28/01/2016
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CONTESTA CORRECTAMENTE LAS PREGUNTAS Y ENVIA TUS RESPUESTAS EN INBOX, JUNTO CON TU VALIDACION EN DIGITAL. (NO FOTO)
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Diálogo en el vacío*
Me quejo por el abandono de mis amigos y sin embargo, cuando marco un número de teléfono siempre deseo que en vez de una voz humana me responda una máquina contestadora. Ante ella me siento seguro y puedo articular mi recado sin titubeos, en cambio, me inhibo hasta la dislexia si toma la llamada un ser vivo. Después de intercambiar algunas frases banales logro conversar con naturalidad, pero el inicio de la charla cuesta un penoso esfuerzo de adaptación, como si tuviera que salir de una tibia placenta a un ventisquero helado. Soy un sociópata incorregible, pero mi enfermedad no es tan singular como yo creía, porque hace poco le confié a una amiga mi secreto deseo de no encontrar a la gente cuando la llamo y me respondió en tono tranquilizador: “ Pero eso no es nada raro, a mi me pasa lo mismo”. Desde luego, mi amiga tampoco es un modelo de cordura, pero el hecho de compartir con ella esa patología me hace pensar que la posibilidad de comunicarnos a medias, de tapiar puertas y ventanas mientras enviamos al exterior tímidas señales de humo, está creando una psicosis colectiva de alcances impredecibles.
Hasta hace poco se creía que la frialdad del teléfono era inadecuada para las charlas afectuosas o para tratar asuntos importantes. “De eso no puedo hablar por teléfono”, decíamos cuando la charla empezaba a discurrir por terrenos íntimos o graves. Pero desde la invención del internet, el teléfono se volvió por contraste un medio de comunicación cálido y directo. Tan cálido que el empresario acusado de pederastia Kamel Nacif y su gato de Angora Emilio Gamboa Patrón lo utilizan para besuquearse a distancia (precioso, papito, mi rey) con una ternura que en otras épocas sólo hubiera sido posible en un baño de v***r. Como el ciberespacio es un burladero más eficaz que el teléfono para evitar el contacto con el género humano, las llamadas han adquirido una brusca inmediatez, que atemoriza a los tímidos y enfada a los misántropos. ¿Para qué hablar por teléfono si la gélida ubicuidad del correo electrónico nos concede la ventaja adicional de meditar con calma las respuestas de cada mensaje?
Pero la manía de rehuir el trato de persona a persona mediante subterfugio tecnológico no es un vicio exclusivo de los neuróticos solitarios. Hasta en la juventud más proclive a fraternizar he observado la misma inclinación a preferir la comunicación indirecta que la charla de viva voz. Hace poco, en una reunión de amigos cuarentones, nuestros hijos adolescentes formaron un corrillo aparte. Todos ellos son gente sociable y amiguera, pero en vez de charlar entre sí, la mitad del tiempo hablaban por celular o mandaban recados escritos a otros amigos distantes, que a su vez, ignoraban a sus interlocutores cercanos. Las palomillas de nuestra época son reuniones de autistas que están en otra parte mientras comparten un espacio físico con sus cuates. Tiene una compulsión tan fuerte por captar señales remotas, por aprovechar todas las oportunidades de comunicación a su alcance, que ignoran olímpicamente al compañero de junto. Y ahora que los celulares tienen cámara de video, el teléfono tiende a volverse también un intermediario visual. En un reciente concierto con el grupo La oreja de Van Gogh, al que mi hija me llevó a rastras, la mayor parte del público reunido en el Auditorio Nacional tenía frente a los ojos la pantalla de un celular con el que grababa el espectáculo. Habían pagado un costoso boleto por ver en vivo a sus ídolos, y sin embargo, preferían interponer el videófono para tenerlos tan cerca. Necesitaban, quizá, una dosis de irrealidad para hacerse la ilusión de que estaban en casa, viendo el concierto por la tele.
Cuando los ogros antisociales salimos de nuestras cuevas (una vez cada año bisiesto) procuramos tener una comunicación efusiva con los demás, como los reos que aprovechan al máximo el día de la visita conyugal. Después de esa borrachera de calor humano podemos volver a sumergirnos varios meses en la pantalla de la computadora, donde ninguna contingencia emotiva perturba nuestros diálogos epistolares por internet. La gente con espíritu gregario busca una incomunicación de otra índole, pues la rodea siempre un numeroso concurso de amigos, a los que desearía borrar de su vista. “No hay peor soledad que la compañía de un pendejo”, decía el novelista y cineasta Juan Manuel Torres. Por lo general, después de vegetar juntos varios años, los miembros de una palomilla se estorban entre si, como ocurre en las familias que por convivir demasiado tiempo ya no tienen ganas de hablar y comparten un denso letargo. El teléfono celular, en su caso, satisface una legítima necesidad de aislamiento que ellos tal vez desconocen, pero su inconsciente reclama a gritos. David Lynch ha vislumbrado en sus películas un mundo macabro en donde los intermediarios tecnológicos (interfones, contestadoras, internet, celulares), rigen a tal punto las relaciones humanas que llegan a encapsular la realidad en una especie de limbo satánico. Quizá la sensación de poderío que nos proporcionan las infinitas posibilidades comunicativas de la era moderna sea una trampa diabólica para exacerbar el pecado capital de nuestra época: el egoísmo disimulado que nos incita a reclamar la atención del prójimo con el secreto fin de anularlo.
* Varios autores, Crónicas mexicanas, Editorial Cal y Arena, pág. 65
Preguntas:
1. ¿consideras que el cuento tiene que ver con tú vida cotidiana?, ¿por qué?
2. ¿Qué impacto tiene la tecnología (el celular) en la vida cotidiana del narrador?
3. ¿crees que podemos hacer algo para cambiar esto? ¿cómo?
4. ¿qué otro título le pondrías al cuento?