05/02/2026
Antes de que existieran las cámaras digitales y los telescopios espaciales, “buscar un planeta” significaba algo muy distinto: pasar horas comparando fotografías del cielo y confiar en la paciencia como herramienta científica. Así fue como Clyde Tombaugh, un joven astrónomo del Observatorio Lowell, logró uno de los hallazgos más famosos del siglo XX: Plutón.
La historia empieza con una idea que llevaba años rondando a los astrónomos: quizá había un “Planeta X” más allá de Neptuno, cuya gravedad explicaría pequeñas irregularidades en las órbitas observadas. Con esa motivación, el Observatorio Lowell organizó una búsqueda sistemática del cielo. Tombaugh se encargaba de tomar placas fotográficas de la misma región del firmamento en noches distintas y luego compararlas con un instrumento llamado comparador de parpadeo: al alternar rápidamente dos imágenes casi idénticas, cualquier objeto que se hubiera movido resaltaba como un puntito que “saltaba” entre posiciones.
El 18 de febrero de 1930, ese puntito apareció. No era una estrella fija: se desplazaba como lo haría un cuerpo del Sistema Solar. Tras confirmaciones adicionales, el descubrimiento se anunció públicamente el 13 de marzo de 1930. Plutón había entrado al mapa del Sistema Solar.
Con los años, la ciencia afinó la historia. Plutón resultó ser mucho más pequeño de lo que se imaginaba al inicio y su masa no podía explicar por sí sola aquellas supuestas irregularidades orbitales (que, en buena parte, se debían a mediciones antiguas menos precisas). Además, a finales del siglo XX y principios del XXI se encontraron muchos objetos parecidos en la misma región: el Cinturón de Kuiper, una zona fría y lejana poblada por mundos helados. Ese contexto llevó a que, en 2006, Plutón fuera clasificado como planeta enano: no porque “dejó de existir”, sino porque entendimos mejor qué tipo de objeto es y con quién comparte vecindario.