02/10/2026
LA MARQUESA DE QUERÉTARO: LA MUJER DETRÁS DE UNA DE LAS CASAS MÁS HERMOSAS DE LA CIUDAD
Hay una casa en el corazón de Querétaro que durante más de dos siglos ha visto pasar nobles, militares, presidentes, emperadores y viajeros.
Sus muros han escuchado conversaciones que jamás quedaron escritas.
Sus balcones han visto cambiar las calles.
Y su patio ha sido testigo de cómo una ciudad colonial se convirtió en la ciudad moderna que conocemos hoy.
La conocemos como La Casa de la Marquesa.
Pero detrás de ese nombre existió una mujer de carne y hueso:
Doña Josefa Paula Guerrero Dávila.
Una mujer perteneciente a una de las familias más importantes de la Nueva España y esposa de uno de los personajes más poderosos y ricos del Querétaro del siglo XVIII:
Don Juan Antonio de Urrutia y Arana, Marqués de la Villa del Villar del Águila.
Y la historia de ambos está profundamente relacionada con una obra que terminaría convirtiéndose en el símbolo más reconocible de Querétaro:
el Acueducto.
Todo comenzó mucho antes de que aparecieran sus famosos 74 arcos.
En 1699, Juan Antonio de Urrutia y Arana contrajo matrimonio con María Josefa Paula Guerrero Dávila, perteneciente a una familia de considerable posición económica. Urrutia había llegado a ocupar cargos importantes y, con el tiempo, heredaría el título de Marqués de la Villa del Villar del Águila.
La pareja tendría una relación estrechamente vinculada con Querétaro.
En 1721 llegaron a la ciudad las religiosas capuchinas que establecerían el convento de San José de Gracia.
La mala calidad del agua de Querétaro era entonces un problema serio.
El agua que recibían los habitantes no era suficiente y podía llegar contaminada.
Las religiosas solicitaron ayuda al marqués, quien ya tenía experiencia en asuntos relacionados con obras hidráulicas.
Y entonces comenzó una de las grandes historias de infraestructura de la Nueva España.
Urrutia y Arana buscó una fuente de agua que pudiera abastecer a la ciudad.
La encontró en la zona de La Cañada, en el llamado Ojo de Agua del Capulín.
En 1726 comenzaron las obras para captar y conducir el agua hacia Querétaro.
El proyecto era enorme.
Había que transportar el agua desde los manantiales, atravesar el terreno y superar una gran depresión antes de llegar a la ciudad.
Durante años se construyeron canales, arquerías y estructuras de piedra.
Finalmente, el agua llegó a la ciudad.
El proyecto quedó terminado en 1738.
La Comisión Estatal de Aguas de Querétaro registra que el acueducto alcanzó aproximadamente 1,280 metros de longitud en su arquería, con 74 arcos de cantería, y que el marqués aportó de su propio patrimonio más de 88 mil pesos de los aproximadamente 125 mil que costó la obra.
Pero mientras el nombre del marqués quedó grabado en la historia del Acueducto, durante mucho tiempo la figura de su esposa quedó prácticamente en segundo plano.
Y aquí es donde aparece una historia mucho menos conocida.
Paula Guerrero Dávila.
La mujer cuyo nombre terminaría unido para siempre a una de las casas más elegantes del Querétaro virreinal.
La construcción de la actual Casa de la Marquesa quedó terminada en 1756.
El Catálogo Nacional de Monumentos Históricos del INAH señala que el inmueble fue concluido ese año, que originalmente fue casa de don Antonio Alday y que posteriormente pasó a ser residencia de Paula Guerrero Dávila, Marquesa de la Villa del Villar del Águila.
Por ella recibió el nombre con el que la conocemos hasta nuestros días.
La casa era una auténtica declaración de riqueza.
Cantera labrada.
Grandes balcones.
Rejas trabajadas.
Detalles ornamentales.
Arcos.
Una capilla doméstica.
Y un patio interior que todavía conserva la elegancia de la arquitectura civil barroca queretana.
No era una casa cualquiera.
Era una residencia digna de una de las familias más poderosas de la ciudad.
Pero hay algo todavía más fascinante.
Cuando la casa quedó terminada, el marqués ya había mu**to.
Juan Antonio de Urrutia y Arana había fallecido en la Ciudad de México el 29 de agosto de 1743.
Así que aquella magnífica construcción de 1756 pertenece a una generación posterior a la vida del marqués.
Este detalle es importante porque muchas versiones populares cuentan la historia como si él hubiera terminado personalmente la casa para su esposa.
La documentación del INAH muestra una historia más compleja.
Y quizá eso la hace todavía más interesante.
Porque la casa no solamente representa a un matrimonio.
Representa la riqueza que alcanzó Querétaro durante el siglo XVIII.
Una época en la que la ciudad se había convertido en uno de los grandes centros económicos y comerciales de la Nueva España.
Pero los muros de la Casa de la Marquesa todavía tendrían que presenciar acontecimientos extraordinarios.
En septiembre de 1821, cuando México acababa de consumar su independencia, la casa recibió a uno de los hombres más importantes de aquel momento:
Agustín de Iturbide.
El general del Ejército Trigarante se alojó en la residencia durante su trayecto hacia la Ciudad de México para realizar su entrada triunfal al frente del ejército independentista.
El dato está registrado por el propio INAH.
Imagínalo.
La misma casa que había nacido en el mundo del virreinato recibía ahora a uno de los protagonistas del nacimiento del México independiente.
Y la historia todavía no había terminado.
Décadas después, aquel edificio volvería a encontrarse con otro momento decisivo de la historia nacional.
En 1916, Querétaro se convirtió temporalmente en capital de la República mientras se desarrollaban los trabajos del Congreso Constituyente.
La ciudad volvió a llenarse de políticos, militares, periodistas y funcionarios.
Y las antiguas casonas del centro volvieron a convertirse en escenarios de la historia nacional.
La Casa de la Marquesa continuó formando parte de esa transformación.
Con el paso de los años, la ciudad cambió.
Cambió el gobierno.
Cambió el país.
Cambió la sociedad.
Cambió la manera de vivir.
Pero aquella casa permaneció.
Hoy, cuando alguien camina por la calle Madero y pasa frente a su fachada, puede parecer simplemente una hermosa construcción colonial.
Pero sus piedras cuentan mucho más.
Hablan de una mujer llamada Paula Guerrero Dávila.
De un marqués llamado Juan Antonio de Urrutia y Arana.
De la enorme obra hidráulica que transformó el abastecimiento de agua de Querétaro.
De la riqueza de la ciudad virreinal.
De la Independencia.
Y de una ciudad que ha cambiado una y otra vez sin borrar completamente las huellas de su pasado.
Y quizá existe una razón por la que la historia de la Marquesa resulta tan fascinante.
Durante mucho tiempo, cuando alguien hablaba del Acueducto, el nombre que aparecía inmediatamente era el del marqués.
Pero detrás de aquel hombre existía una mujer.
Una mujer perteneciente a una poderosa familia novohispana.
Una mujer cuyo nombre quedó asociado a una de las casas más bellas de la ciudad.
Y cuya historia forma parte de ese Querétaro que muchas veces caminamos sin detenernos a preguntar qué ocurrió allí antes de nosotros.
Porque las grandes historias no siempre están escritas en monumentos.
A veces están escondidas detrás de una puerta de madera.
En un balcón.
En un patio.
O en el nombre de una casa.
Y en Querétaro hay una casa que todavía lleva el nombre de aquella mujer:
La Casa de la Marquesa.
❤️ Querétaro de Mis Amores