09/02/2026
La feria más chingona
Voy a dar mi opinión sobre el eslogan que se ha utilizado para la Feria de la Bandera en Iguala, Guerrero. Quizá a nadie le importe lo que pienso —no soy influencer ni aspiro a serlo—, pero sí soy igualteco. Y lo digo con claridad: cuando alguien me pregunta de dónde soy, antes que mexicano digo que soy de Iguala.
Ese orgullo no es exclusivo. Los guerrerenses tenemos fama de ser gente bravía, entrona, luchona, directa, de no rajarnos. Así nos hemos construido una identidad, para bien y para mal, en el imaginario nacional. Cuando un guerrerense viaja a otros estados, ya va estereotipado desde antes.
Esa identidad también se expresa en el lenguaje. Basta ver a los paisanos de la Costa o de Tierra Caliente, o a los múltiples personajes que circulan en redes sociales: hablan como hablan y lo hacen con orgullo, porque es parte de lo que son. No es pose, es pertenencia.
Aquí conviene hacer una precisión incómoda: el “pueblo” suele invocarse como concepto abstracto en discursos políticos y demagógicos. Se le idealiza o se le desprecia según convenga. La realidad es otra. El rezago educativo que existe en amplios sectores no es culpa del pueblo, sino consecuencia de estructuras políticas históricas que, gobierne quien gobierne, han sido incapaces —o poco interesadas— en corregirlo. Y aun así, el pueblo no es tonto. Escucha discursos, algunos los compra, otros simplemente los deja pasar y manda al diablo a quien los dice.
Además, el pueblo es incluyente. En él cabemos todos: razas, etnias, creencias, clases sociales. Y eso nos lleva al punto central: la Feria de la Bandera.
Es cierto que el evento conmemora la confección del lábaro patrio. Pero también es una feria. Tiene una parte cívica y cultural, sí, pero también una parte festiva, de espectáculo, de palenque, de gallos, de alcohol. Eso no es nuevo ni exclusivo de Iguala. Pretender lo contrario es fingir ingenuidad.
La Bandera representa a todos los mexicanos: a los cultos y a los que no lo son, a los educados y a los que no tuvieron acceso a educación formal, al pueblo de a pie. Nada de eso la demerita. Tampoco demerita que exista una festividad pensada para amplios sectores de la población, aunque no coincida con el estándar cultural de quienes se asumen como guardianes del “buen gusto” o de la “pureza del lenguaje”.
Por eso resulta hipócrita rasgarse las vestiduras por un eslogan, como lo hizo una regidora —casualmente profesora—, olvidando que en otros contextos ha tenido expresiones igual o más desafortunadas. No se trata de atacar personas, sino de evidenciar la incongruencia entre el discurso público y la práctica privada.
Decir que una feria es “la más chingona” no ofende a la patria ni degrada a la Bandera. Si alguien se asume chingón, que lo demuestre; pero también que lo celebre. El orgullo puede venir de la formación académica, de la fe, del trabajo, o simplemente del hecho de ser: ser guerrerense, ser mexicano, ser igualteco.
La Bandera, como símbolo nacional, no pertenece a una élite cultural ni a un grupo que se arrogue la corrección del lenguaje. En el plano jurídico-político, los símbolos patrios cumplen una función integradora: representan la unidad dentro de la diversidad, no la uniformidad del pensamiento ni la asepsia del discurso. Su fuerza no radica en la solemnidad permanente, sino en su capacidad de ser reconocidos, apropiados y resignificados por el pueblo al que representan.
Iguala no es un escenario neutro. Es el lugar donde la Bandera nació como proyecto de nación, no como ornamento. Aquí, el símbolo tiene raíz histórica, identidad territorial y memoria colectiva. Ser igualteco no es un dato menor ni un accidente geográfico: es una pertenencia cívica. El orgullo de ser paisano de la Bandera no se ejerce solo en actos oficiales, sino también en la manera en que una comunidad celebra, se reconoce y se nombra a sí misma.
Desde una lógica pública, la cultura no se impone por decreto ni se depura a partir de criterios morales selectivos. La cultura se vive. Y el lenguaje popular —aunque incomode a ciertos sectores— también es una forma legítima de expresión social. Pretender lo contrario es confundir función pública con corrección estética, y responsabilidad institucional con superioridad moral.
El Estado no honra a la Bandera cuando censura al pueblo; la honra cuando lo incluye. Cuando entiende que la identidad nacional no se construye desde el púlpito del buen decir, sino desde el reconocimiento de lo que somos: diversos, contradictorios, formales e informales, solemnes y festivos. El simbolismo patrio no se debilita porque una feria se asuma con orgullo popular; se debilita cuando se desconecta del pueblo que le da sentido.
En México cabemos todos. Los que se asumen chingones y los que no; los que presumen cultura y los que la viven sin nombrarla; los que hablan con academicismo y los que hablan como pueblo. La Bandera no exige pureza de lenguaje, exige pertenencia. Y en Iguala, esa pertenencia no se discute: se celebra.