18/11/2025
Carl Sagan lanzó una de las predicciones más inquietantes del siglo XX mucho antes de que el mundo estuviera listo para entenderla. En pleno auge del optimismo tecnológico, él vio algo que otros pasaron por alto: el riesgo de que la ignorancia creciera a la misma velocidad que el progreso. En The Demon-Haunted World dejó escrita una advertencia que hoy suena dolorosamente familiar.
“Tengo un presentimiento sobre el futuro de Estados Unidos, en la época de mis hijos o nietos: cuando el país sea una economía de servicios e información; cuando casi todas las industrias manufactureras clave hayan pasado a otros países; cuando asombrosos poderes tecnológicos estén en manos de unos pocos, y nadie que represente el interés público sea capaz siquiera de comprender los problemas; cuando la gente haya perdido la capacidad de establecer sus propias prioridades o de cuestionar con conocimiento a quienes tienen autoridad; cuando, aferrándonos a nuestros cristales y consultando nerviosamente nuestros horóscopos, con nuestras facultades críticas en decadencia, incapaces de distinguir entre lo que se siente bien y lo que es verdad, deslicemos, casi sin darnos cuenta, de nuevo hacia la superstición y la oscuridad.
El embrutecimiento se hace más evidente en la lenta decadencia del contenido sustancial en los medios enormemente influyentes: los mensajes de 30 segundos (ahora reducidos a 10 o menos), la programación dirigida al mínimo común denominador, las presentaciones crédulas sobre la pseudociencia y la superstición, pero, sobre todo, una especie de celebración de la ignorancia.”
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Sagan no escribía desde el miedo, sino desde la lucidez. Observaba cómo el pensamiento crítico se erosionaba, cómo los medios preferían entretener antes que informar y cómo la pseudociencia ganaba terreno mientras la educación científica retrocedía. Le preocupaba que, en un mundo dominado por tecnologías que pocos entienden, las personas renunciaran a cuestionar y aceptaran sin más lo que se siente “correcto”.
Hoy, casi treinta años después, su advertencia no parece futurista. Parece contemporánea.
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