05/08/2026
Soy el claro ejemplo de que antes de rendirme o alejarme de algo, primero dejo que me destruya. No porque sea "migajero" o me falte amor propio, sino porque tengo una fe casi irracional en las personas o en que las cosas pueden cambiar. Me quedo, insisto, aguanto hasta humillaciónes, como si ese esfuerzo pudiera torcer lo imposible.
Y aunque duela, esa terquedad también habla de la fuerza con la que creo en lo que siento. Porque cuando realmente creo en algo, no suelto fácil. Aguanto más de lo que debería, sigo más allá de lo razonable. Además que siempre he pensado que si voy a hacer algo, no basta con intentarlo, si no dar batalla, hasta que salga bien. Pero algún día, cuando la fe se quiebra, también entiendo que incluso lo que me rompe puede enseñarme a empezar de nuevo, no sin antes agradecer; por qué perdiendo, también se gana.