11/06/2026
En años recientes, mis miedos se han intensificado.
Hace 15 días que mi coche ha decidido fallar, no se apaga, solo deja de acelerar. El coche se detuvo una vez en una calle tranquila, luego en una más transitada, y después en otra aún más concurrida. Las tres veces, llegaron a mí lo que llamo “ángeles”: personas que, con amabilidad, se acercaron a ayudarme a empujar el coche.
No ha sido fácil sostener el miedo a quedarme varada, sola, en una ciudad cuyos códigos socioculturales aún estoy aprendiendo. Pero hubo un punto en el que me cansé de sentir miedo. Y entonces elegí confiar. Elegí agradecer.
Agradezco profundamente a cada uno de los chicos que se acercaron a ayudarme. Agradezco a Dios por enviarlos en el momento justo. He llevado el coche al mecánico y, como si fuera una broma de la vida para seguir aprendiendo, el coche está en perfectas condiciones: aún no sabemos qué tiene. Por si acaso, le hice una limpia energética… y de paso, también a mí.
Hoy salí de casa con una confianza que no sentía desde hace mucho tiempo. Con la certeza de que, pase lo que pase, voy a estar bien. Y así fue: el coche no se apagó, pero dejó de avanzar al acelerar. Y, con una calma que antes no conocía, simplemente esperé. A los pocos minutos, alguien llegó a ayudar. Apagué el coche, esperé un poco, lo encendí de nuevo… y todo volvió a funcionar perfectamente.
Hoy llevé nuevamente a mi “gordito Grogu” a revisión. Y ahí estaba yo, junto a él, en la calle, dándome cuenta de algo importante: sigo aprendiendo a soltar el control. Sigo aprendiendo a confiar. En la vida, en la gente… y en Dios.
También voy entendiendo que en cada etapa de la vida aparecen nuevos miedos, nuevos retos y nuevos aprendizajes. Y que, cuando logramos mirarnos con compasión y respetar nuestros propios procesos, la vida —aunque no siempre más sencilla— sí se vuelve más amable de transitar.
Y como si la vida quisiera confirmármelo, la tarde terminó linda: un encuentro espontáneo con amigas, de esos que llegan sin planearse, pero justo cuando el corazón lo necesita.
Elizabeth Ramírez, Psicoterapeuta Corporal