida no siempre está en lo que sabe.
Muchas veces está en cómo enfrenta los problemas, cómo maneja sus emociones y cuánto disfruta estar vivo.
—Listo, señora. Ya terminamos el estudio. Vamos a despertarlo.