27/08/2026
La maternidad me ha traído grandes enseñanzas. También ha sido una motivación para cambiar hábitos, cuestionar formas de pensar y atreverme a hacer cosas que, probablemente, antes no hubiera hecho.
Por ejemplo, empecé a patinar.
En enero de este año llevé a mi hijo a una pista de hielo y él me dijo:
—Ándale, ma, entra.
Y pues… entré. 😅
Y, ¡oh, sorpresa!, fue realmente difícil para mí.
Nunca aprendí a patinar en el piso y, con el friyazo que hace en Tapachula —nótese el sarcasmo—, claramente tampoco tuve acceso a pistas de hielo durante mi infancia. 😂
Ese día apenas logré dar dos vueltas. Mi hijo me enseñó un poquito y, mientras intentaba avanzar sin caerme, pasó algo importante: me di cuenta de lo difícil que es para mí soltar el control.
Fluir con la velocidad, con el movimiento, con esa sensación de no tener todo bajo control… me confrontó.
Y entonces nació el deseo de aprender a patinar.
Pero no solamente por aprender a patinar.
Quería practicar algo mucho más grande: soltar, confiar, dejar de sobreanalizar y aprender a escuchar mi cuerpecito.
Seis meses después, por fin inicié mis clases.
Y no ha sido fácil.
He terminado súper agotada, con un cansancio que no conocía. En mi segunda clase llegué con poca energía y, además, con la mente jugándome en contra, activando todos mis miedos.
Justo antes de ponerme los patines, mi mente hizo algo curioso… como cuando una compu se está actualizando: reloaded. 😂
Por un momento sentí que no recordaba nada de lo que había aprendido.
Pero aun así me puse los patines.
Y algo cambió.
Después de practicar un rato, mis miedos empezaron a bajar. Mi cuerpo respondió distinto y me sentí mucho más segura que la vez anterior.
Y ahí comprendí algo: quizá la confianza también se aprende con el cuerpo.
Si notas que el miedo te limita, que necesitas controlar todo o que te cuesta soltar, quizá no todo tenga que “resolverse” desde la mente.